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¿Estás recitando el rosario correctamente? ¡Compruébalo!

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© De Daniel Jedzura - Shutterstock
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Muchos santos han hablado del rosario. Bebieron de esta fuente y nos invitan a mojar nuestros labios en ella. A continuación se presenta un breve manual de instrucciones para el rezo del Rosario

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Antes de rezar el rosario, debes tomarlo. Esto parece obvio. Pero no tomarlo como cualquier otro objeto. El Rosario es ante todo una gracia, es decir, un don maravilloso que Dios nos ofrece para unirnos más estrechamente a Él.

Podemos llevar la mano al bolso o al bolsillo y decir: «¡Gracias, Señor! No soy yo quien sostiene este rosario, eres tú quien me sostienes a mí. No me sueltes«.

En la Capilla Sixtina, Miguel Ángel representó admirablemente el poder de esta oración en la forma de un hombre agarrando el rosario que le ofreció uno de sus hermanos.

Todo comienza con la señal de la cruz

Sólo la señal de la cruz recapitula todas las riquezas a las que la oración nos da acceso. La cruz es el ancla de la Salvación a la que nos anclan los eslabones del rosario. Este signo que tan a menudo hacemos de manera distraída, debemos recibirlo también como una gracia.

El Credo que nos recuerda que el rosario es un acto de fe en Jesús

Este acto de fe lo hacemos con toda la Iglesia, con María. Ella, en la gloria de su Asunción, goza de la visión beatífica, pero la fe que fue suya durante su vida terrena sigue siendo para siempre el principio y el modelo de la nuestra. Comulgamos con la Persona del Salvador en cada uno de sus misterios, y al hacerlo, «participamos, en cierto sentido, en la Fe de María»

ROSARY
Fred de Noyelle | Godong

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El rosario, «el Evangelio convertido en oración»

A lo largo de las decenas, todo el Misterio de la Salvación se despliega ante nuestros ojos.

Primero la infancia de Jesús con los Misterios gozosos («misterio» aquí tiene el significado de «acontecimiento»), luego su Pasión con los Misterios dolorosos, su vida en la tierra con los Misterios luminosos y finalmente su Resurrección con los Misterios gloriosos.

En efecto, es Cristo quien está en el centro de cada uno de estos Misterios, desde la Anunciación (Jesús encarnándose en María) hasta la coronación de la Virgen (Jesús coronando a María).

Así como en cada Ave, el nombre de María prepara el camino para el nombre de Jesús, así en cada decena aprendemos de la Madre a mirar al Hijo.

Una práctica heredada de los santos consiste en introducir «cláusulas» en cada «Ave». Es muy sencillo: basta con insertar una o dos palabras que nos ayuden a fijar nuestra mente en el Misterio contemplado. Por ejemplo: «Jesús presentado en el Templo», o «Bendito sea Jesús resucitado…».

Esto puede ayudarnos, especialmente si rezamos en medio de las actividades del día. De esta manera llegaremos a hacer de nuestro día un rosario, con sus rostros alegres, dolorosos, luminosos y gloriosos, unidos a Jesús como lo estuvo María, bajo la guía fecunda del Espíritu Santo.

La letanía y la repetición no deben frenarnos

Recordemos que esta oración ha sido solicitada por la Virgen en todas sus apariciones. Todos los Papas la recomiendan con insistencia. De hecho, el Rosario era la oración favorita de san Juan Pablo II.

Es la oración de los pobres, que se puede decir en todas las circunstancias, incluso y especialmente si uno está cansado.

Hay días en los que uno se siente incapaz de decir nada, y otros en los que ya no puede soportar lo que se asemeja a la repetición que Jesús denuncia en el Evangelio.

La pequeña santa Teresita de Lisieux tenía grandes dificultades para rezar el Rosario. Sin embargo, es precisamente en sus escritos donde encontramos una de las palabras más capaces de aclararnos sobre la verdadera naturaleza del rosario.

¿De qué se trata, si no es de «mirar a María y decir: Jesús»? Aquí está todo. El Rosario no es insignificante, pero es un medio para un fin.

Sin embargo, ¿cuál es el objetivo? Con María, volvernos a Jesús que quiere unirnos a Él. Dios lo hace así, aunque algunos días tartamudeemos.

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Por monseñor Louis Sankalé

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