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Testimonio desde Guanajuato: Una periodista católica en territorio del narco

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Guanajuato violencia

MARIO ARMAS / AFP

Vista del Hotel Gala donde fueron asesinadas once personas en Celaya, Estado de Guanajuato, México el 24 de mayo de 2022

Jesús V. Picón - publicado el 11/08/22

La tarde noche de ayer y esta madrugada se desató un infierno en todo Guanajuato por la guerra entre narcos y policías locales. Para Monica Muñoz, como para otros compañeros, no es fácil mantener la fe ante noticias de matanzas y crueldades. "Siempre que salgo de casa rezo Laudes antes..."

Monica Muñoz se le quiebra la voz al recordar los actos atroces que están sucediendo en la ciudad donde vive, Celaya (Guanajuato, México). Empieza su llanto al recordar cómo, hace unos días, a un padre de familia con su esposa y bebé los masacraron con ráfagas desde una motocicleta en movimiento. 

Comparte que el policía ministerial que levantó el bebé entró en shock al ver esta escena de muerte y sangre. Ella relata que una cacería se ha desatado contra los policías municipales y estatales, son masacrados donde se topen con algún grupo de sicarios. Sin piedad los destrozan. 

El ejército y la Guardia Nacional siempre llegan demasiado tarde; un retraso cómplice, porque ellos solo dan abrazos y no balazos. 

Los cuerpos desmembrados debajo de los puentes de sicarios o halcones rivales aparecen todos los días; negocios incendiados día y noche por no pagar los derechos de piso. Pero a pesar del terror que se vive en la ciudad de Celaya Guanajuato, en todos los Apaseos y todo el Estado, Monica Muñoz, periodista católica no pierde la fe. 

Monica Muñoz se limpia las lágrimas pues está convencida que solo Dios puede cambiar este territorio de guerra entre narcos, muerte y violencia, en un territorio de paz y armonía. 

Vocación: periodista

– ¿Desde cuándo y cómo te integras al periodismo católico?

Yo siempre he constatado que si uno se pone en manos de Dios, Él indica el camino a seguir. Mi objetivo principal nunca fue entrar al periodismo. Hace algunos años yo pertenecí a un movimiento, bueno, todavía, porque se enojan si digo que ya no pertenezco, al Movimiento de Siervos Juveniles de Reflexión Cristiana. Este empezó a ser difundido por un padre que se llama Javier González Zúñiga en Jamay, Jalisco. 

Dios tenía muchos planes para mí, tengo la absoluta certeza. Yo vivía en la Ciudad de México y, por muchas cuestiones, tuvimos que salir de ahí y vivimos un año en Jamay. Ahí conocí a los encierros. Es una especie de retiro que dura tres días, pero ese fue el impacto, el primer encuentro con Cristo y de ahí me enganchó, y ya no me soltó. 

Yo me fui de misiones con ellos un año, estuvimos un año en Tabasco de misión de tiempo completo. Fue una experiencia muy enriquecedora. A mí me llenó de muchas cosas que todavía aplico en la vida pero, sobre todo, me enseñó que la vida es para entregarla y no para guardarla. Y que todos los dones que Dios nos da, son para explotarlos y ponerlos al servicio del prójimo. 

Entonces, en un retiro que hicimos con el padre Javier, él nos puso una dinámica en donde teníamos que dar la buena nueva como si fuera un noticiero. Y, entonces, yo me senté, había un escritorio, y empecé a hablar de la buena nueva como si fuera un noticiario de televisión y el padre me dijo: «Oye, tú serías una buena periodista». Y ya cuando nos vinimos a Celaya, terminé de estudiar mi preparatoria y, cuando iba a empezar a estudiar mi carrera, yo le decía al Señor: «Donde tú quieras, Señor». 

Al servicio de la diócesis

Entré a estudiar Comunicación porque mi mamá me dijo, yo estaba entre Derecho y Relaciones Internacionales, y mi mamá me dijo: «Mira, en Ciencias de la Comunicación dan inglés y francés». Y yo dije que estaba bien. 

Gracias a Dios, cuando yo estuve trabajando en mi parroquia, comenzamos a hacer un boletín pequeño y, el padre en ese entonces, Manlio Nahum Flores Martínez, que hasta la fecha somos grandes amigos, se hizo cargo de la hoja parroquial y yo la editaba.

Resulta que, cuando terminé la carrera, yo ya llevaba cuatro años de experiencia haciendo la hoja parroquial y, además, se comenzaba a hacer la página web de la diócesis a la que mandaba algunos pequeños artículos. 

Yo terminé la carrera en el 2002 o 2003 y el periódico diocesano comienza en 2004. A mí me hablaron para que apoyara en la parte administrativa y, más tarde, junto con el padre Gabriel Tinoco, tuvimos que hacernos cargo de editar el periódico de principio a fin. Una labor muy divertida, muy retadora porque no sabíamos manejar ningún programa y, finalmente, tenemos 18 años haciendo el periódico y hemos tenido un cumulo de experiencias inmensas.

Así, a grandes rasgos, es como yo llegué a ser periodista católica. Pero claro está, debo decirlo, que en uno de los encuentros nacionales que tuvimos con los periódicos diocesanos, el licenciado Jaime Septién nos fue a dar una plática, y él acuñaba el término de periodista católico. Nos hizo conciencia de que, nosotros dedicados a la comunicación en las diócesis, y a nivel nacional, somos periodistas católicos. Desde entonces acuñamos ese término con mucho orgullo, orgullo sano. 

Hemos batallado mucho porque somos muchos los que nos dedicamos a esto, pero somos laicos siendo la voz de la Iglesia. 

Antes no pasaba esto

– Tú viviste los años de paz en Celaya, ¿qué le pasó a Celaya? 

Yo creo que lo que pasó, es lo que le ha pasado al mundo: estamos perdiendo a Dios. Dios está con nosotros, eso no nos queda duda, pero lo que nosotros hemos hecho, es sacar a Dios de nuestros ambientes. Y tristemente creo que no nada más nos pasa a los laicos, el miedo paraliza a muchos miembros de la Iglesia que deberían ser un poco más valientes para poder animar a los demás y encaminarnos. 

Nos hemos dejado envolver en este ambiente anticlerical o, más bien, anti Dios.  

Poco a poco Celaya se empezó a meter en la situación de la inseguridad. Yo me acuerdo que cuando llegamos aquí, hace 32 años, uno podía caminar tranquilamente en la calle. 

Mi papá se regresaba, de un trabajo que tenía, a las doce o una de la mañana caminando y no pasaba nada, pero resultó que, tristemente, empezaron a llegar algunos grupos delictivos. 

Yo vivía en una colonia que tenía problemas de inseguridad porque había mucho robo y muchachos metidos en la droga. Pero tuvimos la experiencia de que, cuando llegaron el padre Nicanor Moreno Pérez y el padre Manlio Nahum Flores Martínez, empezaron a trabajar en la evangelización de la colonia, empezaron a hacer misiones y nos dimos cuenta de que el clima cambió completamente, en cuanto a la mentalidad de la gente. Se vivía en paz, a pesar de ser una colonia conflictiva. Ya podías caminar con tranquilidad. 

Nos envenenaron el alma

El padre Nicanor tenía mucha visión del trabajo con los niños. Entonces, cuando empezaron a crecer esos niños ya tenían la semilla de Cristo en su corazón y actualmente hay muchos muchachos, de esa generación, que son grandes profesionistas, incluso tenemos a un sacerdote recién ordenado. Esta generación creció llena de Dios por la evangelización que se llevó acabo por estos dos grandes sacerdotes. 

Las personas que se dedican a trabajar cerca de estas desgracias, no aguantarían emocionalmente si estuvieran pensado todo el tiempo en lo que vieron

No culpo a nadie, simplemente creo que nos hemos dejado envenenar el alma con todo lo que el mundo da y nos hemos olvidado de que lo primero es hablarle a la gente, a los niños, a los papás, hablarles de Dios. 

Yo tengo una cápsula semanal en un noticiario aquí, en la ciudad, y casi siempre llego viendo cifras, viendo situaciones de la desintegración del tejido social y, no me cabe duda, que el asunto estriba mucho en la educación, en la formación que se da en todas las familias. Si el papá o la mamá no están cerca de Dios, no se toman de la mano de Nuestro Señor Jesucristo y no ponen a la Santísima Virgen como la guía, como el faro dentro de su familia, se pierde el rumbo y nos empezamos a llenar de ideas que no genera la Iglesia. 

Hay un alto índice de egoísmo en las parejas, de no querer arreglar problemas, de no luchar por mantenerse juntos y eso va generando hijos dañados, hijos con muchas heridas que no han sanado y no los hacen capaces de amar y de dar. 

La fiebre de la ganancia fácil

Vi un comentario de una persona en Facebook, no recuerdo el nombre, pero entró a un penal y decía que, el común denominador de muchos internos era que le agradecían a su mamá, pero ninguno a su papá porque son muchachos sin papá. Entonces, la falta de un papá genera un daño tremendo en los niños, adolescentes y jóvenes. Y todo deriva de la desintegración familiar. 

Finalmente, eso no solamente le ha pasado a Celaya. Aquí tenemos, en Salamanca, una refinería cerca. Se dieron cuenta de que había forma de extraer los hidrocarburos y eso provocó que la gente que no tenía nada, de repente se viera enriquecida. De ahí se originó y eso empezó a afectar otros intereses. Se empezaron a venir personas de otros estados de la República que empezaron a ser reclutados; se empezaron a hacer delincuentes, primero con la situación de los hidrocarburos y, después, vieron que era un buen sitio y otros grupos empezaron a llegar. 

– ¿Cuándo empieza a verse el terror?

Fue hace dos años, cuando agarraron al líder del cártel más famoso de la zona. Es como cuando pisas un hormiguero, se dispersa y no saben qué hacer. Sin embargo, cuando se empezaron a reagrupar,  empezaron a tratar de reconstruir eso que les habían quitado.

Era terrible que, en las carreteras, no podías circular con una camioneta más o menos nueva porque llegabas a cierta zona y te encerraban entre coches y, con armas largas, te bajaban de tu camioneta. Entonces, empezó a bajar la venta de las camionetas por miedo a que se las fueran a quitar en la carretera. 

Territorio «narco»

A varios sacerdotes y a varias personas conocidas así los bajaron, encañonados. Y además, nos dábamos cuenta de que los negocios no querían «cooperar» con ellos, pues empezaban a balacear los negocios y muchos empezaron a cerrar. 

Después entró, hace como un año, otro grupo delictivo para contra restar a este, y fue cuando empezó la cacería y la aparición de cuerpos y narcomensajes por todos lados. 

Si nos llegara a ocurrir, pues… no podemos echarnos para atrás, como dice nuestro obispo: «No tener miedo»

Desafortunadamente esto no ha terminado. En estos días hemos tenido balaceras, han estado matando a gente de la policía, buscando aterrorizar; tenemos mucha Guardia Nacional, mucha presencia del Ejército, pero llegan cuando ya acabó todo. 

¿Cuándo se va terminar esto? No lo sabemos, pero sí vivimos una situación bastante delicada y solamente poniéndonos en manos de Dios, porque ni modo que no salgamos. Tenemos que salir, tenemos que trabajar. 

– Uno de tus hermanos trabaja en la Fiscalía, ¿qué te cuenta al respecto?

Le ha tocado estar en todo, desde el SEMEFO (Servicio Médico Forense), el traslado de evidencias, etc. Mi hermano tiene un carácter muy especial, no me cabe duda, porque yo no soy capaz de ver un video o de ver fotografías de este tipo de asuntos. 

Matar por dinero

El ser humano es la creación más perfecta de Dios y merece todo el respeto que le podamos dar, pero ahora ya nos hemos deshumanizado. 

No digo que mi hermano se haya deshumanizado, se tiene que endurecer hasta cierto punto, porque entonces no podría con la carga. 

Las personas que se dedican a trabajar cerca de estas desgracias, no aguantarían emocionalmente si estuvieran pensado todo el tiempo en lo que vieron. 

Él nos comenta que las personas que se meten a ese ambiente, a un cártel o aun grupo delictivo, saben que van a acabar mal, saben que los van a matar. A veces los obligan a estar, pero muchas veces es por las carencias económicas: les ofrecen una cantidad mínima y se les hace muy fácil convertirse, por ejemplo, en los famosos «halcones», aquellos jovencitos de 13 o 14 años que se dedican a «echar aguas», para después llegar a cometer un crimen. 

Son personas a las que la necesidad las ha orillado porque piensan que es un trabajo, pero muchos están conscientes de que, en algún momento, van a terminar mal. Esto no nada más lo ve mi hermano, sino toda la gente involucrada; a ellos les toca ser testigos todos los días de las balaceras. 

– ¿Cómo sobrevive un periodista católico a esta violencia?

Gracias a Dios no me ha tocado vivir nada muy de cerca. Periodistas católicos somos muy pocos, los demás son personas que se dedican a auxiliarnos en el trabajo. Pero, afortunadamente, no nos hemos encontrado en esta situación. 

«No tener miedo»

Los pleitos son entre esos grupos y entre personas que tienen la desgracia de estar en un fuego cruzado. Directamente contra nosotros, no es. No sé si alguno de nuestros sacerdotes se haya encontrado con alguna situación. Sí nos mataron a un padre, lo encontraron muerto en un camino de terracería, pero no sabemos las circunstancias. 

Sin embargo, no podemos soslayar que la situación no nos alcance en algún momento. ¿Hasta dónde piensan llegar estas personas? No lo sabemos, pero no nos debe quedar duda de que tenemos que ser siempre apegados a la verdad. 

El periódico, al menos el de nosotros, siempre trata de dar buenas noticias, nos metemos en el área social, pero no hacemos apología del delito. Nos enfocamos más en la parte de la formación en familias y de la prevención, alertando a los padres. 

Entonces, no nos hemos encontrado en una situación de peligro, gracias a Dios, y esperemos que sigamos así. Pero, si nos llegara a ocurrir, pues… no podemos echarnos para atrás, como dice nuestro obispo: «No tener miedo». 

– ¿Cómo es vivir en medio de estas refriegas y saber que a lo mejor no regreses a tu casa?

Rezo antes de salir de casa

Con mucha fe y esperanza. Siempre que salgo rezo las Laudes. Nos han tocado balaceras cerca del obispado, entonces, no sabemos si un día nos vaya a tocar porque estamos en el tentadero.

Pero lo primero es encomendarnos a Dios y estar preparados, porque sí me he cuestionado: «¿Y si me toca y me muero?» Primero hay que estar bien con Dios, confesados, procurar ir a misa, el rosario, las Completas en la noche, las Laudes en la mañana y no dejarse paralizar. Hacer las cosas lo más normal que se pueda y pensar que estamos protegidos. 

Una vez un padre me dijo: «Todo es cíclico. Ahorita vemos mucha violencia, va llegar a la cúspide y va llegar un día en que se va terminar». Por eso, hay que vivir con la fe puesta en Dios de que esto se va a terminar un día y que nosotros tenemos que poner nuestro granito de arena siendo fieles y pidiendo por la conversión de esos hermanos. 

– ¿Has pensado en dejar Celaya?

No. A lo mejor en un principio pensábamos que era algo que solo pasaba aquí, pero lo mismo pasó en Michoacán, todo mundo tenía miedo de ir. A mí me pasó, que tenía miedo de ir a la Ciudad de México porque a mi papá lo asaltaron cinco veces y salimos huyendo. Así que, no podemos huir; Dios nos va a cuidar. Tenemos que ser testigos en donde Dios nos puso y, si Dios quiere que estemos acá, tenemos que dar esa batalla. 

Aquí hemos recibido muchas bendiciones y aquí nos vamos a quedar hasta que Él quiera.

No tengo miedo a morir

– ¿Y no te da miedo morir en estas circunstancias?

No lo he pensado o será que nunca me ha tocado. Yo me siento muy protegida y, de verdad, Dios me ha librado de muchas, como accidentes carreteros y, por eso, no creo que vaya a morir así. No tengo miedo y, no es porque me vanaglorie, sino porque confío en Dios. 

– ¿Qué le dirías si te topas con uno de estos delincuentes?

Te voy a decir que a diario nos los topamos. Ayer me encontré de frente con uno. Estaba platicando con una persona que tiene «ojo clínico» y se acercó un muchacho en una bicicleta con objetos robados y un cuchillo debajo de la bicicleta. Nos quería vender lo que traía, pero no le hicimos caso. Quien estaba conmigo se dio cuenta de lo del cuchillo y yo le dije: «¿Cómo detectaste eso?». Y él me dijo: «Es que yo los veo, aquí vienen seguido». 

Yo les diría que se dieran la oportunidad de pensar qué va pasar con su alma el día que mueran. Muchas veces creemos que la vida en la que estamos es para aprovecharla y para gozar de todo lo que nos da y para ser felices por encima de los demás, no importa qué les provoque. Yo creo que eso piensan estas personas. Pero si se detuvieran a pensar en el momento en que estén frente a Dios, cuando rindan cuentas, caerían en la cuenta de todo lo que van a perder si no se arrepienten. 

También les diría que cambien de vida y que no dejen su vida desperdiciada en esas situaciones, sobre todo si ya mataron a alguien, que busquen el arrepentimiento y que piensen en que, finalmente, todos esos actos no quedan sin consecuencia; todo lo que hacemos tiene una consecuencia. Y si tienes familia, tu familia lo va a pagar, no porque sea su culpa, sino porque todo lo que hacemos repercute en los demás.    

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