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Bullying: el mal de los padres de la «generación chopped»

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Un adolescente sufre acoso por parte de sus compañeros (imagen ilustrativa).

Mar Dorrio - publicado el 03/10/22

En el momento en que estés leyendo esto, alguien estará sufriendo algún tipo de 'bullying'. Mar Dorrio, madre de 12 hijos e instagramer, aporta soluciones para padres.

En este principio de curso, se nos encogió el corazón a todos viendo las imágenes de Izan el día que cumplía 11 años, el día en el que llevó una tarta para celebrarlo al colegio y sus compañeros, en lugar de cantarle el tradicional ‘cumpleaños feliz’, se comportaron de una forma indeseable.

Esto es algo que nos debe preocupar a todos, no sólo a la familia de Izan, porque es Izan, Raúl, Gonzalo, Isabel, Juan, Loreto, etc. En el momento en que estés leyendo este artículo, alguien estará sufriendo algún tipo de bullying.

Cómo se comporta un niño si sufre ‘bullying’

Desgraciadamente, el acoso escolar es algo habitual y, como se ve en el caso de Izan, empieza muy pronto, en niños que apenas están rozando la preadolescencia. ¿Cómo detectarlo a tiempo? Seguro que has leído artículos sobre el tema en más de una ocasión, pero siempre es bueno recordar las conductas habituales de los niños que sufren bullying:

  • Los niños menores de 7 años suelen tener miedo a pronunciar el nombre del agresor. Sufren el efecto «Voldemort»: miedo, hasta de nombrarlo.
  • Pierden objetos personales y material del cole de forma habitual.
  • Muestran cambios de comportamiento, que no necesariamente son a peor. Algunos mejoran muchísimo en las calificaciones escolares, en su aspecto físico, etc. Procuran mejorar en lo que sólo depende de ellos, aunque también se da el caso de todo lo contrario.
  • Presentan heridas o lesiones que dicen no saber cómo se las han hecho.
  • Tienen baja autoestima.
  • Buscan el aislamiento social.
  • Sufren bruxismo.
  • Cambian sus hábitos alimenticios.
CHILD ABUSE
El ‘bullying’ requiere de nuestro compromiso, especialmente el de los padres.

Qué podemos hacer

  • Reforzar la autoridad de los docentes en los colegios. Una amiga, muy sabia, me dijo una vez que prefería que sus hijos le tuviesen miedo al profesor, a que se lo tuvieran al compañero de al lado. Que el profesor vuelva a ostentar la autoridad y que los niños lo sepan. ¡Ojalá recuperaran el agobio de llegar a casa y contar que les ha regañado un profesor! ¡Y ojalá ello implicase que les regañasen también sus padres!
  • Exterminar esta nueva «raza aria» de niños prepotentes, que han crecido avivados por una mala autoestima, que crece con ellos, convenciéndoles de que están por encima del bien y del mal, haciéndoles sentirse el ombligo del mundo.

Un cariño mal entendido

Creo que el origen de esta errada educación es un cariño mal entendido, avivador de esa mala autoestima, fruto de los complejos de la «generación chopped«, llamada así porque crecimos comiendo chopped mientras nuestros padres se comían el jamón, y ahora educamos a nuestros hijos dándoles el jamón y quedándonos nosotros con el chopped.

Nos olvidamos, como siempre, de que en el medio está la virtud. Acertamos al mejorar algunos métodos educativos de nuestros padres, pero nos equivocamos al despreciar su sentido común y su papel como transmisores de la cultura del esfuerzo, la constancia y el respeto.

Nos equivocamos al despreciar el sentido común de nuestros padres.

Su magnífica labor de coaching nos preparó para ser capaces de aceptar las normas de la partida, las reglas del juego de la vida misma. Nos ponían en nuestro sitio para que no nos creyéramos, estúpidamente, los reyes del universo.

¿Dónde perdimos toda esa herencia de sabiduría? No lo sé, pero algún departamento de patrimonio cultural debería dedicar tiempo y dinero para reconocer y recuperar su valor, por el bien común que produce.

¿Y los colegios?

Por otra parte, creo que en general se puede mejorar la postura de los colegios cuando una familia se queja de sufrir acoso de algún tipo. El colegio puede ceñirse al protocolo y tramitar la denuncia, de una forma exquisitamente burocrática, al gobierno autónomo correspondiente, que es quien tiene la competencia en educación, y ¡misión cumplida!

Así, han trasladado perfectamente la patata caliente. Pero no me cabe duda de que es más difícil sofocar un incendio extendido que apagar la primera llama.

En el caso de la llamada violencia de género, se ha conseguido un cambio en la sociedad. Antes, nadie se inmiscuía en los «asuntos de familia». Ahora ya se sabe que no hay que callar, que hay que denunciar al violento, que hay que auxiliar y acompañar a las víctimas. Pues, en el caso del bullying, hay que conseguir lo mismo. No son «cosas de niños». Cuando a alguien le molesta una broma, ya deja de serlo. Aquí también el «no» tiene que ser «no».

Profesores y patrullas de voluntarios

La prioridad pasa por que el niño víctima esté siempre acompañado, en el recreo, en el vestuario o en los servicios, por alguien, alumno o profesor, que le dé seguridad.

Sé que los profesores no pueden llegar a mucho más de lo que llegan, pero se podrían crear patrullas de voluntarios, niños que quieran participar como guardianes de los indefensos.

Castigos ejemplares

Y, por supuesto, castigos ejemplares para los acosadores. Castigos que impliquen servicio a los demás, castigos que los sitúen lejos del centro del mundo. Con estas medidas, ayudaríamos a los niños que están siendo acosados, pero todavía mucho más a los acosadores, a esos niños a los que nadie les enseñó las reglas del juego.

Sin embargo, la receta descrita hasta aquí no está completa. Desde Aleteia, quiero dar a las familias que sufren bullying los consejos más resolutivos del artículo: pedir más ayuda al ángel de la guarda y, siguiendo la recomendación de San Josemaría, pedirle al ángel de la guarda del acosado que se ponga de acuerdo con el ángel de la guarda del acosador.

Con su ayuda, con su intervención, tendremos muchas más posibilidades de llegar a buen puerto. Y rezar mucho, mucho, en casa, por los matones que están atemorizando a nuestros hijos.

Los acosadores estarán lidiando contra sus propios dragones. Cuanto mejor estén, menos daño necesitarán hacer a los demás, y, cuantas más veces recemos por ellos, menos le convendrá al demonio que nos sigan agobiando: dejará de tentarlos para que se metan con nuestros hijos.

«Querer a los que nos quieren, ¿qué mérito tendríamos?»

(cfr. Lc 6, 32).

Recemos por los matones que atemorizan a sus compañeros, pidamos para ellos una conversión tumbativa como la de San Pablo. ¿Ya has rezado por los acosadores de Izan? Why not?

Tags:
bullyingeducaciónescuela catolicapadres-hijossuicidio
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