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Cómo ver que Dios te elige si te sientes un desastre

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Dean Drobot | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/01/22

Las cosas dejan de encajar cuando no me siento amado, elegido, enviado por nadie, cuando no tengo una misión concreta que realizar, pero de repente la elección lo cambia todo

La elección es un don. Dios elige. Jesús se sabe elegido, llamado, enviado. Esa conciencia lo hace sentirse amado por Dios.

La elección siempre es expresión del amor. Me sé llamado, elegido, querido y todo cambia a mi alrededor. La vida tiene un sentido.

Las cosas dejan de encajar cuando no me siento amado, elegido, enviado por nadie. Cuando no tengo una misión concreta que realizar.

Pero de repente la elección lo cambia todo. Decía san Juan Pablo II:

«El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios.

Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos».

Evangelium Vitae, Encíclica, S. Juan Pablo II

Ahora

Asumo la temporalidad de mis días y la repercusión eterna de mis actos. Lo que elijo acaba cambiando la realidad en una u otra dirección.

Hago realidad lo que sueño o echo a perder lo que deseo. Y así se juega la vida entre un hoy y un mañana.

Entre un deseo que pretende hacerse realidad y una vida limitada por la que me muevo.

Y así es como pasan los días. Se me escapan de los dedos.

Dios eligió a Jesús y eso tiene mucho que ver conmigo

Jesús lee las palabras de Isaías y las hace propias. Dice lo que parece una herejía, que en Él se cumple la profecía:

«- El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: – Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Jesús ha sido ungido por el Espíritu Santo en el Jordán. Allí experimentó el amor de Dios. Está sobre Él el poder de Dios. Está lleno de su presencia, de su fuego.

Me conmueven esas palabras. Jesús une su vida a la profecía de Isaías. Ha sido ungido, elegido, enviado, llamado a llevar la luz de Dios a muchos corazones.

Y la misión de Jesús se convierte en motivo de esperanza también para mis pasos.

Evangelizar a los pobres. Proclamar la libertad para los cautivos. Devolver la vista a los ciegos. Y anunciar el año de gracia como un año de perdón.

Esa forma de mirar las cosas me da alegría. Jesús es llamado a ser luz, libertad y misericordia.

Es llamado a llevar la buena nueva a los pobres y despreciados, a los no amados. Es llamado para ser señal de esperanza para los que han perdido toda esperanza.

Dios me elige ahora tal y como estoy

Dios me elige en el tiempo. Sabe que no soy eterno aquí en la tierra y que mis pasos son pocos, inconstantes y frágiles. Y en ellos espera que se haga realidad su reino.

Sólo busca que se imponga la vida, la esperanza, la alegría, la luz. Soy elegido por Él para ser testigo de su luz, de su libertad, de su presencia.

Esa elección está por encima de mis dones y capacidades. Supera todos mis talentos. Por eso me alegro en mi pequeñez como me lo recuerda el padre José Kentenich:

«Alegrarse en la pequeñez. Saberse aceptado y utilizado por Dios a causa de la propia pequeñez.

En nuestra vida hay tres momentos con los que habitualmente no podemos alegrarnos.

Se trata en primer lugar de un sinnúmero de impresiones que no hemos elaborado; en segundo lugar, del sentimiento o de la consciencia de que estamos solos. El hombre quisiera tener a alguien a quien pertenecer, que lo quiera y pueda necesitarlo. Y después, el tercer problema: se trata de la propia debilidad, de las propias faltas, de los propios pecados, de nuestras limitaciones».

J. Kentenich, Lunes por la tarde, Tomo 2: Caminar con Dios a lo largo del día

En mi soledad, en mi pobreza, en mis faltas, en mis emociones no trabajadas soy elegido por Dios.

Dios me vuelve a llamar

Él me vuelve a llamar, vuelve a posar su mirada sobre mí, vuelve a tomarme de la mano para caminar a mi lado, viene a decirme que merece la pena vivir con Él para que mi vida brille, mis ojos se abran y mi luz se manifieste.

Pone su mirada en mí porque yo soy el primer necesitado de su luz y de su libertad.

Necesito ver más allá de mis pasos, liberarme de tantas ataduras y esclavitudes. Necesito llenarme de su vida y esperanza para dar esperanza a los que no la tienen.

Quiero volar más alto y llegar más lejos con la fuerza de la mirada que posa sobre mí.

Él me llena de su Espíritu y me envía a dar luz a muchos. A liberar a los esclavos. A dar esperanza a los que están tristes y perdidos. 

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