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Escondido en el Señor: Juan el Bautista

ST JOHN THE BAPTIST

Public Domain

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/12/14

Renunció por amor al que iba a venir, por amor a un Dios que lo amaba con locura, por amor a sus padres con quienes compartió ese misterio

La esperanza de Israel, ese niño que saltó de gozo en el seno de Isabel, se ha puesto en camino.

Dice el profeta Isaías «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: – Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

Es el mismo del que hemos escuchado: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale».

El precursor, el que va delante del Mesías, tiene que enderezar los caminos. Él no es el centro. Está totalmente descentrado. Tal vez por eso nos resulta tan atrayente Juan Bautista. Y nos conmueven el abandono y la dureza de su vida.

Juan fue un preparador de caminos. Toda su vida consistió en cuidar a otros para que estuvieran preparados para Jesús. Cuidó al débil, al frágil.

Decía el Papa Francisco en Estrasburgo: «Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la ‘cultura del descarte’.

Cuidar de la fragilidad, de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».

Es la actitud de aquel que va preparando el camino, allanando el terreno, levantando los valles, abriendo cauces, descubriendo nuevas vías.

Me impresiona esa actitud desinteresada del que sirve sin esperar nada. Como el siervo inútil que sólo hace lo que tiene que hacer. Sin exigir nada, sin esperar nada más. Juan es el amor oculto, el servicio a la vida que se da muriendo, que se entrega enterrándose.

Rezaba una persona: «Liberas mi agua del mal sabor del orgullo, de la vanagloria, del sentirme bien dándome, del apropiarme de un mérito que sólo es don tuyo. Me gusta que el centro de mi vida seas Tú, que lo reclames sólo para ti. Señor, amo vivir desde la fecundidad de lo escondido. Aumentas así mi fe. Sintiéndome amada en ti. Sé que es tu presencia Señor. Se que me amas más aún».

Es la libertad de vivir enterrado y oculto. Juan permanece escondido en el Señor. Escondido en ese río Jordán desde el que empieza a proclamar el reino.

Es necesario allanar los caminos. Es necesario enderezar lo torcido. ¿Cuántas cosas torcidas y endurecidas hay en nuestro corazón?

¡Cuánto trabajo tiene Dios con nosotros! Juan se pone manos a la obra. Forja corazones nuevos. Juan es cuidador de lo frágil. Fortalece la debilidad de los hombres. Juan ha nacido para ser esa semilla escondida en la tierra que muere dando fruto.

¡Cuánto nos cuesta permanecer ocultos cuando damos, cuando servimos! Nos gustan los primeros puestos y el reconocimiento.

Muchas veces decimos que no, que no nos importa. Pero luego nos buscamos al darnos y queremos que nuestro nombre sea reconocido.

Tal vez lo importante sea aprender a desprendernos de nuestro orgullo, dejar de lado nuestras durezas.

Es momento de vaciarnos, para liberarnos de cosas a las que estamos apegados. Y así ser como Juan, más libres.

Dios Padre le dice a su Hijo: «Envío mi mensajero delante de ti para preparar el camino». Impresiona la ternura con la que nombra a Juan. Dice «mío». Está marcado por su pertenencia a Dios. Juan. El hombre obediente. El hombre de una pieza.

Toda su vida orientada a una misión. Mensajero. Voz. Mensajero de otro. Voz de otro. ¡Cuánto lo amaba Dios! Su mirada no se separó de él mientras crecía e iba descubriendo su camino.

Preparó el camino al que es el camino. Creció en Ein Karen mientras Jesús crecía en Nazaret. Juan recibió la misión de sus padres. Zacarías e Isabel lo educaron en su misión. Ellos la recibieron, la custodiaron, se la contaron a Juan y prepararon su corazón para ella.

Dios entregó la misión a su familia. A los tres. Los tres fueron generosos y dieron su sí. Cada uno dio el suyo propio y pienso que se apoyarían mutuamente. Una familia preparó el camino a la Sagrada Familia.

Con qué amor sus padres le hablarían a Juan de su camino para otro, de su vida para otro. Ellos también estuvieron marcados por su vida orientada a Dios, a María, a la espera.

Juan obedeció. Dio su vida por su misión. ¿Cómo Dios no lo iba a llamar suyo?

El hijo fiel. El que creyó antes de ver y confió antes de tocar a Cristo. Él todavía no conocía a Jesús en lo hondo, no se había encontrado con Él en el Jordán.

Imagino su anhelo. Toda su vida fue esperar. Aguardar. Preparar el corazón. Creer en la incertidumbre. Creer a pesar de que pasaban los días y no sucedía nada. Contar a otros su espera, su esperanza.

Sus padres le habían hablado. Él creyó en ellos. Normalmente queremos buscar nuestro camino solos. Me conmueve su fidelidad. Su humildad.

Él era pequeño. Se sentía indigno. Su misión fue señalar a otro. Y más todavía, su misión terminó cuando llegó Jesús.

Su renuncia tiene un valor increíble. Como José, su vida fue servir la vida de otro, la misión de otro, entregando la vida y el corazón.

Juan sólo era la voz. Luego vendría la Palabra. Desaparece para que otro crezca. Se oculta para que otro brille.

Parece imposible. Esperar toda la vida a Jesús y no vivir con Él. No iba estar entre sus apóstoles. Ni caminaría con Él, ni pescaría en su lago. Seguro que lo desearía. Pero Juan fue feliz cumpliendo lo que Dios le pedía.

Lo que le pide es preparar, esperar, despertar en otros el deseo de convertir el corazón: «Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados».

Todos tenemos deseos de realizarnos, de que nos sigan, de que nos alaben, de afirmarnos, de que nos reconozcan.

Juan renunció por amor al que iba a venir, por amor a un Dios que lo amaba con locura, por amor a sus padres con quienes compartió ese misterio.

Y nosotros, ¿a qué estamos dispuestos a renunciar por amor? A veces a muy poco. Lo queremos todo. Amamos pobremente.

Hoy miramos a Juan. Queremos vivir como vivió Él. Queremos vivir volcados en Jesús. Mirándolo a Él. Señalándolo en el camino. Renunciando a nuestros planes. Sólo por Él.

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