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Cómo salir de la tristeza del posparto

BABY
Shutterstock | Tomsickova Tatyan
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El ‘Baby blues’ es real. Intenta así no hundirte demasiado tras el nacimiento de tu bebé

Después del esperadísimo momento del nacimiento, algunas mujeres se sienten sumergidas en un profundo desasosiego, con llantos y nervios a flor de piel… El baby blues puede vivirse como un auténtico seísmo, aunque no deja de ser evitable.

“El baby blues es un seísmo, es un terremoto que sacude a la madre de arriba abajo”, manifiesta Nadège, que ha vivido este desmoronamiento tras el nacimiento de su tercer hijo.

“No tuve ninguna dificultad con los mayores”, recuerda. “Pero con el nacimiento de Eva, no he sentido ningún vínculo maternal. Solamente una inmensa fatiga y una profunda soledad. Pasaba de los bajones anímicos a las crisis de llantos”.

Y continúa la joven: “Había alguna cosa que se interponía entre mi bebé y yo: yo actuaba más por voluntad que por sentimiento, tenía los gestos de una madre, pero el corazón no estaba en su lugar”.

¡Cuántas mujeres se reconocerán en este testimonio y confesarán haber tenido también esta falta de conexión con su recién nacido! “Maternity blues”, “disforia posparto”, “síndrome del tercer día”, hay muchas expresiones para referirse al baby blues, pero no hay que confundirlo con la depresión posparto.

Estar atentas, sin dramatizar

“El baby blues es un periodo transitorio y efímero. No es una enfermedad, no precisa de ningún tratamiento médico”, relativiza el pedopsiquiatra Jacques Dayan. “Si se instala, es absolutamente necesario pedir ayuda”, advierte a pesar de todo Nadège.

Este síndrome tiene sus códigos, bien conocidos por el personal sanitario y rápidamente percibidos por los allegados: la mujer que acaba de dar a luz está con los nervios a flor de piel, muestra una gran fragilidad emocional y rompe a llorar fácilmente. A estas señales habría que añadirles ansiedad, agitación y confusión, a veces también trastornos de sueño y del apetito. Todo esto se vive desde un profundo desánimo y el sentimiento de no estar a la altura.

El baby blues sucede a veces a partir de la maternidad, en las horas que siguen al parto: “El llanto de mi bebé, mi marido que llegaba tarde o la lactancia que estaba yendo mal, nada funcionaba, yo lloraba por nada ¡y me agotaba pensar en todo lo que me esperaba con esta criatura que reclamaba tanto de mí!”, cuenta Marie. De regreso a casa después del nacimiento de su primer hijo, la joven se encuentra abandonada a sí misma, sin la asistencia del equipo médico: es entonces cuando se derrumba.

Atribuido ante el menor síntoma, el baby blues es en la actualidad una cantinela de moda en la que tanto revistas especializadas como emisiones para el público general cantan su propio verso. “Todo el mundo lo agita ante la nariz de las futuras madres como si fuera una etapa ineludible. ¡Pero no es inevitable! Conviene estar atentas, sin dramatizar”, explica el psiquiatra Guy Benoît.

El vacío físico y psicológico es muy real después de un nacimiento. No hay que dejarse hundir, sino acoger esta nueva etapa.

La eclosión del sentimiento maternal no es fácil

Charlotte, que acompaña a las puérperas o madres recientes en sus primeros pasos, explica: “El parto es una profunda conmoción. El cuerpo sufre un choque brutal. La caída del nivel de hormonas progestágenos tras el nacimiento debilita psíquicamente a la puérpera, que se ve de golpe desposeída del pequeño ser que habitó en su interior durante nueve meses. ¡Hay motivos para estar conmocionada!”. Exhausta y a menudo dolorida, la puérpera tiene dificultades para reencontrarse: “Ya no reconocía mi cuerpo”, se inquieta Claire señalando unas circunstancias amargas tras el nacimiento de su hija.

En el tumulto interno del nacimiento, el contenido del inconsciente ha cambiado por completo: “La venida al mundo de un hijo reactiva dolores que creíamos enterrados o de los que ni siquiera éramos conscientes”, explica Nadège.

“De hecho, el parto nos reenvía a nuestro propio nacimiento, con las separaciones, reales o simbólicas, contenidas en el inconsciente”. En este contexto de gran fragilidad y de pérdida de confianza, la eclosión del sentimiento maternal no es fácil.

“Una no nace madre, se convierte en madre”, afirma el doctor Jean-Marie Delassus. “Sólo tú –y nadie más– sientes lo que es bueno para tu hijo. Así que aprende a decir no a unas visitas demasiado numerosas después de dar a luz y desconecta el teléfono para descansar. Así te recuperarás más fácilmente y ayudarás a tus allegados a encontrar un nuevo equilibrio”.

No dudar en dedicarse tiempo a una misma

Del mismo modo, al volver a casa, hay que saber guardar las distancias: “¡Cuántas comidas familiares e invitaciones habremos declinado!”, reconoce Béatrice, para quien las primeras semanas después de un parto son “coto reservado”.

Y hay que dar prioridad a la sencillez: aceptar que la casa no esté impecable, que las comidas se limiten a un plato congelado o que los niños lleven una camiseta sin planchar. Sencillez también en el hecho de saber pedir ayuda: al marido, a la madre, a una amiga, a una vecina… Si el presupuesto familiar lo permite, unas cuantas horas adicionales confiadas a una canguro facilitan el día a día.

Por último, ocuparse de una misma es esencial para mejorar esa imagen maltratada por el parto y la falta de sueño: “Aunque me quede todo el día en casa, me maquillo y me visto bien. Este gesto me da fuerzas”, observa Chantal.

Es cuestión de imaginación y de organización: liberarse entre dos biberones o tomas de pecho para ir a misa, recuperar el contacto con las amigas o pasear; aprovechar la siesta del bebé para leer o descansar esperando la vuelta de los hijos mayores…

Lo esencial es guardar tiempo para una misma. Pero también para Dios: es muy importante dedicar tiempo en pareja para el Señor e invitarlo a acompañaros en esta etapa de la vida, con sus alegrías y sus trastornos.

Pascale Albier

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