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Pura, cristalina, dulce… ¿qué tipo de voz tenía la Virgen María?

Płomień Miłości Niepokalanego Serca Maryi

Renata Sedmakova | Shutterstock; montaż - Aleteia PL

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Jean-Michel Castaing - publicado el 29/12/23

¿Es posible imaginar el timbre de la voz de la Virgen María? En ella oímos la pureza sobrenatural de la que llevó la Luz increada, una pureza más joven que la primera mañana del mundo

Sin haber tenido una visión de la Virgen María, ni haberla oído como Bernadette o Catalina Labouré, es posible pensar que su voz posee una gracia extraordinaria y produce un efecto bastante prodigioso en la persona que la escucha. No son los relatos de las apariciones marianas los que nos convencen del poder encantador de la voz de la Virgen, sino un versículo del Evangelio según San Lucas (Lc 1,44): «Pues mira, desde el momento en que tu saludo llegó a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno»: es Isabel hablando a la Virgen María, su prima. Y el niño que saltaba de alegría en su seno era san Juan Bautista, el más grande de los profetas.

La voz que hizo saltar a Juan el Bautista

Así pues, no fue la mera presencia de Jesús lo primero que hizo saltar al Precursor, ¡sino la voz de la madre del Mesías! En efecto, antes de que María saludara a Isabel, Jesús ya estaba presente en casa de la prima de la Virgen, acurrucado en el vientre de María. Sin embargo, Juan el Bautista esperó a que María saludara a su madre antes de saltar a su vientre. Así pues, fue la voz de María la que produjo ese efecto en el Precursor.

¿Qué significa esto? Por una parte, es innegable que Juan el Bautista saltó de alegría ante el acontecimiento mesiánico de la venida de Jesús entre nosotros. Cristo era la causa de su alegría y, por tanto, de la nuestra. Por otra parte, fue a la voz de la madre de Jesús a la que el Precursor, Juan el Bautista, reconoció la presencia del Mesías esperado. Es la voz de la Virgen la que transporta literalmente a Jesús, igual que hace con su cuerpo, como cualquier mujer embarazada, al desplazarse por el espacio. Del mismo modo que la voz de la Virgen expresa sus sentimientos, sus pensamientos y su alma, esta voz es el vehículo de su Hijo, ya que hizo reaccionar a Juan Bautista como si Jesús le hablara en persona (cosa que no podía hacer, pues aún no había nacido).

Dos corazones unidos

¿Qué podemos concluir de esta extraña escena? En efecto, María está unida tan fuertemente a su Hijo, que su voz se convierte en el vector de la Presencia del Verbo Divino hasta el punto de hacer saltar de alegría a Juan el Bautista, el que será el heraldo de la presencia del Mesías entre los hombres.

Si la voz de María transporta a Jesús, podemos intuir lo poderosa, virtuosa y bondadosa que debe ser para conseguir tal resultado. Tal efecto nos da también una idea de la unión que existe entre los dos corazones de la madre y su hijo: ¡una unión de tal fuerza que el profeta Juan Bautista reconoce inmediatamente la presencia del Hijo en la voz de la madre! Además, fue Isabel quien profetizó esta unión del Hijo y su madre, de Jesús y María, utilizando el mismo adjetivo para ambos: «bendita». «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). Así pues, la santidad de María está vinculada a la de Jesús. Si la santidad de Jesús es constitutiva de su ser, al reflejarse en el ser de su madre, la marca de manera esencial y ontológica con el sello de la santidad divina. María es la «Toda Santa».

Una voz cristalina

Volvamos a la voz de María. En ella irrumpe la pureza de su alma, una pureza más allá del esfuerzo, de la ascesis para adquirirla. En esta voz oímos una pureza nativa, como la primera mañana del mundo, salida directamente de las manos del Creador. Pero la primera mañana del mundo se estableció en una pureza natural, mientras que la Virgen está llena de una gracia sobrenatural desde el momento de su concepción, una gracia que no dejará de crecer a medida que avance su peregrinación de fe en la tierra. Por tanto, algo de esa gracia debía estar presente en su voz. Hay voces que encantan, que paralizan de admiración desde la primera escucha. Tal es la voz de la Virgen. Combina la extrema ingenuidad de la juventud con la fuerza de quien sabe, caritativamente, lo que quiere y conoce los medios para conseguirlo, celosa y prudente al mismo tiempo. Una voz cristalina, transparente a la pureza y a la eterna juventud de Dios, y al mismo tiempo impregnada de toda la sabiduría de la tradición de su pueblo.

Candor sobrenatural, reflejo de la claridad divina:

La voz de la Virgen María suscita en nosotros la vida adormecida que solo pide ser despertada a las maravillas de la Creación y más aún a las de la Redención, y regocijarse en ellas. En definitiva, la voz de María se hace eco de las virtudes de la voz de su Hijo. ¿No es oyendo la voz del Hijo de Dios como los muertos vivirán (Jn 5,25)?

La voz de María nos hace vislumbrar la realidad última de la Vida en su misma fuente. Es la voz de una joven, donde la alegría y el candor se combinan para formar una corona imperecedera. Una música única. Única como la Virgen. Única como cada uno de nosotros. Porque la voz revela, tanto como el rostro, la unicidad de todos nosotros.

En este sentido, la escucha tiene más bazas que la visión. Como confiesa el párroco de Ambricourt:

«No soy un buen fisonomista, como dicen, pero tengo memoria para las voces, nunca las olvido, me encantan. Un ciego que no se distrae con nada debe aprender mucho de las voces».

¡Qué secretos revelaría la voz de la Virgen si tuviéramos la suerte de escucharla!

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