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Por qué exigimos demasiado

Sergey Nivens | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/07/21

La respuesta está escondida en nuestro corazón y el problema se soluciona viviendo la gratuidad del amor

Me gusta la sinceridad. Decir lo que siento, lo que pienso y no guardarme las cosas por miedo a equivocarme y herir. Aunque hiera con palabras y ofenda con silencios.

Un ejemplo de sinceridad en el Evangelio, cuando Pedro le dice a Jesús todo lo que piensa:

«En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?».

La sinceridad es el arma de los honestos. Decir lo que pienso sin miedo al rechazo. Expresar mis opiniones y sentimientos.

¿Y si estoy equivocado en mi juicio? Puede ser falsa la interpretación que hago de lo que siento. Pero lo que siento es verdadero porque soy yo el que lo siente en el alma, muy dentro.

Decir lo que estoy pasando por dentro es verdadero. Aunque el que ha provocado en mí el sentimiento no tenga la intención de hacerme daño.

Por eso no descalifico nunca lo que mi hermano siente. Si se siente ofendido, abusado, herido, eso es verdadero. Tal vez no quise ofender, ni herir, pero es verdadero el sentimiento.

Expresarse, por salud

Decir lo que pienso es sano. Decir lo que siento, lo que hay en mi corazón. Mi rabia y mi paz, mi incomodidad y mi alegría.

Mis sentimientos de envidia que anidan en el corazón. Mis pretensiones ocultas. Mis deseos íntimos. Todo lo que hay en mí, todo lo que observo y juzgo.

Ser asertivo es un valor. Decir lo que pienso y siento. A menudo me guardo todo y con ello no consigo nada. Aumenta mi ansiedad y me siento incapaz de avanzar.

Me guardo mis opiniones, mis deseos, mis proyectos. Escondo lo que deseo hacer y me amoldo a lo que los demás esperan de mí.

Pero esa actitud sumisa acaba pasándome factura.

Me guardo tanto mis preguntas incómodas, mis opiniones y deseos verdaderos pretendiendo una falsa humildad, que sufro y me duele el alma por dentro.

Tampoco vivir hiriendo

Es cierto que no tengo derecho a decir todo lo que pienso si con ello ofendo, hago daño, o hiero. No tengo razón al gritar mis verdades por mucho que sean verdad en mi alma.

La sinceridad es valiosa. Siempre que la practique desde la caridad. No quiero herir con mis opiniones y juicios.

No quiero que por querer ser sincero pase por la vida haciendo daño. Esa tampoco es la intención.

No pretendo vivir hiriendo. Pero sí siendo sincero como lo es Pedro. Él quiere preguntarle a Jesús lo que va a recibir a cambio de haberlo entregado todo.

¿Siempre esperar algo a cambio?

En la vida es así. Doy mucho, digo que lo hago por amor, porque quiero, pero luego paso factura.

Exijo que me quieran lo mismo, que me den como contrapartida una parte equivalente a lo que yo he dado.

Y entonces el alma vive exigiendo lo mismo que da. Si soy generoso que también lo sean conmigo.

¿Cuál es el pago que recibo por entregarle la vida a Jesús? Quizás pienso en bienes materiales, en prestigio.

¿Qué no es un regalo?

Dejarlo todo por amor es un don de Dios, no es mérito mío. La generosidad hasta el extremo es un regalo de Dios en mi vida.

¿Estoy dispuesto a dejarlo todo? ¿Qué he dejado por amor a otros? ¿Y por amor a Dios? ¿Me he entregado por entero, le he dado todo lo que tengo?

¿Me he abandonado en sus manos como una barca mecida a su antojo por el viento en el mar?

No lo sé. En ocasiones pienso que sí, que lo he dejado todo por Él. Pero luego mi corazón guarda tesoros escondidos. Retengo bolas de oro que no estoy dispuesto a entregar.

Guardo lo que no quiero entregarle a nadie. Es mío, pienso en mi corazón. Y no deseo que nadie lo posea.

No me doy por entero en ese deseo de dárselo todo a Dios. Algo reservo para mí.

¿Hasta dónde llega mi generosidad?

En la pregunta de Pedro habita el deseo de un premio. Quiere una compensación por tanta renuncia.

Él se supo amado por Jesús y lo dejó todo, no preguntó entonces qué recibiría a cambio. Pero ahora quiere saber más.

Cuando yo lo dejo todo por seguir los pasos de Dios es porque lo que me ofrece es más grande y valioso que lo que dejo atrás.

Entonces, ¿por qué siento que tienen que pagarme algo o compensar mi generosidad?

Me he encontrado con personas muy generosas. Lo dan todo, no se guardan nada. Siempre están dispuestas a amar, a dar la vida, su tiempo por los demás.

Preguntan lo que los demás desean y se ofrecen a ayudar allí donde la necesidad requiera su presencia.

Parece que no hay otras intenciones detrás de esa entrega altruista. Pero súbitamente surgen deseos inconfesables escondidos en sus palabras o en sus quejas.

Preguntas no pronunciadas en sus silencios. Y tristezas provocadas por no recibir lo que nunca han pedido.

Así es el corazón humano que siempre espera algo. Ama y quiere ser amado. Da y desea recibir.

Dios, fuente de generosidad

Sólo Jesús tiene esa mirada, esa forma de vivir que no oculta nada. No hay preguntas esperando un pago por lo que me ha dado.

Esa generosidad de Jesús es la que yo quiero para mí. Para no pasar factura por todo lo que entrego. Para no echar en cara lo que he regalado.

¿Acaso he vendido mi vida? La he regalado sin esperar nada a cambio.

Pero mi corazón mezquino tiene esas cosas, esos sentimientos ocultos, esos egoísmos y lleva cuenta del bien realizado y del bien no recibido o el mal sufrido.

Lo hago como donación pero casi parece una compraventa. Digo que no quiero nada a cambio mientras tiendo mi mano al cielo esperando una contrapartida.

¡Qué pena aquellos que destruyen con su mano izquierda lo que construyeron con su derecha!

¡Cuánto bien hacen al ser generosos y cuánto mal despiertan al exigir aquello a lo que no tienen derecho!

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