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Lo esencial es invisible a los ojos

© Andres Artehortua

Editora Cléofas - publicado el 28/04/16

¿Ya te diste cuenta que el mundo está dominado por el consumismo, por la vanidad del cuerpo, por el amor a la vanagloria y por la búsqueda del placer (hedonismo)?

Lo importante hoy es la “cultura del cuerpo”, ya no del espíritu, y esta inversión pone al hombre de cabeza. Por eso está desnorteado.

Los gimnasios, los salones de belleza, los consultorios de cirujanos plásticos, se multiplican cada día, pero los hombres y las mujeres siguen infelices. Les falta algo invisible…

La industria de cosméticos es una de las que más factura en todo el mundo…

El mayor valor de la persona humana es el espíritu, el alma creada a imagen del Creador, después viene el cuerpo, la bella morada del alma.

Si el cuerpo pesa sobre el espíritu, éste agoniza, y el hombre queda aniquilado, frustrado, vacío.

Si golpeas un tambor lleno de agua, no hará ruido, pero si golpeas un tambor vacío, emitirá sonido.

Los hombres también son así, hacen mucho ruido cuando están vacíos…

Si la jerarquía de valores está invertida, la grandeza del hombre queda comprometida.

Cuando permites que las pasiones del cuerpo sofoquen el espíritu, deja de existir el hombre o la mujer dentro de ti, y surge una “caricatura” de hombre o de mujer.

El hombre del siglo XX ha dominado la materia y la tecnología, pero lamentablemente está de cabeza. Es por eso que hemos visto la matanza de diez millones de hermanos en la Primera Guerra Mundial, cincuenta millones en la Segunda, y más de cien millones de víctimas del comunismo en la Unión Soviética y China.

Además de eso, hay que saber una realidad muy triste; en este siglo de las maravillas de la tecnología, no ha habido un día sin que hubiera, en algún lugar del planeta, una guerra.

En ningún día del siglo XX, que terminó hace poco, la humanidad ha conocido cien por ciento el gusto de la paz.

No es de extrañar que nuestra generación es la que más consume antidepresivos y medicamentos para dormir, y necesita cada vez más psicólogos y psiquiatras.

Ya no es el cuerpo el que está enfermo, es el alma.

Y cuando el espíritu se enferma, toda la persona se enferma.

La cultura del cuerpo, de la gloria y el placer deja un vacío; porque el hombre sólo puede satisfacerse con aquello que está por encima de él, y no con lo que está debajo.

El placer, sobretodo si es inmoral, pasa y deja un sabor a muerte; la alegría, que es la satisfacción del espíritu, deja un gusto de vida.

Si te frustras a nivel biológico, porque tienes algún defecto físico, puedes sublimar esta frustración y ser feliz realizándote a un nivel más elevado, o cultural, o del saber.

Si no puedes realizarte a nivel racional, puedes realizarte a nivel espiritual, que es el más elevado, en una relación íntima con Dios.

Pero si desprecias el nivel espiritual, no podrás realizarte porque encima de éste no hay otro donde puedas buscar la compensación.

El gran poeta francés Exupèry decía que “lo esencial es invisible a los ojos”.

La razón es simple: todo lo que es visible y material pasa y termina; lo invisible, lo espiritual, permanece para siempre.

Tú sabes que todos los seres creados vuelven a ser nada, vuelven al polvo de la tierra. ¿Por qué?

Porque la fuerza que los mantiene vivos está en cada uno, pero no les pertenece.

El poder de ser una rosa está en la rosa, pero no es de la rosa.

Cuando tú ves una flor bella marchitarse, es como si ella te estuviera diciendo: “la belleza estaba en mí, pero no me pertenecía; Dios me la había prestado”.

El poder de ser un caballo está en el caballo, pero no es de él. Si fuera de él, jamás moriría. Él fue creado por alguien, que lo mantiene vivo.

Cuando una bella artista envejece, y le salen arrugas, ella está diciendo que la belleza estaba en ella, pero no era de su propiedad.

Dios le dijo a Moisés: “¡Yo soy Aquel que soy! ¡Yahweh!”.

Esto quiere decir: Solamente YO soy la fuente de la vida, y todos los seres dependen de Mí para existir.

Si cultivas sólo tu bello cuerpo y te olvidas del alma, mañana estarás arrugado, pues, del mismo modo que la rosa se marchitó, tu cuerpo también envejecerá, y eso es para todos, de manera inexorable.

Por otro lado, cuanto más vivas, más joven y bella se volverá el alma, más se renovará el espíritu.

San Pablo expresó muy bien este mensaje cristiano:

«Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas” (2Co 4, 16-18).

Tú no fuiste creado sólo para esta vida transitoria y pasajera, donde todo se vuelve viejo y se acaba. Fuiste creado para la eternidad, para una vida que nunca acaba.

El joven fogoso que fue san Agustín, un día llegó a esta conclusión: “¿De qué vale vivir bien, si no puedo vivir para siempre?

Para que vivas para siempre, necesitarás cultivar tu alma, mucho más que tu cuerpo.

Una pregunta intrigante:

¿Si conoces a una mujer embarazada, que ya tiene 8 hijos, de los cuales 3 son sordos, 2 son ciegos, un discapacitado intelectual, y ella tiene sífilis, recomendarías que se hiciera un aborto?…

Si tu respuesta fue sí, le habrías impedido nacer y vivir al gran genio de la música, el compositor alemán Ludwig Van Beethoven (1770-1824).

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