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¿Es malo reclamar a Dios?

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Di Yupa Watchanakit -Shutterstock
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Dios no hace las cosas como “por arte de magia”

Cuando nos encontramos en medio de una situación desesperada o estamos pasando por una mala racha o tenemos un problema que no podemos resolver, suele ocurrir que sintamos que Dios no atiende nuestras súplicas o que se ha olvidado de nosotros.

Y a veces optamos por reclamarle su ausencia o falta de ayuda; otras ocasiones, ante el temor de hacerle un reclamo como tal, le preguntamos por qué nos sucede eso, pregunta que, de cualquier forma, probablemente vaya cargada de enojo por sentir que lo que ha sucedido es una injusticia de la vida en contra nuestra.

¿Es válido reclamar a Dios? ¿Desagrada a Nuestro Padre nuestra actitud de reproche? ¿Cómo podemos actuar ante Él en medio de nuestros agobios?

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Pascal Deloche | GODONG

Al respecto, Salvador González Morales, sacerdote de la arquidiócesis de México y ex vicerrector del Seminario Conciliar de México, habla para Desde la fe.

Lo primero que comenta es que si algo natural hay en el ser humano es que no nos agrada el sufrimiento; a nadie le gusta estar mal, ni física, ni moral, ni económicamente.

Así que quisiéramos que las situaciones que provocan malestar estuvieran lejos de nosotros y de los nuestros, lo cual solemos pedir a Dios en oración.

Sin embargo, señala, cuando se nos presenta una situación adversa y pedimos al Señor que nos ayude a resolverla, frecuentemente esperamos que Él lo haga como por arte de magia, y al no suceder esto, llegamos a sentir que no nos escucha o que nos ha olvidado.

“El problema está en que se nos olvida que Dios conoce mucho mejor que nosotros lo que necesitamos; antes de que yo le pida auxilio en mi necesidad; Él ya sabe lo que me pasa, pero también sabe lo que puede ayudarme a crecer, a madurar”.

Al hacer un reclamo al Señor –comenta el sacerdote– en virtud de que las cosas no se resuelven como quisiéramos y en el tiempo que lo solicitamos, sólo demostramos nuestro empeño en ver a Dios a nuestro modo “humano”, pues el reclamo emana del sentimiento de que se ha sido objeto de una injusticia, y la persona que lo hace denota falta de humildad, debido a que probablemente está muy confundida sobre su posición ante Dios.

“Cuando el que pide se olvida de que está hablando con su Padre, con su Dios, con su Señor, pierde actitud de hijo, y del clamor pasa al reclamo hacia Aquel cuya Providencia nunca lo ha dejado».

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«Sin embargo, Dios entiende perfectamente lo que estamos pasando, y sabe que esta forma de proceder es sólo producto de la desesperación, de la fatiga, de la frustración.»

Asimismo, dijo que cuando sucede algo que nos desagrada, en lugar de preguntar a Dios “para qué”, frecuentemente le preguntamos “por qué”, pregunta que si bien no es necesariamente un reclamo ni una actitud soberbia, casi nunca obtiene una respuesta. 

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By Bruce Stanfield|Shutterstock

En este sentido, comentó que el santo varón Job –en Libro Sapiencial Job, que es una joya bíblica–, muestra la actitud digna del hombre que manifiesta su desconcierto y pregunta “por qué” en su afán por entender la voluntad de Dios, pero finalmente llega a la conclusión de que ésta no se conoce, sino que se sigue con fidelidad, con la actitud de siervo humilde. 

El mismo Jesucristo procede así ante el Padre al decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, palabras enigmáticas en las que nosotros tenemos una gran enseñanza, y que de ninguna manera se desprenden de una actitud soberbia, sino que demuestran el sentimiento de soledad y desconcierto de Jesús al estar en la Cruz, pero después viene la resolución de la crisis: ‘¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!’”, explicó.

El P. Salvador González, quien cuenta con una especialización en Filosofía en Roma, externó que cuando nos vemos inmersos en un problema o hemos vivido días terribles, lo que debemos hacer es actuar como Jesús y nunca olvidar que Dios es nuestro Padre, y saber que, aunque de pronto no lo sintamos o no lo percibamos o no lo tengamos claro, Él nunca nos abandonará.

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“Es importante llegar, como Jesús, a experimentar a Dios como un verdadero Padre, procurar que nuestra relación con Él sea siempre así».

«Si hacemos de esto una práctica cotidiana, tanto en los momentos agradables como en los momentos difíciles, tanto en el trabajo como en el juego, tanto en nuestros empeños como en nuestros sufrimientos y pérdidas, siempre tendremos en nuestros labios para Él el clamor humilde del hijo, de la criatura, del siervo”, finalizó.

Por Vladimir Alcántara en SIAME

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