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¿Qué hacer con las impertinencias de un niño?

NIÑO IMPERTINENTE

Shutterstock | fizkes

Niño impertinente y maleducado

Mar Dorrio - publicado el 21/02/22

Hemos perdido sensibilidad para el respeto a los demás. Los pequeños llegan a mandar a sus padres. ¿Hay que ver eso como algo normal?

¡Qué señora más gorda!, ¡qué zapatos más feos!, ¡vaya corte de pelo más horrible! Impertinencias.

Las impertinencias intervienen cada vez más en nuestra vida, como la cosa más normal del mundo. Siempre las hubo…, y siempre las habrá. Pero ahora ya no se corrigen como algo malo, y eso es lo que marca la diferencia.

Hace no mucho tiempo, era frecuente escuchar a una madre corregir a su hijo diciéndole: ¡No seas impertinente! Frase que podía aplicarse a diversas situaciones:

  • ¡No preguntes esas cosas! Hay cosas que no son de nuestra incumbencia. Por eso, no podemos preguntar todas las cuestiones que nos despierten curiosidad. No le puedes preguntar a una persona ni cuánto pesa, ni cuánto cobra, ni si el hijo que esperan ha sido buscado. Hay límites, fronteras, que separan y defienden la intimidad de las personas, y que debemos respetar y enseñar a hacerlo. Con ese respeto se despierta, además, la sensibilidad de ponernos en el lugar del otro.
  • ¡No se señala con el dedo! Cuando recriminábamos esa mala acción era porque sabíamos el daño que producía sentirse señalado. En estos momentos en que el bullying es una termita que inunda nuestros patios de recreo, es tiempo para recuperar estas lecciones que parecen ya casi olvidadas, y que no son meras lecciones de protocolo: con ellas, te repito, trabajamos la empatía. Otra medida para terminar con el bullying que daría para un artículo en exclusividad, es la de fortalecer la autoridad del profesor. Tener miedo, respeto, a un profesor, es asegurar que no tendrás miedo del compañero de al lado.
  • ¡No te quedes mirando a alguien fijamente! Ten la delicadeza de no intimidar con la mirada. Todos sabemos lo desagradable que es.
  • ¡No hagas comentarios desagradables! Aquí, además de los buenos modales, trabajamos la humildad. A nadie le importa tu opinión sobre acciones, personas o cosas ajenas. Si le dices a alguien «¡qué corte de pelo más feo tienes!», tienes que entender, desde la humildad, que para esa persona tú no eres ninguna autoridad en estética ni en moda. Tu opinión no le interesa. Salvo que te la pida expresamente, no la va a tener en cuenta en absoluto. Así que, recuerda la sabia frase de Walt Disney en la película de animación Bambi: «Si al hablar no has de agradar, te será mejor callar».
NIÑO IMPERTINENTE
Los padres enseñamos a nuestros hijos a hablar con respeto, aunque no sea lo habitual en algunos programas de televisión.

Creo firmemente que, en este terreno, la sociedad se ha dejado arrastrar por la filosofía que preside algunos programas de televisión. Hablo de los programas que se definieron en sus orígenes como «del corazón», y que ahora se dedican sin ningún reparo al cotilleo. Programas que llevan más de dos décadas ocupando el prime time de las televisiones. En estos programas, la impertinencia no es valorada como algo negativo, no es algo a corregir sino todo lo contrario. Cuanto más osada mejor; a mayor impertinencia, mayor audiencia. Y así despellejan a personas, a seres humanos, mientras otros miran, se entretienen, se olvidan de los problemas reales, imitando lo que los romanos sentían cuando los leones despellejaban a otros seres humanos ante su vista…: ¡pan y circo! Un circo que reduce la sensibilidad, la delicadeza, la reflexión, todas esas cualidades que procuran corregir las impertinencias.

Permiso (y autoridad) para hablar de todo

Nos han acostumbrado a enfocar con una cámara a gente, con o sin su consentimiento, a comentar sin discreción la intimidad de personas que ni siquiera están delante, incluso a juzgar sus vidas. Y han conseguido que nos parezca absolutamente normal. Y, al perder sensibilidad en ese terreno, hemos dejado de llamar la atención de los niños sobre la impertinencia. En esta normalidad, son ellos, los niños, los que mandan callar a sus padres. Niños que creen que tienen autoridad para hablar de todo, que lo saben todo, y que, en poco tiempo, se convierten en consumidores del pan y circo, perdiendo, de generación en generación, la sensibilidad para apreciar el bien, la verdad, la belleza, el orden, la humildad, la delizadeza…, y la impertinencia. ¿Abandonamos el pan y circo? ¿Abandonamos cualquier tipo de impertinencia? Why not?

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