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¿Cómo vivían los santos la Semana Santa?

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vetre | Shutterstock

Patricia Navas - publicado el 26/03/24

Cada santo tuvo su manera personal de vivir la Semana Santa pero muchos comparten algunas actitudes al unirse a la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús

Si nos remontamos a la primera Semana Santa, a aquel siglo I en Jerusalén, cada uno de los santos que habían conocido a Jesús debió vivir una experiencia bien distinta.

María, Juan, Pedro y otros apóstoles, Simón de Cirene, el centurión romano Longinos, María Magdalena…

Unos fieles, otros huidos, algunos profundamente transformados ante el proceso del Hijo de Dios, su ejecución y su Pascua.

Desde entonces, la Iglesia ha ido reviviéndolo cada año. Y los tiempos litúrgicos de la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua han ayudado a muchos santos a unirse a Cristo. Descubre cómo lo han vivido y no dudes en seguir su ejemplo.

1
El combate cuaresmal de Carlo Acutis

EL CIELO

A pesar de su corta edad, Carlo emprendía “seriamente” en Cuaresma un “combate espiritual”, explica su madre Antonia Salzano.

Para él, el alma -como un globo- no puede elevarse si tiene atado un peso, como una
piedra.

Y hay que ponerse en marcha para que brille “no yo, sino Dios”, porque, como decía este joven beato, “cada minuto que pasa es un minuto menos que tenemos para santificarnos”.

2
Los retiros de Pier Giorgio Frassati

Desde que tenía 19 años hasta su muerte, con 24, los tres últimos días de la Semana Santa Pier Giorgio los pasaba en una casa de retiro en silencio y oración.

En medio de la naturaleza, reflexionaba sobre su vida, su destino y su pecado, y oraba pidiendo a Jesús que pudiera comprenderle y amarle más.

3
San Josemaría en las procesiones

St. Josemaria Escriva
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Las procesiones de Semana Santa de Andalucía atraen multitudes. El Miércoles Santo del año 1945, Josemaría Escrivá de Balaguer quedó impactado por la devoción popular que se respiraba en las calles. Así lo recordaba años después:

“Cuando vi toda aquella gente, aquellos piadosos hombres que iban en las procesiones acompañando a la Virgen, pensé: esto es penitencia, esto es amor. Era muy hermoso. Luego, cuando vi… no sé qué paso era, no recuerdo qué imagen de la Virgen… Lo de menos eran las joyas, las luces… Lo importante era el amor, las saetas, los piropos: ¡todo! Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle”.

4
San Benito, de la Eucaristía al cielo

San Benito

El Jueves Santo del año 543 fue el día de la muerte de san Benito de Nursia. Tenía
fiebre, pero pudo recibir la Eucaristía. Después, en la capilla junto a los monjes, levantó
las manos y dijo sus últimas palabras: “Hay que tener un deseo inmenso de ir al Cielo”.

5
Concepción Cabrera, madre ante la cruz

Conchita cabrera

Esta beata madre de familia, fundadora y mística, dejó escrito un diálogo que sintió tener en abril del año 1894 ante un imagen de Jesús con la cruz a cuestas:

“-¿Qué, no me ayudas con esta cruz, no me darás algún descanso? Nadie me la quita, ni siquiera me ayudan a llevarla; ¿y tú no, tú no me ayudas?.

-No solo te ayudo, mi Tesoro […], sino que te la quito de mil amores y te pongo en un Trono; y esa corona también me pertenece”.

6
El último Via Crucis de Juan Pablo II

Los días del Jueves Santo al Domingo de Pascua suelen ser de celebraciones e intensa actividad para los sacerdotes.

El Papa san Juan Pablo II vivía el triduo pascual rodeado de gente, con largas liturgias… hasta que su salud se lo permitió.

El año 2005, su enfermedad le impidió ir físicamente al Coliseo de Roma, pero quiso seguir el Vía Crucis por televisión desde su capilla privada.

“Yo también ofrezco mis sufrimientos para que el designio de Dios se cumpla y su palabra camine entre las gentes”, envió un mensaje aquel Viernes Santo.

Y añadió: “Sí, adoramos y bendecimos el misterio de la cruz del Hijo de Dios, porque es precisamente de esa muerte de donde ha brotado una nueva esperanza para la humanidad”.

7
La soledad de santa Teresa de Lisieux

Santa Teresita del Niño Jesús vivía con una gran esperanza en el Cielo. Pero su fe experimentó una dura prueba que empezó la noche del Jueves al Viernes Santo del 1896.

Con solo 23 años, empezó a tener vómitos de sangre, “señal de que mi entrada en la vida eterna no estaba lejos”, escribió la monja carmelita.

En el tiempo pascual de aquel año, la “pequeña alma” experimentó unas terribles dudas de fe, una oscura soledad que describió así:

“Me parece que las tinieblas, apropiándose la voz de los pecadores, me dicen burlándose de mí: ‘Sueñas con la luz, con una patria aromada de los más suaves perfumes. Sueñas con la posesión eterna del Creador de todas las maravillas. Crees poder salir un día de las brumas que te rodean. ¡Adelante! ¡Adelante! Gózate de la muerte que te dará no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada’”.

Teresita se detiene, y añade: “No quiero extenderme más, temería blasfemar… Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado…”.

Más tarde, reconoce: “Para que el Amor quede plenamente satisfecho, es necesario que se abaje, que se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esta nada…”

8
San Vicente Paúl, resucitar con Cristo

San Vicente de Paul – en

El fundador de la Congregación de la Misión y de la orden de las Hijas de la Caridad animaba a sus misioneros a aprovechar la Semana Santa para unirse más a Cristo.

Él mismo trataba de hacerlo dándose a los demás por amor. Este era su deseo, su oración:

“Que podamos morir a nosotros mismos, a fin de resucitar con él. Que él sea la alegría de vuestro corazón, el fin y el alma de vuestras acciones y vuestra gloria en el cielo. Así lo será, si, en adelante, nos humillamos como él se humilló, si renunciamos a nuestras propias satisfacciones para seguirlo, cargando nuestras pequeñas cruces, y si entregamos de buen grado nuestra vida, como él entregó la suya, por nuestro prójimo que él tanto ama y quiere que amemos como a nosotros mismos”.

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