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Del resentimiento a la hipocresía: el Tartufo

TARTUFO

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Manuel Ballester - publicado el 02/03/23

Añoramos la perfección. Aunque Platón dejó dicho que no era de este mundo.

Por eso encontramos en ocasiones disgusto. Porque la realidad de este mundo frustra nuestras expectativas.

Ocurre además que las malas artes de algunos pueden empeorar las cosas. Y es que, si hemos de creer a Molière (1622-1673), “no hay cosa tan inocente a la que los hombres no puedan llevar el crimen, ni arte tan salutífero cuyas intenciones no sean capaces de trastocar, ni nada tan bueno en sí que no puedan encaminar a malos usos”.

Esa tensión entre el bien esperado y razonable, y el mal insensato y presente es una de las líneas de fuerza sobre las que se construye el Tartufo (Le Tartuffe ou l’Imposteur, representado por primera vez en en torno a 1664, con motivo de la inauguración de Versalles si bien la versión definitiva data de 1669).

Tartufo es un farsante. Logra engañar fingiendo ser lo que no es. Triunfa porque conoce a sus víctimas y sabe embaucarlas.

Consigue que Orgón (el dueño de la casa) tenga una opinión excelente de él: “lo llama hermano y lo quiere más que a madre, hijo, hija y mujer. Es el único confidente de todos sus secretos y el director prudente de todas sus acciones; lo mima, lo abraza […] es su héroe, su todo; lo admira en toda ocasión, sus menores acciones le parecen milagros y todas sus palabras son para él oráculos”. Orgón y su madre son las víctimas, ambos buena gente pero ingenuos, crédulos en exceso; y ese punto es el que explota Tartufo para ganar su voluntad.

El resto de los que viven o visitan la casa sí son conscientes de la situación real. Se dan cuenta de que Tartufo usurpa el poder en la casa, censura toda diversión: “nada puede hacerse que no sea un crimen, pues todo lo controla ese crítico celoso […] es cosa que escandaliza ver que un desconocido se hace dueño de la casa, un pordiosero que cuando vino no tenía ni zapatos y cuyo traje completo valía como mucho seis denarios, y que ha llegado a contrariarlo todo y a convertirse en amo”.

Tartufo procede taimadamente. Su objetivo es adueñarse no sólo de la voluntad sino de la casa y los bienes de Orgón. Para ello finge ser un hombre de Dios, un devoto. Este punto provocó la prohibición de la obra y bastantes quebraderos de cabeza al autor, de ahí que en el texto definitivo Molière pusiera especial cuidado en distinguir ambas actitudes: “Hay falsos devotos como hay falsos valientes […] ¿No haréis ninguna distinción entre la hipocresía y la devoción? ¿Queréis referiros a ambos con el mismo lenguaje y rendir el mismo honor a la máscara que al rostro, igualar el artificio a la sinceridad?”.

El falso devoto, el que usa la apariencia de religiosidad para engatusar a gentes piadosas e ingenuas, sabe contener el cielo dentro de los límites de su conveniencia: conoce “el arte de anular los escrúpulos”. “El cielo prohíbe, es verdad, ciertas satisfacciones, pero se pueden encontrar acomodos”, se pueden encontrar atajos que, como es sabido, son camino cierto hacia el infierno.

El Tartufo conoce, como hemos visto, el arte de deslumbrar a sus víctimas y el de anular los escrúpulos. Nietzsche o Max Scheler señalarían que quizá esas malas artes sean manifestación del algo más profundo, de algo a lo que alude Molière cuando indica que en el fondo del alma tartufa late el puro y simple resentimiento. Se trata de personas, dice Molière, que “saben ajustar su celo con sus vicios, son rápidos, vengativos, carentes de fe, llenos de artificios, y para perder a alguien ocultan insolentemente con el interés del cielo su inmenso resentimiento, mucho más peligroso en su áspera cólera, ya que toman contra nosotros armas reverenciadas y su pasión quiere asesinarnos con un hierro sagrado”.

Siglos antes de que Nietzsche encontrara el resentimiento en el fondo de la moral de servidumbre, como fundamento del comportamiento basado en la sumisión y el sometimiento, Molière lo señala arteramente en el fondo de la hipocresía en general y de la hipocresía que explota los sentimientos profundos ante lo misterioso de la vida, en particular.

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