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Así puedes atraer el poder de Dios

Fotoz by David G | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/11/21

La fuerza de Jesús es la del amor, un poder que no se impone, un amor que es servicio hasta el extremo

Los reinos de este mundo se imponen por la fuerza. Se protegen con las armas. A veces con la mentira.

Los reinos de este mundo luchan entre sí por mantener el poder, por ser más poderosos que otros. Porque temen perder su poder y están en lucha continuamente.

El poderoso domina al débil y se impone por encima de sus pretensiones. Si alguien quiere rebelarse contra el poderoso será reducido por la fuerza. El débil siempre pierde.

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Jesús, un rey sin ejércitos

Jesús es rey pero parece débil:

«En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: – ¿Eres tú el rey de los judíos?».

Pilato, al ver que Jesús es rey está desconcertado. Lo ve indefenso y aun así lo teme, porque teme a los poderosos. Él mismo tiene mucho poder y no quiere perderlo.

Pero Jesús parece ser un rey muy débil, sin ejércitos, sin armas. Sin tierras, sin súbditos.

Dice ser rey de los judíos. Pero ellos parecen no quererlo como rey. Es todo extraño.

El poder del amor

Y es que el reino de Jesús es diferente. No es un reino como los de este mundo en los cuales el hombre se pelea por el poder.

«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí«.

El poder de Jesús es el del amor. Un poder que no se impone. Un amor que es servicio hasta el extremo.

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Un reino de paz y libertad

Su reino es un reino de paz, en un mundo dividido por guerras y conflictos constantes.

Un reino de la verdad, en un mundo en el que la mentira es un arma que se usa con demasiada frecuencia.

Jesús viene a hacerme ver que la verdad me hará libre, mientras que yo opto por la mentira, aunque me esclavice.

La verdad que se confiesa sin importar las consecuencias. La verdad que no se puede callar aunque me lleve a la muerte. La verdad que me lleva a estar en paz conmigo mismo, no intento engañar a nadie.

Un reino donde el amor es más fuerte que el odio. Y yo sigo viendo que el odio parece ganar siempre. El odio, el rencor, la violencia, la ira, la rabia, la venganza.

¿Dónde está ese amor del que tanto hablo? Un reino de amor oculto donde no es necesario publicar mi servicio abnegado y generoso.

No quiero hacer público todo lo que hago por los demás. Es como si al publicarlo me sintiera mejor, y es todo lo contrario.

La cruz como trono

Un reino de libertad, en este tiempo de esclavos. Porque ahora me siento esclavo de tantas cosas… De la opinión de los demás, del juicio de los hombres, de mi fama y mi nombre, de cumplir con todas las expectativas.

Y no soy feliz porque siempre me siento debiendo algo a alguien. Algún requerimiento no contestado. Una petición que no he respondido. Una expectativa que ha quedado insatisfecha.

Y no soy libre para ser yo mismo siempre. Temo tu mirada que me juzga, tus ojos que esperan algo más de mí.

Me cuesta revelarte mi miseria porque siento que no vas a querer permanecer a mi lado. No acabo de creer en el amor incondicional.

El reino de Jesús es el reino que tiene como trono un madero, una cruz alzada entre el cielo y la tierra.

La humildad en la que crezco al ser despreciado, difamado, herido con juicios y condenas. La humildad es la llave que abre el corazón de los hombres.

Lo que da sentido a todo

Jesús vivió tratando de hacer nacer su reino en el corazón humano:

«Jesús dedica su tiempo, sus fuerzas y su vida entera es lo que él llama el «reino de Dios». Es, sin duda, el núcleo central de su predicación, su convicción más profunda, la pasión que anima toda su actividad. El reino de Dios es la clave para captar el sentido que Jesús da a su vida y para entender».

José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

El reino de Dios está en Él, porque es rey. Y todo lo demás pierde su fuerza. El amor es el centro de su reino.

Sin amor nada tiene sentido, como diría santa Teresita del Niño Jesús:

«Comprendí que sólo el Amor hace obrar a los miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a extinguirse, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y todos los lugares… en una palabra, que es eterno».

Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma

Sin amor no brota el reino de Dios entre los hombres. Sin un amor puro y hondo, sin un amor verdadero y abnegado, sin un amor que se entrega sin llevar cuenta de todo lo entregado.

La mayor fuerza

Un amor que es semilla de nuevos santos. Sólo logro cambiar en algo cuando me experimento amado. Cuando toco el amor de Dios que me salva, cuando recibo el amor de los hombres, de mi familia, de mis hermanos, de mis amigos. El amor en exclusividad de mi cónyuge. El amor verdadero de mis hijos.

El amor me sana por dentro.

Si en la Iglesia no me siento amado dejaré de pertenecer a ella y ya no querré cambiar. El juicio espanta el amor. La condena de una mirada es lo contrario a la misericordia de Jesús.

El reino surge en el corazón que se sabe perdonado, en los ojos que reciben una mirada de aceptación.

Aprender a vivir el amor me salva. Acoger el amor y luego darlo.

La Iglesia se esfuerza por encarnar ese reino que es un amor que acoge siempre. El papa Francisco decía en Amoris Laetitia:

«No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña».

Ese es el tipo de amor del reino de Dios. En ese amor humilde y acogedor está la semilla del reino.

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