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¡Ten cuidado con lo que deseas y con lo que ofreces!

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/09/21

Sólo puedo decirle que lo amo ahora y le entrego todo en este momento preciso. Lo demás será don de Dios, no fruto de mi esfuerzo

Debo tener cuidado con lo que deseo, con lo que pido, con lo que ofrezco. Porque luego la vida me puede pasar factura. Y lo que deseo se puede convertir en una obsesión o acabar quitándome esa paz que pensaba conseguir poseyendo lo deseado. Los deseos no son malos ni buenos.

Como leía el otro día: «El deseo, como cualquier otra realidad, se presenta de un modo ambiguo; ciertamente, puede conducir al mal, pero ello no impide que se presente originariamente como deseo de un bien».

Deseo algo que me parece un bien. Sueño con ello. Me proyecto queriendo que ya sea una realidad en mi vida.

Los deseos brotan en el corazón continuamente y mueven mi voluntad. El deseo de lograr una vida mejor y ser más feliz. El deseo legítimo de satisfacer mis ansias. Ese deseo me mueve por dentro. Quiero poseer lo que aún no es mío. ¿A qué precio?

No sigo todos mis deseos. Miro en mi corazón, en lo más hondo. ¿Qué es lo que más deseo? ¿Qué le pido a Dios cada mañana?

En mis peticiones se encierran deseos a veces inconfesables. Mis intenciones aparentemente puras no siempre lo son. Los deseos insatisfechos. Las heridas que me llevan a desear lo que no he elegido. Esos deseos que pueden apartarme del camino marcado.

¿Cómo distingo con precisión lo que me conviene? Rara vez sé lo que de verdad me conviene.

Escucho en mi alma a ver qué grito por dentro. ¿Hará caso Dios a mis súplicas? Esas súplicas expresadas o esas otras calladas. Súplicas que se elevan como el incienso buscando la paz de Dios. Tengo cuidado con lo que deseo.

Una vida con paz no siempre es una vida feliz. Una vida feliz no está exenta de renuncias y sacrificios.

Lo que me conviene es lo que me hará feliz a la larga y moldeará mi corazón a imagen del corazón de Jesús. Sus mismos sentimientos, sus mismos deseos. Desde que avanzo en años asumo que no todos mis deseos son legítimos ni me llevarán a una vida lograda.

Pero otros sí, los reconozco, los elevo en forma de súplica a los pies de Dios. Él hará posible lo que a mí me parece lejano e imposible. El amor de Dios quiere mi bien, lo mejor para mi vida. El alma se calma.

En momentos de éxtasis puedo ofrecerle a Dios entregárselo todo. Cuidado, pienso en silencio. Dios puede aceptar mi entrega.

Es fácil ofrecer la vida entera cuando sólo tengo ante mis ojos las siguientes horas. Pero luego la vida es muy larga. Cuidado con lo que ofrezco. No quiero ofrecer más de lo que luego podré dar. No quiero encadenarme atado a mis ofrecimientos incumplidos. Y no me hace bien pretender darlo todo mientras con la otra mano me guardo lo importante.

Tengo en mi alma bolas de oro que no estoy dispuesto a soltar. Se lo he dicho a Dios ya muchas veces, para que lo sepa. Ya lo sabe. Y por eso he dejado de prometer lo que no está en mi mano dar.

Sólo puedo decirle que lo amo ahora y le entrego todo en este momento preciso. Lo demás será don de Dios, no fruto de mi esfuerzo. Es verdad que me apasiono y, como cualquier enamorado, digo barbaridades. Prometo lo imposible. Y sueño con lo inalcanzable.

Y Dios me mira conmovido, esa mirada la he visto muchas veces. No hay desilusión en su forma de mirarme. Sólo ternura porque sabe que mi voz expresa lo que deseo, aunque luego no esté a mi alcance.

Por eso hago mías las palabras del Cardenal Sarah: «Cuando estés en silencio después de recibir la Sagrada Comunión, no pienses mucho ni ofrezcas muchas oraciones al Señor. En cambio, quédate ahí, en presencia de Jesús y dile: Jesús mío, ¿Quién soy yo para que estés aquí en mí? Y en tu intimidad maravíllate y admira».

Tengo cuidado con lo que le ofrezco a Dios. Le doy mi vida, eso sí, pero con sus límites. Soy consciente de mi pobreza, de la textura de mis sueños y deseos. Conozco todas mis incoherencias e incapacidades. Pero Dios me escucha y me acompaña.

Hoy he rezado en el salmo: «Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco».

Dios me escucha porque quiere hacer posible lo imposible en mi vida. Quiere que tenga paz en el alma y no se borre nunca la sonrisa de mis labios.

Me gusta ese Dios que no se deja engañar por la grandilocuencia de mis oraciones. Sabe cómo soy en lo más hondo y no se conmueve cada vez que le entrego todo. Conoce mis torpezas y sabe de mis reticencias.

Aún así no me canso de soñar, de esperar, de desear incluso lo que no me conviene. Y Dios irá haciendo mi vida a su medida, aunque me duela muy dentro.

Por eso no dejo de desear para que no me pase lo que leía el otro día: «Nuestros deseos nos pueden desviar, no porque exijamos demasiado, sino porque nos contentemos con demasiado poco, con satisfacciones modestas».

Tengo deseos tan del mundo que no aspiro a mucho en esta vida. Me conformo con demasiado poco y así se me escapan la vida y los sueños entre los dedos. Quiero reconocer mi pobreza y soñar con las alturas, donde el alma encontrará la luz. 

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