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La felicidad: cómo no despistarnos en el camino

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La felicidad se nota en todas las actividades de nuestro día.

Ignasi de Bofarull - publicado el 09/12/22

¿Cómo acertar? Ignasi de Bofarull reúne las facetas más importantes de nuestra vida y da orientaciones para encontrar en ellas la felicidad lograd.

Caminos equivocados hacia la felicidad. Todos buscamos la felicidad con más o menos intensidad. Y rechazamos el dolor, la angustia, la soledad. Sin embargo, esta búsqueda de la felicidad toma muchos caminos equivocados.

  1. El primer error es la prisa, la necesidad de tocar la felicidad de un modo instantáneo.
  2. Y el segundo error es creer que la felicidad está solamente en el placer. Si vivo placenteramente, satisfechos mis caprichos, cómodamente, rodeado de confort, hallaré la felicidad.
  3. Ahí está incrustado el tercer error: creer que el dolor es sinónimo de infelicidad.
  4. Cuarto error: pensar que, si yo domino a los demás, si los demás me obedecen, me admiran, me halagan, me sirven, me bailan el agua, seré feliz.
  5. La salud es otro camino para muchos indispensable: si no estoy pletórico de salud, no puedo ser feliz.
  6. Y si no soy atractivo, bello, incluso deseable, no soy feliz. Si destaco por mi belleza, por mi atractivo cuando voy por la calle, en el trabajo, en el entretenimiento, soy feliz.
  7. Y el penúltimo: si mi vida sexual no es abundante y plena, no puedo ser feliz porque el ejercicio de la sexualidad está en el eje de la felicidad.
  8. Finalmente: la diversión constante, el entretenimiento inacabable es otro sinónimo de felicidad para muchos: risas, películas, móviles, series, cochazos.

Muchos errores más son los que nos desvían del camino de la felicidad, pero estos son importantes. Es la felicidad más moderna a la que los viejos, los enfermos, los célibes y los más necesitados no están invitados.

Felicidad fácil

Esta es la felicidad fácil de desear y por supuesto difícil de alcanzar. Es la felicidad estándar. Y como es difícil de alcanzar multiplica la frustración. El placer no puede ser buscado en sí mismo.

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Para ser feliz, entrénate… en el amor a los demás.

El placer llega como un motor que nos empuja para que descansemos: buscar el sofá o la cama para reponer fuerzas, el disfrute de unas buenas vacaciones para desconectar, una película maravillosa que nos aparta de las preocupaciones de la semana.

El placer del buen comer, sin obsesiones, nos empuja para que nos alimentemos: una cocina exquisita sirve para que sigamos en pie.

El amor esponsal cuenta con un motor perfecto para que permanezcamos unidos y, en definitiva, para que nos reproduzcamos: el placer de la sexualidad.

La belleza, ponernos guapos sin estridencias, es el motor que nos inclina a cuidarnos para hacerle la vida agradable a quien amamos y a nosotros mismos.

Los amigos que nos admiran y se lo pasan bien con nosotros y nos hacen sentirnos felices están ahí para que sepamos vivir en sociedad, cuidarlos a ellos, hacer felices a los demás. La amistad da placer porque la cultivamos en actos de entrega. Primero está la amistad y el regalo es el placer. 

La felicidad orientada a un bien

La felicidad entendida como placer es intermitente. El placer se debe recibir como un regalo, no como una exigencia. Igual que viene se va y ya está. Pero no podemos estar buscándolo más allá del descanso, de la nutrición, del amor esponsal, de la amistad, etc.

Además, la felicidad basada en el placer constante no solo es casi inalcanzable, sino que sería desasosegante y nos llevaría al vacío. Y a veces el victimismo ante la ausencia de la felicidad constante nos inclina a tomar caminos demasiado directos: alcohol, drogas, adicción sexual, etc.

¡Hablémonos sobre el placer y digámosle esto!:

«Placer, llega cuando quieras, como un motor para vivir, eres bienvenido, pero tú no eres la felicidad. La felicidad es otra cosa que tiene que ver con vivir sosegadamente haciendo las cosas bien con un objetivo final». 

El gran salto

Ahí emerge una felicidad de las pequeñas conquistas, de detalles en el trato con los demás que se inscriben en nuestro afán de, y aquí llega el salto clave, hacer felices a los demás.

Buscar la felicidad y el placer propio solo como un fin para mí, es un error. Buscar la felicidad de los demás nos llena de felicidad, de un placer muy sutil que es el gozo de verles felices. Y ese gozo es más espiritual que el placer y más duradero y permanente.

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Darse a los demás es camino cierto a la felicidad.

El gozo no está de cintura para abajo, sino de cintura para arriba: en el pecho, en la mirada, en la paz interior. El gozo está en vivir al servicio de los demás (no poner a los demás a nuestro servicio sistemáticamente), amar a nuestro cónyuge, vivir una amistad intensa con nuestros amigos, hacer felices a los que nos vienen a buscar para que los cuidemos.

La paz es la felicidad permanente

Entonces llega la paz que está hecha de gozo, de sosiego, de reconciliación con uno mismo porque el prójimo es lo primero. Y el egoísmo es parte de la infelicidad.

Entonces la felicidad se vive como alegría, una alegría llena de paz: gaudium cum pace. E incluso el dolor, en el marco de esta felicidad tan sutil y profunda, tendrá sentido y no entrará en conflicto con la paz. Se puede ser feliz en el dolor si se vive con un fin lleno de entrega.  

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