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Haití sigue sumergido en un «infierno»: Asesinaron a su presidente, Jovenel Moïse

JOVENEL MOISE

@jovenelmoise

Macky Arenas - publicado el 07/07/21

Un país fuera de control, donde la Iglesia denunció recientemente un "descenso al infierno". Este 7 de julio América Latina amaneció con la noticia del asesinato a tiros del presidente Jovenel Moïse en su residencia a manos de un grupo de hombres armados. Su esposa también fue víctima del ataque

Hace unos meses, la Iglesia católica de Haití sufrió una conmoción: el secuestro de varios clérigos. En abril de este año la institución religiosa se vio obligada a denunciar y condenar la inacción del gobierno ante los continuos secuestros y demandar enérgicamente gestiones por la liberación de 10 plagiados, entre los que se encontraban siete clérigos y varios ciudadanos franceses. Cientos de personas salieron a marchar a las calles para exigir la renuncia del presidente Jovenel Moïse en Puerto Príncipe.

«Descenso al infierno«

De acuerdo con un comunicado del episcopado, “desde hace algún tiempo, hemos sido testigos del descenso a los infiernos de la sociedad haitiana” debido al auge de la violencia ejercida por bandas armadas. Ya en marzo de 2020, el Gobierno haitiano expidió un decreto a través del cual instauraba el estado de emergencia durante 30 días en varios distritos de la capital.

Los blogueros revelaban la gravedad de la situación con sencillas frases: “Normal ya eso es una cultura en Haití, el que no secuestra no es haitiano” o “¿Hay autoridades en Haití?”.

En referencia al estado fallido que es Haití hace tiempo, otro terciaba: “Yo, Haití, me reincorporo a Francia, no van a llegar a ningún lado así”… Un triste panorama, aún más con estas expresiones que acentúan el dramatismo de una situación que mantiene a los haitianos en la más absoluta pobreza e indefensión social que se traduce en esta pavorosa inestabilidad política.

Haití viene sufriendo una espiral de caos y violencia política. En varias ocasiones la Iglesia ha sido la voz de quienes no tienen voz. Sin ir muy lejos, en estos momentos atiende emergencias causadas por el paso del huracán Elsa, organizando respuestas a la coyuntura. “Haití está realmente en crisis”, recordaron. Pero parece que la crisis de Haití es como la de Cuba: es tan profunda y tan prolongada que parece parte de un paisaje que muchos ni se molestan en contemplar.

Sentencias premonitorias

Hay que recordar las sentencias premonitorias que la Iglesia haitiana pronunció en su momento. En 2019, el martes 22 de octubre, en una Misa celebrada en la catedral local el Arzobispo de Puerto Príncipe, Mons. Max Leroy Mésidor, exhortó al presidente de Haití, Jovenel Moise, y a la clase política a escuchar “la voz de la sabiduría” para poder salir de la crisis en que se encontraba el país desde hacía meses. “Les suplico, en nombre de Dios, que hagan los sacrificios más admirables para encontrar una solución rápida a esta crisis”, rogó el prelado.

En aquella ocasión, las protestas arrojaron un saldo de 20 personas muertas y unos 200 heridos. Los manifestantes pedían la renuncia del presidente Moise, que gobernaba al país desde 2017 y que era acusado de corrupción y de una pésima gestión económica.

Cuesta pensar –y valga la disgresión- que Haití fue uno de los países más prósperos del continente, tanto, que llegó a financiar importantes operaciones para la independencia de España en el continente americano. Bolívar se apoyó para ello en ricos hacendados y comerciantes haitianos a fin de mantener sus provisiones durante las guerras. Pero, al menos desde el 2005, comenzaron las ayudas y asistencia humanitaria al país que hoy parece haber fallado en todas sus ejecuciones de gobierno.

El presidente, hoy asesinado, pedía la intervención internacional para frenar la crisis de abastecimiento que afectaba el país desde meses atrás.  Fueron meses consecutivos de protestas en su contra en el país más pobre del continente. El desabastecimiento, la pobreza, el hartazgo social y la corrupción encendieron de nuevo las calles haitianas poniendo en jaque al Gobierno de Moïse. Pero el presidente se negaba rotundamente a renunciar cuestión que, de acuerdo a la apreciación de algunos analistas, habría bajado las presiones y abierto otro panorama.

Medidas que no bastan

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) anunció el envío de 2.000 toneladas de comida de parte del Gobierno estadounidense. Pero hay extremos en que esas medidas no bastan. Ese mismo programa revelaba que uno de cada tres haitianos necesitaban asistencia urgente para cubrir sus necesidades alimentarias diarias. Eso equivale a más de tres millones y medio de personas.

Un antecedente atizaba las brasas : los partidos de oposición en el Parlamento habían bloqueado la designación del Presidente el cual, en una puja de fuerza, se aferraba a su posición con mayor ahínco. El líder opositor del Sector Democrático y Popular, André Michel, recordó en aquel momento  que «no hay ninguna solución a la crisis más allá de la renuncia de Jovenel Moïse» y aseguró que ninguna facción «quiere sentarse con él» al haber perdido «toda su capacidad de convocatoria». A pesar de ello, el presidente aseguraba haber iniciado conversaciones con factores adversos pero nunca los mencionó.

«Tiene que dimitir para lograr una transición hacia algo diferente de lo que hemos conocido hasta ahora. Eso nos permitiría abordar varios casos de corrupción», era el clamor en ese entonces.

La sombra nefasta de Petrocaribe

Sobre Moïse –contaban las agencias internacionales de noticias que seguían la saga haitiana-  planeaba la sombra de uno de los casos de corrupción más graves del país: Petrocaribe. Según un informe del Parlamento haitiano, los gobiernos del país malversaron sistemáticamente los fondos del plan Petrocaribe, un programa venezolano impulsado por el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez que ofrecía combustible a países latinoamericanos a precios preferenciales. Los fondos que se ahorraban gracias a la alianza con Venezuela debían destinarse a infraestructuras públicas y programas sociales. Sin embargo, la población haitiana nunca vio esos beneficios. La oposición acusaba a Moïse de haber llegado al poder para encubrir la corrupción.

El escándalo de Petrocaribe sumado a la falta de combustible desencadenada por la crisis en Venezuela lanzó a miles de haitianos a la calle. Sin esos subsidios, comenzó a tambalearse seriamente la economía del país. Y, en la medida en que ello ocurría, los ánimos se crispaban más y más.

Juan Pablo II: “Algo debe cambiar en Haití”

Las causas están en cifras: uno de cada tres haitianos necesitan asistencia urgente para cubrir sus necesidades alimentarias diarias. Eso equivale a más de tres millones y medio de personas. El economista haitiano Kesner Pharel ha resumido el penoso cuadro de esta manera: El 60% de la población vive con menos de dos dólares al día y el PIB per cápita es de 870 dólares, ocho veces menos que en República Dominicana, su país vecino. Algunos, ni siquiera hacen $1 al día. También se acabó la asistencia internacional que Haití recibía tras el terremoto del 2010.

Cuando visitó Haití en 1983, San Juan Pablo II dijo que “algo debe cambiar en este país”; 38 años después nada se ha hecho para mejorar la situación de la población. Haití se consume entre protestas y hambre. A veces uno se pregunta si es posible estar peor.

El drama de los niños

Destaca el trabajo de los salesianos, quienes vienen desarrollando una labor educativa y humanitaria en Haití en verdad encomiable. Ellos mismos han contribuido a visibilizar una situación que Naciones Unidas no ha dudado en calificar de “patrón de violaciones de los derechos humanos” y una “casi total impunidad”.

En Haití, la vida de 86.000 niños está amenazada con alta probabilidad de que el número aumente este año debido a la pandemia.  El 25% de la población sufre hambre. Se estima que alrededor de 4,4 millones de personas padecen inseguridad alimentaria, incluidos 1,9 millones de niños. Unicef ha indicado que menos del 10% de los niños haitianos ha sido vacunado y cerca del 60% vive sin protección suficiente, al tiempo que detallaron que de cuatro de cada diez menores del grupo no inmunizado viven en entornos urbanos empobrecidos que carecen de acceso a los servicios esenciales y están expuestos a la violencia.

La de Haití es una crisis completamente desatendida, en medio de una revuelta política interminable. Y aún no se divisa un alivio. Más bien hay que seguir el desarrollo de los acontecimientos. Aún producto de reacciones desesperadas  ante la injusticia y las carencias, nunca el asesinato político ha conseguido la paz.

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