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La ira, el pecado que rompe tu relación con Dios

Nastolatka kłóci się z matką

DimaBerlin | Shutterstock

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Mónica Muñoz - publicado el 13/02/24

Saber controlar nuestra ira es vital para conservar sanas todas las relaciones porque, finalmente, a quien ofendemos es a Dios y podríamos también romper con Él

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A veces, cuando las situaciones son adversas, es inevitable sentirnos contrariados con las personas que amamos; no todo el tiempo estaremos de buen humor. Hasta ahí, parece que no hay problema, el enojo es una emoción que todos podemos sentir y que surge, en ocasiones, sin que podamos controlarla.

Sin embargo, cuando nos sobrepasa y se transforma en ira, puede acarrear consecuencias indeseables, dañando incluso nuestras relaciones interpersonales, todo por no saber encauzarla.

Por eso, San Pablo recomienda:

Si se enojan, no se dejen arrastrar al pecado ni permitan que la noche los sorprenda enojados, dando así ocasión al demonio » (Ef 4, 26).

Heridas que no sanan

Esta emoción mal manejada puede llegar a convertirse en un pecado grave. Dice el Catecismo de la Iglesia católica:

La ira es un deseo de venganza. «Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito»; pero es loable imponer una reparación «para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 158, a. 1, ad 3).

Si la ira llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: «Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5, 22). (CEC 2302)

Entendamos que una persona iracunda puede ofender profundamente a sus prójimos, aun sin tocarlos físicamente, porque la violencia se puede dar de hecho o de palabra, provocando heridas que quizá, nunca lleguen a sanar.

Dois homens adultos brigando

Una falta de amor

El Evangelio nos enseña que el amor a Dios se debe reflejar en los hermanos:

«Si alguien afirma: ‘Amo a Dios ‘, pero odia a su hermano es un mentiroso, porque el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

Es necesario que seamos honestos con nosotros mismos y hagamos un buen examen de conciencia para reconocer cuándo nos hemos dejado arrastrar por la ira. Enojarse debe tener sus límites, lo que requiere de fuerza de voluntad y mucha ayuda de la gracia de Dios.

Por ello, acudir al sacramento de la reconciliación constantemente, irá apaciguando nuestro carácter porque seremos conscientes de nuestro pecado. Además, podemos acudir a la guía de un director espiritual y no olvidarnos de hacer oración a diario, incluyendo el rezo del santo rosario.

Perdonarnos mutuamente

Finalmente, hay que recordar que toda palabra o acción tiene consecuencias. Lo que digamos, hagamos o dejemos de decir o hacer, dejará marca. Por eso, pensemos antes de hablar y de actuar, poniendo sobre la balanza lo que ocurrirá después de haber procedido, pues no habrá marcha atrás.

Sigamos, nuevamente, los consejos del apóstol san Pablo:

No profieran palabras inconvenientes; al contrario, que sus palabras sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo. (Ef 4, 29-32)

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