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¿Eres capaz de dejarte besar y sonreír?

KISS

fizkes | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/02/21

Sentirme vulnerable como un niño es quizás el único camino para poner a Jesús en el centro

Con frecuencia acabo pensando que la vida está en mis manos y depende de mí. Depende de lo que yo dé, de cómo me esfuerce y luche por llegar a todos.

Pienso que soy yo el que construye, el que levanta, el que salva. Yo el que perdona, el que consagra, el que llega a la meta, el que convierte.

Me olvido de lo importante, y no pongo a Jesús en el centro de mi vida.

La lección de un niño

PADRE CEPEDA
@parroquia.delapaz

Me conmueve el relato de un sacerdote español, José Rodrigo López Cepeda, en el momento en el que sólo llevaba seis meses ordenado sobre su experiencia con un niño con discapacidad que le ayudó como monaguillo.

Hace diez años escribió su experiencia con un niño con discapacidad al llegar a su nueva parroquia. Los padres de este niño querían que le ayudara como monaguillo.

El primer domingo le pidió que hiciera todo lo que él hacía y el niño lo imitó en todo, incluso a la hora de besar el altar con él al comenzar la misa. Al llegar a la sacristía le pidió el sacerdote que no lo volviera a hacer, que él lo besaría por los dos. Así sigue el relato:

«Al siguiente domingo, al iniciar la Celebración y besar el altar, vi cómo Gabriel ponía su mejilla en él y no se despegaba del altar con una gran sonrisa en su pequeño rostro. Tuve que decirle que dejara de hacer aquello. Al terminar la Misa le recordé: – Gabriel, te dije que yo lo besaría por los dos. Me respondió: – Padre, yo no lo besé. Él me besó a mí. Serio le dije: – Gabriel, no juegues conmigo. Me respondió: – ¡De verdad, me llenó de besos! La forma en que me lo dijo me llenó de una santa envidia; al cerrar el templo y despedir a mis feligreses me acerqué al altar y puse mi mejilla en él pidiéndole: – Señor, bésame como a Gabriel. Aquel niño me recordó que la obra no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde esa dulce intimidad con el Único Sacerdote, Cristo».


PADRE CEPEDA

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Me conmovió este relato por lo verdadero, por la sencillez de Gabriel, por ese Jesús que me habla en los niños, en los sencillos. Me encantaría llegar al altar de Jesús y dejarme besar por Él, sonriendo, cada día.

Yo no soy dueño

Sé que no soy yo el dueño de todo lo que hago. Es Jesús el que me salva, el que me levanta, el que construye con mis manos, con mi vida entregada.

Quiero que la vida de los que amo sea larga o la de esas personas que hacen tanto bien a los hombres. Y me duele su ausencia cuando parten. No logro entender el sentido de lo que no parece tener mucho sentido, como es la muerte.

HEAVEN
aapsky | Shutterstock

Esta historia de Gabriel me coloca de nuevo ante lo importante. ¿Me dejo besar por Jesús en mi vida?Me cuesta mostrarme débil, frágil, vulnerable. He puesto el acento en el yo, en mi labor, en lo que yo hago.

Yo soy el protagonista activo en la vida y no pienso en dejarme hacer por Dios. No lo quiero. Me pesa mi orgullo, mi fuerza, mi vanidad.

Sentirme vulnerable es quizás el único camino para poner a Jesús en el centro y que sea Él quien me bese a mí al llegar al altar y no yo a Él.

Que sean sus labios los que me sostengan. Su cariño el que me levante cada mañana. Es su obra, no la mía. No son mis sueños, son los suyos.

Él me necesitará el tiempo que quiera. Eso es lo que importa, no hacer yo mi camino a mi manera.

Acoger el amor

Por eso quiero aprender a agradecer más, a alabar al Dios de mi vida. Quiero recostarme sobre su pecho, el altar que beso en cada eucaristía.

Corinne MERCIER/CIRIC

Sentir su aliento en mi alma diciéndome que me quiere mucho, que soy lo más valioso, que mi vida merece la pena y que no dude nunca de todo lo que puedo lograr si no desfallezco, si no me acomodo, si no pienso que ya está todo decidido. Porque no es así.

En cualquier momento puede acabar mi camino, dejándome con las manos justo en la acción, trabajando por su reino. No me desesperaré, ni perderé nunca la ilusión.

Necesito agradecer por el día que amanece, por las horas que aún tengo por vivir, por los logros y por los fracasos. Necesito ser tan niño como Gabriel, porque así la vida es más fácil y todo se llena de sonrisas y de besos.

Quisiera mirar así a los demás, dispuesto a hacer lo que me digan. Quiero esa docilidad de Gabriel y esa forma de entender la vida. Dice un salmo:

«No endurezcáis vuestro corazón».

Dejarse besar

KISS
Rebbeck Images | Shutterstock

Puedo perder la inocencia de los niños, puede la vida volverme duro e insensible, incapaz de sonreír al dejarme besar. Me falta esa mirada de niño. Mi corazón se vuelve duro al ser herido, al tocar los sinsabores de la vida.

Quiero mirar a Jesús y dejarme besar por Él. Me quiere más que a nadie. Ha soñado conmigo y sabe todo lo que puedo dar. Me conoce por mi nombre, por mi verdad.

No por esa apariencia que yo intento vender al mundo. Mi autosuficiencia, mi orgullo y mi vanidad. Ese deseo de sobresalir, de ocupar los primeros puestos. El afán de ser tomado en cuenta y valorado. La tendencia a hacer las cosas yo solo sin contar con nadie, sin contar con Dios.

Hoy recuerdo a Gabriel, ese niño lleno de inocencia que pone su rostro en quien de verdad importa y se deja besar. Esa mirada de cielo en la tierra es la que necesito para comprender que la vida se juega cuando decido dejarme hacer por Dios, besar por Jesús.

Me abandono en sus manos y asumo que todo va a salir bien. No porque yo lo haga todo bien, sino porque es la obra de Dios y no la mía.

Quiero asumir que Él ya ha vencido al mal y a la muerte. No he sido yo, ha sido Él. Eso es lo que cuenta después de todo. Quiero ser más niño y mirar así a Jesús, con alma dócil. Que me bese.

Y me dirija palabras como estas, que me hagan sentir especial:

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