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Lilí Álvarez de pionera del tenis a escritora y líder católica

LILI ALVAREZ

Public Domain

Sandra Ferrer - publicado el 07/02/22

Fue una de las mejores deportistas de la España de principios del siglo XX. Cuando terminó su carrera, se volcó de lleno en la defensa de las mujeres y del catolicismo

Hay personas cuya biografía es un continuo devenir de acontecimientos. De hechos apasionantes, de retos y superaciones personales. Personas con biografías intensas, desde el principio al fin. La historia de Lilí Álvarez se enmarca en esta descripción. Deportista, escritora, periodista, activista por los derechos de las mujeres y de la religión católica, Lilí no paró de trabajar y de superarse cada día a sí misma. 

Todo empezaba en un hotel de Roma, donde sus padres se encontraban pasando una larga temporada. Allí nacía Elia María González Álvarez 9 de mayo de 1905 y fue bautizada a los pocos días en la Basílica de San Juan de Letrán.

Su madre, Virginia López-Chicheri, era hija de un prestigioso político español, Juan López-Chicheri, que había tenido una activa participación durante el gobierno de Cánovas del Castillo. Era además un activo empresario que poseía industrias en muchos puntos de la geografía española.

Casada con un marqués, Virginia sufrió un duro golpe al perder a su primer hijo, algo que le afectó tanto que decidió incluso separarse de su marido. Unida a otro hombre, Emilio González Álvarez, el que sería el padre de Lilí, se instalaron en Suiza. 

En Suiza, Lilí Álvarez creció como una niña alegre que pronto demostró una especial pasión por los deportes. Con cinco años empezaba a practicar patinaje sobre hielo, disciplina que, a pesar de no ser mucho de su agrado, perfeccionó y le reportó incluso una medalla de oro.

También era una gran aficionada al esquí, deporte que practicó en las nevadas montañas alpinas. La equitación, el golf o incluso el billar, que aprendió subida a una silla, fueron otros de los deportes que no se le resistieron a la pequeña Lilí.

Pero el que la atrapó desde pequeña fue sin duda el tenis. Sus entrenamientos empezaron en Lausana, en 1917. Solamente dos años después, ganaba su primer campeonato. A sus dieciséis años ya empezaba a ser conocida en el mundo del tenis como la «niña prodigio», pues acumulaba un éxito tras otro. 

En 1924, junto a Rosa Torras, se convertía en una de las primeras representantes españolas en unas olimpíadas, en las de París. Ese mismo año, Lilí se trasladaba a España para participar en el Campeonato de Cataluña de automovilismo.

Dos años después desembarcaba en Inglaterra donde participaría durante varios años en torneos tan prestigiosos como el de Wimbledon, en el que llegó a la final en tres ocasiones. Cuando alcanzó en segundo puesto en el ranking mundial, todos empezaron a llamarla cariñosamente «La Señorita».

Conocida internacionalmente, Lilí Álvarez conquistó de nuevo París, ganando el campeonato de dobles en Roland Garrós en 1929 y el Campeonato de Argentina en 1930. Tras la Guerra Civil española, instalada definitivamente en Madrid, aún compitió en 1940 en el Campeonato de España. 

Un año después cambiaba la raqueta por los esquíes y participaba en los Campeonatos Nacionales de Candanchú. En aquel momento ya demostró que era muy sensible a las injusticias contra las mujeres y no dudó en enfrentarse a las autoridades, acusando a los organizadores de dar un trato privilegiado a los hombres y discriminatorio a las mujeres. 

Poco a poco, Lilí Álvarez fue dejando atrás su intensa carrera deportiva para centrarse en otra profesión que había empezado años atrás. En 1926, mientras era una tenista de élite, también inició su carrera periodística redactando crónicas deportivas para distintas revistas.

Continuó trabajando en el mundo eminentemente masculino del periodismo deportivo durante el franquismo. También fue una destacada cronista para el Daily Mail, periódico en el que relató la llegada de la república en España y el estallido de la guerra civil.

Su otra gran faceta que centraría la última etapa de su vida fue la de escritora y activa defensora de los derechos de las mujeres durante el franquismo. Las principales obras escritas por Lilí Álvarez se centraban en una profunda reflexión filosófica sobre el papel de la religión en la sociedad.

En su texto En tierra extraña, hablaba de la importancia de los seglares en el mundo y del papel que debía tener: «El seglar debe ser generoso y valiente en lo humano para llegar a ser generoso y valiente en lo Divino». 

En su defensa de las libertades de las mujeres, en pleno franquismo, Lilí criticaba la imagen que se quería imponer del supuesto «sexo débil» en la sociedad. Y en 1961 escribió en la revista El Ciervo que

«esto de la ‘pérdida de la femineidad’ me parece el coco inventado por los varones para espantar a las personas del sexo débil que no desean cultivar por más tiempo su ‘debilidad’. Pero este coco protector que esgrime la secreta falta de seguridad en sí mismo de aquéllos, así como su correspondiente y demasiado visible afán de conservar su situación de privilegio, es un coco ya viejo y trasnochado, que entra rápidamente en desuso. No hay más que ver hoy día a tantas y tantas mujeres despiertas, valientes, emprendedoras… y muy femeninas, para darse cuenta de su poca consistencia. Hablo de la del coco». 

Un año antes, se había unido a un brillante grupo de mujeres para crear el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer (SESM) y durante aquellos años se implicó en la defensa del feminismo católico.

Lilí defendía que la mujer moderna podía ser igualmente religiosa y piadosa. Ambos aspectos no debían ser incompatibles. En este sentido, tuvo un papel destacado durante el Concilio Vaticano II, siendo una de las quince mujeres que participaron en la redacción del Esquema XIII, el texto que analizaba el papel de la Iglesia en el mundo del momento. 

Lilí Álvarez recibió varias condecoraciones a lo largo de su vida, entre ellas, el Lazo de Dama de Isabel la Católica. Desde 2017, el Instituto de la Mujer y el Consejo Superior de Deportes otorgan los Premios Lilí Álvarez de periodismo deportivo. 

El 8 de julio de 1998, la fuerza de esta mujer pionera y luchadora se apagaba definitivamente. Atrás dejaba una vida ejemplar de superación y de trabajo incansable. 

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