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No hacer caso a los sentimientos pasa factura

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/07/15

¡Cuántas enfermedades surgen en el cuerpo y en el alma por intentar reprimir nuestros sentimientos!

Me importa siempre lo que sintió Jesús. Igual que me importa lo que siente la gente que me importa. Su estado de ánimo. Su pena y su dolor. Su alegría y su emoción. Lo que siente, no tanto lo que hace o deja de hacer, aunque eso también sea importante.

Me importa más su alma que su cargo o su encargo. Me preocupa más cómo vive la vida, mucho más que sus habilidades.

Aunque a veces me quedo en lo no importante, en lo secundario. En los hechos y en las palabras, más que en el amor y la verdadera intención que mueven sus pasos. No tomo tan en cuenta el corazón, la intención más honda escondida en sus actos.

Incluso a veces pongo en su corazón intenciones que no existen, aunque yo crea que sí. Y puedo llegar a decir: “Esto lo dijo porque tiene un prejuicio. O porque quería lograr esto otro. O porque piensa de esta manera”.

Y me equivoco fácilmente al encasillar. Aunque encasillar me dé seguridad. La seguridad de saber dónde se encuentra cada persona, en qué lugar, lo que piensa y lo que se puede esperar de ella.

Tal vez es que no miro a las personas con un corazón limpio. Me gustaría mirar a todos con un corazón puro. Sin buscar segundas intenciones, sin pretender saber lo que hay en su alma. Sin presuponer sentimientos que a lo mejor no tiene.

Tantas veces encasillo a las personas por sus actos. Son buenos o malos, inteligentes o torpes, capaces o incapaces, abiertos o cerrados, flexibles o inflexibles. No me pregunto lo que han sentido al hacer o decir alguna cosa. No pienso en su historia y en lo que les ha llevado a actuar de una determinada manera.

Quedarme en lo que siente, en lo que les motiva, puede parecer demasiado subjetivo e inabarcable. Los actos son hechos, son más objetivos. Los puedo pesar y medir. No se escapan. Son recogidos por mis ojos. Los toco y los analizo. Una frase, una foto, un hecho frío y objetivo. Con eso basta.

Las intenciones, los sentimientos que los precedieron, son más difíciles de comprender. Se deslizan entre los dedos. Juzgar hechos es más sencillo. Es irrefutable. Y condenar a la persona así es fácil, no hay que darle más vueltas.

Sin embargo, no me quedo tranquilo. En mi vida personal priman los sentimientos, más que los hechos. Incluso mis pecados, descarnados y objetivos, los tiño a veces de una justificación cálida.

Entran en juego las razones del corazón y el hecho objetivo se viste de una luz nueva, la luz que da el alma. Lo que siento o dejo de sentir. Lo que padezco y sufro. Lo que me alegra y lo que me apasiona. Todo eso importa y mucho.

No puedo vivir sin tomar en cuenta mis sentimientos. A veces veo a personas educadas para no sentir, para no expresar. Han tapado la puerta de su alma. Simplemente cumplen su misión, obedecen, como un ejército en orden de batalla.

Izan la bandera de la objetividad. Se amparan en una misión que no puede estar expuesta a contemporizaciones. El hecho es lo que vale. Los datos fríos. Las cifras. La meta.

La verdad es que me impresiona tanta disciplina. Me abruma un poco. Importa más el dato que la persona, el fin más que el alma del que se entrega. Creo que obviar lo que siento, pasar por alto mis emociones, tiene su precio.

¡Cuántas enfermedades surgen en el cuerpo y en el alma por intentar reprimir nuestros sentimientos! Salen reacciones en la piel, perdemos el sueño, nos estresamos sin razones suficientes para ello, surgen la ansiedad y la angustia, los rencores infundados, la enfermedad.

Nos bajan las defensas, nos deprimimos y entristecemos, comienzan las críticas y los juicios, las comparaciones y la amargura. Nos enredamos en pensamientos negativos que nos quitan la paz.


Hay muchas cosas que tienen que ver con esos sentimientos del alma que no reconocemos, rechazamos continuamente y ocultamos, porque no nos gustan o porque nos piden que no los mostremos.

Nos dicen que la misión nos espera. Que hay que darlo todo. Y así acabamos quebrando a las personas cuando les pedimos que se echen la manta a la cabeza y sigan caminando.

Importan los sentimientos, las percepciones subjetivas, las razones del alma, lo que me alegra y me hace sufrir. A mí me importan. Son mis sentimientos. Pero sobre todo le importan a Dios. A Él le importan mi corazón y mi alma.

Vivir reconociendo mis sentimientos, aunque no sean los más puros y santos, es el camino para tener una vida sana, una vida que aspira a ser santa.

Decía siempre el Padre José Kentenich que Jesús tiene que entrar en mi subconsciente: “Queremos ser, en la medida de lo posible, personas puras hasta en su nivel subconsciente; y ser además transparentes, llenos de espíritu, de moralidad, de Dios. De ahí el dolor oculto y el anhelo que surge en nosotros cuando contemplamos los ojos límpidos de un niño[1].

La verdad, quisiéramos tener un corazón puro. Una intención limpia. Una mirada trasparente. Como la de los niños. En lo más hondo del alma guardo todo lo que recibo. Ahí quiero encontrarme con Dios, trasparentar a Dios. Que Dios entre y se quede. Quiero un alma de niño, un corazón de niño, una mirada pura de niño.

Jesús conoce mis sentimientos. Todos, también los inconfesables. Y le importan. Y me quiere con ellos. No sin ellos.

Necesito esa pureza del alma que se trasparente en la mirada. Quiero dejarme mirar por Dios en mis sentimientos más hondos. Así me llama Jesús. Sabiendo lo que hay en mi corazón. Así me envía el Señor, sabiendo lo que llevo en el alma.

Y me pide que le entregue todo lo que siento. Es verdad que me gustaría sentir como siente Jesús. Tener sus sentimientos de compasión, mansedumbre, paciencia, alegría, humildad, sencillez. Esos sentimientos que le hacían detenerse ante el más necesitado y dejarse el alma a jirones por amor. Sí, sentir como Él, vivir como Él.

Prefiero tener sus sentimientos antes que sus poderes. Para poder mirar bien a los otros, para mirarme bien a mí mismo. Para no juzgarme cada día por lo que siento, por lo que mueve mi corazón.

No me siento soldado, parte de un ejército, confundido en una masa obediente, uniformada. Nunca me he sentido así. Jesús no formó un ejército en orden de batalla. Eligió algunos hombres y los mandó a la misión. Todos originales. Y los mandó de dos en dos. Todos diferentes.

Escuchó lo que había en su alma, respetó sus sentimientos más verdaderos.


[1] J. Kentenich,
Niños ante Dios
Tags:
almasentimientos
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