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Cómo disfrutar del mundo sin dejarse atrapar por él

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/06/21

Veo todo como peldaños que me llevan al cielo, como alas que me permiten volar. Y si veo que me pesan demasiado las dejo caer, me desprendo, me libero

Vivo desterrado en esta tierra que habito. Porque soy ciudadano del cielo. Tengo una sed infinita que no se sacia en el mundo. Escribe san Pablo:

«Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida».

Así es la vida en esta tierra: un vivir lejos del cielo con el que sueño.

Porque estoy hecho para el paraíso. Y no se calma mi búsqueda hasta que lo encuentre a Él para siempre.

Camino y hogar

Confío, eso no lo olvido. No dejo de confiar en ese camino trazado para mí. Tengo fe en ese Dios que me llama.

En la vida puedo vivir quejándome de las experiencias difíciles. Puedo vivir lamentándome con lo que ya no puedo hacer.

Puedo vivir con ansiedad por no llevar la vida que llevaba antes. Los cambios siempre incomodan e inquietan.

Quiero vivir con fe y alegrándome con lo bueno que tengo. Quiero ver lo positivo en todo lo que me pasa.

Confío aun estando lejos de la vida que sueño. Pero hago de mi camino una tierra en la que poder echar raíces.

Estoy de paso y al mismo tiempo es este mi hogar.

Una vida fecunda

No me desentiendo de lo que aquí amo, de los que amo y me aman. No vivo caminando un palmo por encima del suelo.

Sufro con los hombres que sufren. Lloro con los que lloran. No soy indiferente ante el dolor humano.

Cargo sobre mis espaldas el peso del dolor de muchos, sólo el que puedo cargar.

No doy por perdida ninguna batalla. No me desentiendo del presente que habito.

Quiero que sea fecunda la semilla que siembro. Porque la vida son pocos años que pasan y dejan sólo un reguero que el tiempo difumina.

Yo confío y mi mirada es alegre y plena. No la enturbian los agoreros que marcan un destino fatal para mis días. Ni aquellos que sólo saben ver la suciedad con sus ojos.

No busco una perfección de paraíso sino que trato de hacer que lo imperfecto esté lleno de vida.

Dar gracias y alabar

Por eso alabo a Dios como escucho en el salmo:

«Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo.
Proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad.
El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.
En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad».

Alabo a Dios que ha tenido misericordia y me ha mostrado su benevolencia. Esa mirada de Dios me levanta y sostiene.

No vivo angustiado por las cosas que se me escapan de las manos. Nada es una certeza.

Sólo puedo responder por el hoy que acaricio. Confío en un amor más grande que me sostiene en medio de mi camino.

Lo que me hace feliz

Me importa la meta. Pero más aún me importa vivir los días que tengo ante mí con el corazón arraigado en la tierra, en otros corazones.

Estoy de paso y al mismo tiempo tengo un hogar aquí y ahora. Vivo en el mundo de hoy pero no dependo del mundo.

Mi felicidad no depende del reconocimiento, del amor y admiración que reciba. No depende de que siempre reciba elogios y parabienes.

Mi corazón está apegado al cielo al mismo tiempo. Decía Carl Gustav Jung:

«La persona que no se apoya en Dios no puede, basándose en sus propios recursos, oponer resistencia a los halagos físicos y morales del mundo».

A través del mundo

El mundo puede ser muy tentador cuando vivo buscando el reconocimiento o esperando el aplauso y el voto favorable de los que veo a mi alrededor.

Ese temor inconfesable por quedarme solo y no ser aceptado por el grupo, por la sociedad, por la masa…

Ser del mundo y no serlo al mismo tiempo. Esa paradoja que vivo como cristiano. Echo raíces y vivo anclado.

¿Cómo se unen el cielo y la tierra? ¿Cómo se puede hacer compatible el acto de enterrarme y el de volar?

Parece tan contradictorio echar el ancla y luego surcar los mares, mar adentro. Decía el padre José Kentenich:

«Nosotros tenemos que llegar a ser santos en el mundo y a través del mundo. ¿Cómo tenemos que concebir el mundo y las cosas del mundo? ¿Qué actitud tenemos que asumir ante esas cosas para llegar a ser santos?

Primero, tenemos que ver y valorar correctamente las cosas terrenas; segundo, tenemos que disfrutarlas correctamente; tercero, tenemos que renunciar correctamente a ellas; y, cuarto, tenemos que dominarlas correctamente».

J. Kentenich, Lunes por la tarde,Tomo 2: Caminar con Dios a lo largo del día

Subir peldaño a peldaño

Parece sencillo y no lo es. Puedo colocar lo que amo en el centro y no querer perder lo que hoy me da la paz y la seguridad.

Mi posición en el entramado del mundo. Mi cargo y mi poder. Mis amores y mis seguridades.

Veo todo como peldaños que me llevan al cielo, como alas que me permiten volar. Y si veo que me pesan demasiado las dejo caer, me desprendo, me libero. Esa actitud interior es la que importa.

Me duele dejar atrás lo que amo. He dejado mi corazón como prenda. Pero no reemplazo a Dios por las cosas que amo, por el mundo en el que echo raíces.

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