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¿Qué hacer para ser feliz?

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Reflexionar, cultivar las virtudes y cargar la vida con madurez, también con sus cosas malas

En estos últimos meses estamos contemplando un fenómeno que llama la atención en las redes sociales. El impresionante éxito de la canción Happy de Pharrell Williams en Youtube. ¡Tiene ya más de 286 millones de visitas! La canción es muy “pegajosa” y transmite ideas muy positivas.
 
Escuchándola algunas veces y esforzándose para verificar las ideas que transmite, se puede llegar a la conclusión de que menciona muchas vivencias positivas para aquellos que “son” felices, o quieren ser felices.

La verdad es que no se encuentra ninguna idea que sugiera un camino seguro y consistente para ser realmente feliz. A lo más, menciona algunas actitudes para ello, pero no son conductas guiadas por ideas sólidas y contundentes.

Pareciera que la felicidad se trata de un estado de ánimo, que se debe buscar, pero muy superficial y difícil de sostener, si se tienen en cuenta las dificultades de la vida. Dificultades, sufrimientos, dolores y problemas que todos tenemos y están siempre presentes, cosa que Williams no tiene presente o por lo menos no quiere mencionar para nada.
 
Me hace recordar una famosa canción de hace décadas atrás Don’t worry, be happy”, que cantaba Bob Marley, y alcanzó gran popularidad; en las dos veo un anhelo explícito y positivo -lo que está muy bien- por vivir la felicidad.

¿Quién no quiere ser feliz? Es un anhelo profundo de todo ser humano. Anhelo de alcanzar lo infinito1. Sin embargo, en las dos canciones no se hace una propuesta clara de cómo alcanzar la felicidad, ni tampoco se quiere enfrentar las dificultades de la vida.
 
Aproximación filosófica
 
Pensadores de la historia antigua -como Platón, Aristóteles2 y Séneca3- se plantearon esa pregunta. También antiguamente pensadores cristianos de la talla de San Agustín4 y Santo Tomás5 se hicieron esa pregunta. Veamos qué nos dice la filosofía sobre este camino a la felicidad.
 
Recurramos al filósofo Aristóteles para dilucidar qué debemos hacer para alcanzar la tan anhelada felicidad. «El medio más seguro de alcanzar la completa felicidad es saber cuál es la obra propia del hombre»6. Es decir, tenemos que conocer cuál es la “obra propia” del hombre para poder vivir la felicidad7.

Debemos descubrir la obra que caracteriza de modo propio, excelente y sublime al ser humano. Algo que es peculiar a él. La obra del ojo es ver, la del oído, escuchar. ¿Cuál es la obra del hombre?
 
La actividad propia del hombre, que lo difiere de todos los demás seres y lo caracteriza, es su dimensión racional. El verdadero bien del hombre, pues, consiste en esta “obra” o “actividad” de la razón. Lo ideal es que la persona sea capaz de vivir según su alma racional.

Avanzando más, y profundizando en esa capacidad del hombre, en otro pasaje de su Ética, Aristóteles hace un desarrollo más preciso de la actividad racional del hombre. Habla como esa vida racional es, en realidad, superior a las propias fuerzas del hombre. Percibe en esa capacidad algo divino. Se trata de una participación de la realidad divina. En otras palabras, se trata de contemplar lo divino8.
 
En esa actividad de la contemplación intelectual el hombre alcanza el vértice de sus posibilidades y actualiza cuanto de más elevado hay en él.

La felicidad de la vida contemplativa conduce de alguna forma más allá de lo puramente humano; nos pone en contacto con la divinidad. Por lo cual, podemos decir, junto a la tradición cristiana posterior, que recoge estos pensamientos griegos9, que sólo Dios puede satisfacer las necesidades más profundas del hombre.

«Cuando llegue a adherirme a ti con todas las fuerzas de mi ser no tendré ya ni dolores ni trabajos; mi vida será en verdad viva, llena de ti».10.

 
Aristóteles complementa su afirmación sobre la naturaleza específica de la “obra” del hombre, diciendo que para vivirla es necesario hacerlo de modo virtuoso11.

No es la fortuna la que decide la felicidad; no es un efecto del azar –como dicen los dos cantantes mencionados-, sino un resultado de nuestros esfuerzos por medio de actos virtuosos. Vivir la contemplación espiritual descrita anteriormente implica un esfuerzo exigente y virtuoso. Por lo que dice el dicho: “una golondrina no hace verano”, es necesario que vivamos las virtudes de modo constante en la vida.
 
Ya veremos más adelante que el hombre virtuoso es capaz de sufrir todos los azares de la fortuna sin perder nada de su dignidad; es capaz de sacar el mejor provecho de las distintas vicisitudes y circunstancias difíciles de la vida.

Axiológicamente hablando, la virtud es una excelencia. Es alcanzar un extremo de bondad en determinadas actitudes morales que vivamos. Es una “disposición estable para obrar bien, adquirida a la luz de la razón y teniendo la voluntad por sujeto inmediato”12.
 
Aproximación teológica
 
¿Quién no se acuerda del famoso pasaje bíblico del joven rico, que se acerca al Señor y le pregunta: «(…) qué he de hacer para tener en herencia vida eterna? (…) ven y sígueme.»? (Mc 10, 17.21). Esa “vida eterna” podemos entenderla, dicha de otra manera, como la felicidad.

¿Qué he de hacer para alcanzar la felicidad? El Señor no se demora en dar la respuesta: “ven y sígueme.” La pregunta natural que debemos hacernos es: ¿Cómo se sigue a Cristo? Él mismo nos lo responde en otro pasaje: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23).
 
¿Qué significa esto de “negarse a sí mismo?” y ¿“tomar su cruz cada día”? A lo primero debemos decir que negarse a sí mismo no implica una negación de la propia identidad, sino a lo que es malo en cada uno. Todo aquello que desdibuja nuestra verdadera identidad. A eso debemos negarnos. Buscando vivir y desplegar nuestra verdadera identidad. La verdadera naturaleza. Como decíamos arriba, vivir lo que hay de más noble en nuestra naturaleza. La dimensión racional abierta a la contemplación divina.

Por otro lado, “tomar mi cruz” implica necesariamente un esfuerzo dedicado y constante. Vivir, como decíamos arriba, la virtud. Un esfuerzo personal. Alcanzar un señorío de sí mismo. Renunciar a todo aquello que es dañino, quitándolo en lo posible de la propia vida. Cosas que no permitan alcanzar esa tan anhelada felicidad.
 
Tomar la cruz implica también asumir y cargar con todas aquellas dificultades, dolores, enfermedades, sufrimientos, ansiedades, angustias, frustraciones, tristezas, limitaciones e incomprensiones, que muchas veces son parte de la vida, y no las podemos quitar. Ya sean personales o de alguien cercano que nos afecta.

Es imposible que cerremos los ojos a esa realidad negativa con la cual tenemos que vivir, como lo quieren proponer William Pharrell o Bob Marley. Frente a ello tenemos tres alternativas: Huimos o nos fugamos por medio de experiencias compensativas; nos resignamos de manera equivocada… es decir, “aceptamos” esas realidades de modo negativo, volviéndonos unos amargados e inconformes con lo que nos ha tocado vivir; o vivimos la actitud que nos invita Cristo de “cargar la cruz”.

Cargar la vida con madurez. Aceptar que la vida implica muchas cosas buenas, pero también otras cosas malas. Pero no estamos solos. Cristo nos llama y nos acompaña. Cargar la cruz de nuestras vidas con la ayuda de Cristo nos permite darle un sentido positivo a los sufrimientos13. Sacando lo bueno de lo malo.

 
Conclusión
 
Entonces, tenemos dos claves filosóficas para la felicidad. Vivir lo que hay de más noble en nuestra naturaleza, que es la capacidad reflexiva, propia de la razón, abierta a la contemplación divina. Por otro lado, vivirlo y hacerlo real por medio de una existencia virtuosa. Creciendo en el señorío personal y dominándose personalmente para encaminarse constantemente hacia Dios.

Luego vemos en el llamado cristiano –como lo visto en las citas bíblicas arriba mencionadas- un camino concreto para vivir la verdadera felicidad, teniendo en cuenta no sólo las alegrías, sino también todo tipo de problemas personales o ajenos que podamos enfrentar.

Finalmente, vivir la felicidad no es algo fácil, como lo plantean las canciones vistas por millones de personas. Pero vale la pena el esfuerzo, puesto que se trata, nada más y nada menos, de nuestra felicidad.
 
Por Pablo Perazzo
Artículo publicado por Centro de Estudios Católicos  

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