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Modelo y millonario, lo dejó todo para hacerse seminarista

Scott Vincent Borba

Diocèse de Fresno

Scott Vincent Borba.

Cécile Séveirac - publicado el 28/11/23

Scott-Vincent Borba, de 50 años, modelo y millonario tras una carrera en el sector de la cosmética, lo dejó todo para hacerse sacerdote y seguir a Cristo

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Scott-Vincent Borba es la prueba viviente de que la vocación al sacerdocio puede surgir en cualquier momento de la vida de un hombre. Este hombre de 50 años ingresó en el Seminario de San Patricio, en la diócesis de Fresno (California), a los 46 años. Cuando este modelo y millonario llegó a las puertas del seminario en 2019, lo hizo al volante de su lujoso coche, con un caro traje y corbata. «Cuando el director me abrió la puerta para darme la bienvenida, se me quedó mirando un momento antes de suspirar: ‘¡Tengo trabajo que hacer!'», recuerda Scott-Vincent.

Scott-Vincent ha recorrido un largo camino. Antes de abrazar la sobriedad del cuello romano, fue en el mundo de los negocios y el lujo donde dejó su huella. Como modelo, esteticista y fundador de la línea de cosméticos «e.l.f», cosechó un éxito fulgurante en los negocios y el marketing y adquirió rápidamente renombre internacional.

Se convirtió en el esteticista favorito de algunas de las mayores estrellas del mundo, que recurrían a él para regalarse tratamientos de la piel exorbitantemente caros, como Mila Kunis (Cisne negro), que en 2011 compró un tratamiento cutáneo ideado por Scott que incluía rubíes y diamantes. Todo por la módica suma de… 5 mil euros. Ahora millonario, Scott trabaja en Beverly Hills, se compra una casa en la playa y acude a bares y bailes con la crème de la crème de Hollywood.

Scott Vincent Borba
Scott Vincent Borba en 2011.

Dios mío, si de eso se trata la vida, de trabajar y salir de fiesta, empezar de nuevo y luego morir, entonces esa no es la vida que creo que hiciste para mí».

A primera vista, pues, nada hace pensar en una vocación sacerdotal. Sin embargo, Scott sintió la llamada al sacerdocio muy pronto. Criado en la fe católica por sus padres, ambos fervientes feligreses, Scott seguía yendo a Misa los domingos. «No me daba cuenta de que despreciaba los sacramentos con mi comportamiento pecaminoso», explica a Aleteia.

De niño, su madre ya le susurraba que se hiciera sacerdote. La idea fue madurando poco a poco en el corazón del pequeño hasta apagarse, pero no se desvaneció. Un día, después de rezar el rosario, Scott pidió protección a la Virgen María.

«Le pedí que se quedara conmigo, que me protegiera y me estrechara entre sus brazos durante toda mi vida. Sé que la Virgen me trajo a esta vocación por su amor a mí y a su Hijo».

Deshacerse de las vanidades del mundo

«Dios me llamó cuando tenía 10 años. Solo que acepté tarde». Tarde, y tras una especie de deflagración. Mientras estaba en otra fiesta, rodeado de las grandes fortunas de su mundo, el disgusto se apoderó de él sin previo aviso. «Me sentí vacío. Y yo estaba vacío. Estaba agotado. Dije: ‘Dios, si esta es la vida, en la que todo lo que hago es trabajar y salir de fiesta y empezar de nuevo y luego morir, entonces esta no es la vida que creo que hiciste para mí. Pero solo puedo cambiar si me ayudas», recuerda. «Pedí ayuda sinceramente a Dios, y tuve la gracia de convertirme. Nuestro Señor nunca me ha abandonado», dice Scott a Aleteia.

A todo lo que el mundo pueda darme, renunciaría un millón de veces si eso significara unirme a Jesús».

Sin perder un segundo, Scott hizo las maletas y abandonó su lujosa villa. «Ya no quería estar en casa. Todo me recordaba al pecado… Le dije a Dios: ‘Siento mucho haberte ofendido'», recuerda el seminarista.

Tras dejar Los Ángeles, Scott empezó a adoptar un estilo de vida más sobrio, aunque desprenderse de todas sus posesiones y riquezas fue un proceso gradual. Solo después de mucho rezar y de una tercera peregrinación a Medjugorje, Scott dio finalmente el paso y vació su cuenta bancaria para Mary’s Meals, el hospital oncológico más cercano y los sin techo.

«Nuestro Señor dejó claro que amarle a Él es amar a los pobres mental, física y espiritualmente. Y cumpliré su petición toda mi vida», asegura Scott a Aleteia.

Esta abnegación no está exenta de angustia, admite el futuro sacerdote. Fue una elección muy difícil, renunciar a todo aquello por lo que había trabajado durante toda su vida, y de lo que obtenía un consuelo absoluto. «Sí, fue muy duro renunciar a todo. Solo por la gracia de Dios un hombre o una mujer que llevan una vida decadente pueden renunciar a ello. Después de dejarlo todo, ya no sabía quién era», confiesa Scott. «Me lamenté de mi antigua vida y tuve que aferrarme a Dios para alcanzar las metas que me había fijado. Él me hizo humilde y sigue haciéndolo. Solo así puedo hacer su voluntad».

«El sacerdocio es un don de Dios. Yo recomendaría a todos los seminaristas y sacerdotes que vayan a la adoración, que se postren ante el Santísimo Sacramento y que recen a la Virgen para que nos ayude a cumplir la voluntad de su Hijo. Ella es la clave para ayudar a todos los sacerdotes a vivir correctamente el trabajo que Dios les ha encomendado, con humildad, amor y alegría. Sin la Madre de Dios, sé que no sería nada. Por último, quisiera decir a todos los seminaristas y sacerdotes que estamos aquí en la tierra para ayudar a las almas a volver a Dios. ¡Qué don, qué vocación! Alabado sea Dios y la Santísima Trinidad. Nunca dejaré de hablar de la misericordia de Dios y de su amor por todos sus hijos».

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