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«No valgo nada, apesto». ¿De quién vienen y cómo apartar los pensamientos negativos?

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By eldar nurkovic | Shutterstock

Silvia Lucchetti - publicado el 17/07/22

En un libro que recoge algunas catequesis del padre Maurizio Botta encontramos respuestas útiles para afrontar el mal diálogo que sentimos en nuestro interior

«No valgo nada», «Mi vida no tiene sentido», «Apesto», «Mejor morir que vivir así», «Soy inútil», «Todo va mal», «Nada cambiará»…

A todos, más o menos, ha pasado en algunos momentos que somos invadidos en el corazón y la mente por palabras feas sobre nosotros mismos y los demás, pensamientos negros que como poderosos imanes atraen a otros mil, uno tras otro en un loco vórtice que te quita energía, te llena el alma de pesar y, lo más inquietante, te hace mantenerte enfocado solo en ti mismo. El mundo no existe, las personas que te rodean pierden importancia, estás solo tú y tu malestar, tú y las cosas que no funcionan como deberían, tú y los latidos de tu corazón, tú y tu ansiedad, tú y tu infelicidad.

Recuerdo que el primer año de matrimonio me pasaba, después de discutir con mi marido, ser asaltada por terribles pensamientos que me inmovilizaban en el sofá llorando. Pensamientos desconectados e incontrolables que llegaban a cuestionarlo todo y a arrojar barro sobre el matrimonio, mi marido, yo misma, mi vida. Algo dentro de mí absolutizaba y dramatizaba ese malentendido, prendiendo fuego a todo.

¿Pero de dónde venían esos pensamientos negativos? ¿Quién es el que hablaba dentro de mí?

Un día confié esta tristeza a mi madre y ella, consolándome, me sugirió que no escuchara esas «voces» que ciertamente no venían de Dios: «Haz la señal de la cruz, bebe tres sorbos (Padre, Hijo y Espíritu Santo) de agua bendita y reza, recita el Ave María». Obedecí y me di cuenta de que inmediatamente estaba mejor, el sabio consejo de mi madre, una teóloga sin título, funcionó.

Sin embargo, si no la hubiera escuchado, nunca lo habría sabido. Porque si no le pedimos ayuda a Dios, si no le pedimos el Espíritu Santo, ¿cómo podemos recibirlo? Mi madre a menudo me sugería que en esos momentos estuviera en compañía y me mantuviera involucrada en actividades manuales: doblar la ropa, preparar la cena. Esto también fue muy útil para mí. Pude «aprender» en poco tiempo una manera de lidiar con la tristeza y el flujo negativo interno que ocasionalmente ocupaba mi corazón.

Hace poco leí el hermoso libro Sto benissimo, sofro molto (en español: «estoy muy bien, sufro mucho»), del Padre Maurizio Botta, que edita Edizioni Studio Dominicano y que recoge algunas de sus catequesis realizadas dentro del ciclo de encuentros «Cinco pasos al misterio».

El miedo y la ansiedad que quitan la alegría

En el quinto capítulo, titulado «Culpa que mata. Cuando el miedo y la ansiedad te quitan la alegría», el autor explica muy bien esta incesante catapulta en la mente de palabras, frases, pensamientos, imágenes negativas y ofrece consejos, a partir de su experiencia personal y de los pasajes del Evangelio, para contrarrestarlos.

Escribe el padre Maurizio:

«(…) ¿Sabes cuál es el término para estas cosas malas? (…) mal diálogo. Tienes un «mal diálogo» interior que te empuja desde dentro… Y no estoy haciendo un discurso ideológico, basta ser honesto contigo mismo: ¿quién de nosotros no conoce este diálogo continuo dentro de nosotros, la persecución perenne de voces, impresiones, destellos, miedos? La verdadera pregunta es: ¿de dónde vienen?

Ir al psicólogo ayuda, ¡pero no es suficiente!

Y continúa enfatizando la estima personal que tiene por la psicología y las ciencias humanas, que son necesarias principalmente para que él mismo comprenda tantos mecanismos de la mente y para aquellos que los necesitan por razones importantes, especialmente cuando este mal diálogo se convierte en una enfermedad real.

Pero hay un problema en su opinión cuando las ciencias humanas se idolatran y se plantean como explicación y solución a todo, porque en realidad no pueden ser suficientes, continúa Botta. Acudir a un psicólogo, sabiendo que hay dinamismos mentales puntuales, que el superego existe, que «tienes en la cabeza modelos de perfección delirantes, irracionales y estás sufriendo solo por esto» sirve, es bueno, pero no te quita el miedo», dice el autor.

«Ciertamente te beneficiarás de ello, pero ¿servirá esto para silenciar de una vez por todas los ‘diálogos negativos’? No creo. Alguien me dirá: ‘Este no es para todos’. Es cierto. De acuerdo. Hay quienes sufren más, algunos menos. Personalmente siento el drama de este encuentro por una razón específica… Hay básicamente tres grandes milagros que me llevaron a convertirme en sacerdote: experimentar que era posible vivir la pureza con la oración, con alegría; sanar del amor posesivo; sanar del continuo desgarro de frases e imágenes inexistentes, de los ‘malos diálogos’.»

¿Cómo distinguir cuando Dios habla dentro de nosotros?

La catequesis procede tocando un punto fundamental: si Dios existe y nos habla, ¿cómo podemos entender si es Él quien habla dentro de nosotros? Cuando una palabra, una frase, un pensamiento viene a nosotros, ¿cómo entendemos si viene de Él o no?

«Él habla de sí mismo como alguien que está en la plenitud de la alegría divina y la quiere donar. Esto te hace entender cuando la voz que te habla por dentro viene de Él: la voz de Dios en tu interior es paz y alegría. Es una voz estéticamente hermosa. El Señor es un señor, es noble al hablar. Cuando Él habla, Él es paz y gozo porque Él es el Señor de la paz, no un trombón. Esto significa que el 99% de las voces que escuchamos en nuestro interior no son de Dios, porque cuando Él te habla, no tienes dudas. (…) Las otras voces son humanas o vienen de más abajo, porque eso es lo que dice el Evangelio. Trata de pensar en todo lo que pasa por tu cabeza: los pensamientos poco bellos, los cínicos, duros, tristes, los pesimistas. ¡No es Dios quien habla! Es un ruido que puede tener causas psicológicas. Todas esas voces se burlan de las palabras del Evangelio, del creer en la existencia de Dios, de la bondad de Dios, continuamente…»

Cómo eliminar las voces que nos alarman

¿Qué hacer para eliminar las horrendas voces que amenazan nuestros pensamientos?

1) Debemos tener en cuenta algo que no se nos dice: la batalla espiritual es una batalla, dice el padre Maurizio Botta.

«(…) La vida de los creyentes es una batalla no contra los enemigos que hay ahí fuera, sino contra las «bestias» que hay dentro. (…) ¿por qué te sorprende que tu fe sea tentada si cuando recitas el Padre Nuestro dices ‘no nos dejes caer la tentación, líbranos del mal’? Porque el texto habla de ‘malvado’, no de maldad genérica o neutral, sino de ‘el malvado’, con el artículo definido.»

2) Cuando tenemos estos malos pensamientos, es importante decirle la verdad al Señor, sin esconderle nada, y dar esa fealdad en limosna:

«(…) Para liberarme de los malos pensamientos, de los celos, el primer paso, para mí, fue decirme a mí mismo y al Señor la verdad. ‘Te digo, Señor, toda mi miseria. Soy celoso, posesivo, malo. Soy injusto, soy un mentiroso, soy un ladrón’. No te escondas ni te justifiques ante Dios, sino preséntate tal como eres, da como limosna tus intenciones negativas y malos pensamientos.»

3) Otro aspecto fundamental es no escucharlo demasiado:

«Otro consejo de mi experiencia es no escucharlo demasiado. Cuando está claro que no es Dios quien te está hablando, déjalo hablar, que no te importe. Como cuando el psicólogo dice: ‘¡Mira aquella cosa!’ Quédate quieto, sentado, callado, y di: ‘Vengan todas las cosas sobre mi’. Te agitas, sufres, estás cansado, ¡pero luego te das cuenta de que no mueres! ¡Palabra de honor!»

Más herramientas

4) ¡Y luego está el arma más poderosa: la corona del rosario!

(…) ¡Y siempre en el bolsillo el rosario! Tengo este más pequeño que no se ve, luego este aquí, y nuevamente este cerrado y muy precioso que me dio una santa monja de clausura. No me faltan estas herramientas, porque mi madre me decía: «Recuerda, estar siempre limpio porque si te pasa algo, ¡vas al hospital!». Que cuando me vacíen los bolsillos en el hospital, digan; ‘¡Este está loco’ Pero, si es batalla, ¡es batalla!».

5) Por último, pero siempre primero, oración incesante:

«(…) ‘Jesucristo, ten piedad de mí pecador’, como en el libro Cuentos de un Peregrino Ruso. No sé si lo conoces. El protagonista es precisamente un peregrino que atraviesa Ucrania y Rusia trayendo consigo solo pan seco y la Biblia. Después de asistir a una misa, muy impresionado por la exhortación de San Pablo a orar incesantemente (1 Tesalonicenses 5:17), partió en busca de aquellos que le enseñan a vivir la vida cotidiana y al mismo tiempo a mantener su mente continuamente volcada a Dios en oración. Finalmente, se encuentra con un santo monje que le enseña la oración de Jesús u oración del corazón, que consiste en la repetición incesante, según el ritmo de la respiración, de la fórmula ‘Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador’, frase adaptada del Evangelio (Lucas 18:13). (…) Confieso que los primeros miles de veces de aquel ‘soy un pecador’ me dejaba un poco perplejo… ‘¿Por qué tengo que decir que soy un pecador?’, había una gran resistencia, pero cuanto más seguía, más entendía cuanto me hacía bien…».

¿Por qué no estamos en paz y en alegría?

El padre Maurizio escribe que no tenemos la alegría plena que Cristo quiere donarnos – y que nuestro corazón desea – porque no vivimos el mandamiento que Él nos ha dado, «Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado» y no pedimos al Señor que nos haga amar de esta manera a los que tenemos a nuestro lado y a nosotros mismos. ¡Comencemos a hacerlo ahora!

«(…) Pienso en los chicos y chicas a los que la voz les dice: ‘¡Eres un perdedor! ¡A nadie le importas! ¡Serás infeliz!’ Sólo quiero decirles que es una mentira porque es contraria a la palabra de Jesús en el Evangelio. Para el Padre también se cuenta cada cabello de tu cabeza, se preocupa por ti: ‘Te dejo la paz, te doy mi paz para que mi alegría esté en ti’, te dice. ¿La solución? El Señor nos lo ha dado haciendo la síntesis de la síntesis. Un mandamiento: ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado, divinamente. Os doy el Espíritu Santo, a los que lo pidan se les dará’. ¡Stop! (…) Digo de escuchar y tomar en serio hasta el final el mandamiento de Cristo: ‘Ama, ama como Él ama’. Pídele de rodillas, cuando vayas a pie, en bicicleta, al trabajo, con la oración, con oraciones jaculatorias.

¡Quiero amar, Señor, como tú amas!

Que así sea.

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