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Vivir con fe es fascinante

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El irresistible atractivo de Jesús y de algunos cristianos

Me dicen que el cristianismo se ha contagiado siempre por envidia. El que no cree ve la forma como vive el que sí cree y se admira.

Veo al creyente enamorado de Dios y pienso que me gustaría tener su fe y su amor. Surge la envidia. Quiero ser como él es para poder enfrentar la muerte con la misma entereza, y la enfermedad, y la incertidumbre.

El creyente, el que de verdad ama a Dios, despierta mi envidia. No cualquier creyente, no cualquier cristiano. Tiene que ser una fe transformada en vida.

Y no me refiero tanto a su comportamiento perfecto, correcto, impecable. Eso quizás no despierta tanto la envidia. Me refiero a otra cosa.

Se ve, se huele, hay formas de vivir que despiertan vida. Una forma diferente de mirar a los demás. Un respeto que viene de Dios. Una pasión por la vida que es algo sano y hondo. Una manera de vivir en la dificultad, en las incertidumbres.

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Priscilla Du Preez/Unsplash | CC0

Jesús no atrajo a nadie por cumplir todos los preceptos de la ley. Fue otra cosa. Fue su forma de mirar, de hablar, de vivir, de amar. Fue su manera de vivir tan diferente, tan única.

Cumplir normas morales puede resultar hasta sencillo, exige esfuerzo, cierto, pero es posible. Me pongo rígido y voy cumpliendo una tras otra. Ahora esta norma, luego esta otra. Pero eso no cautiva, no enamora, no atrae.

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Es algo diferente que a veces no alcanzo a ponerle nombre. Es una presencia del Espíritu que hace diferente a esa persona. Un toque de Dios como con un dedo que ha cambiado su corazón para siempre.

Entonces surge la envidia sana. Deseo en mi vida ese mismo toque de Dios. Deseo mirar así, para tener más paz, para dar más paz.

Ser santo no es un fruto de mi abnegado esfuerzo. Y eso que en mi vida tengo que hacer muchos esfuerzos. Porque la vida es exigente y el amor demanda que me rompa, que me parta por los demás.

Personas inspiradoras

Pero creo que la santidad que a mí me enamora es la que veo en algunas personas. Lo hacen todo fácil, aun siendo difícil lo que pretenden.

Siempre tienen palabras sabias sin buscarlo. No se creen especiales, y lo son sin saberlo. Dimanan una luz que no es suya, no son sus talentos extraordinarios, ni su inteligencia fuera de lo normal.

Es algo diferente. Una paz que no viene de ellos. Una alegría que no es forzada. Una esperanza que va más allá de cualquier miedo.

Saben mirar con optimismo cuando el cielo es oscuro. Y sonríen abrazando con miedo, porque son humanos, los pasos que dan temblando.

Me gusta esa humanidad abrazada por la gracia. Sus pecados lavados. Su alma impura llena de pureza. Me desborda la paradoja de su vida.

Sonríen mientras les duele. Perdonan mientras caen por el dolor de la herida. Abrazan mientras los golpean. Y miran a Dios ante cada paso que dan, ante cada decisión que toman.

Shutterstock | Dean Drobot

Mi envidia es sana, sólo quiero ser como ellos. Quiero el don que tienen, la gracia que los transforma. Decía el padre José Kentenich:

«Una aspiración individual y comunitaria a una santidad heroica, una aspiración de tal naturaleza solo es posible cuando los dones del Espíritu Santo se despliegan sin obstáculos»[1].

Aquel que me cambia

Necesito dejar que el Espíritu Santo actúe en mí venciendo los obstáculos que pongo en mi debilidad. La envidia que tengo hace que no deje de luchar por allanar el camino.

Yo pongo de mi parte tratando de cuidar la intención que me mueve por dentro. No busco ser yo el centro, el primero. Dejo que sea Dios con su Espíritu el que me vaya cambiando.

La santidad que anhelo es la que vive la vida como un paso hacia el cielo. No se trata de cumplirlo todo sino de hacer mejor lo que Dios me pide. Hacerlo con alegría.

Vivir anclado en el cielo, navegando hondo en los mares de mi alma, en los mares de Dios.

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Me gusta esa sonrisa amplia de los santos. Esa mirada misericordiosa que siempre tienen. Esa paz que no sé de dónde la sacan.

No hacen todo bien, no cumplen con todo. Eso también me gusta. Porque a veces me parece que no puedo cometer errores, tomar caminos equivocados o desviarme lo más mínimo.

Y esa férrea tensión y disciplina acaban matando mi ánimo. Me gusta más esa santidad que es pertenencia. Que se mueve en el juego del perdón constante y no se dedica a esquivar grandes pecados.

Un confesor le preguntaba a una persona con mirada pura: «¿Y no tienes nada que sea materia grave de confesión?». Ella sólo había mencionado su egoísmo como actitud del alma. El confesor esperaba pecados más concretos. «Eso es sólo un sentimiento», le dijo. Eran quizás dos miradas enfrentadas. Dos puntos de vista muy diferentes.

Me despierta envidia esa sensibilidad que era capaz de ver egoísmo donde yo sólo veo entrega. Y era incapaz de mencionar hechos dignos de una gran penitencia, tal vez no los había.

Esas almas puras a mí me enamoran y despiertan en mi corazón el deseo de dejarme tocar por Dios hasta lo más hondo. Sólo así mi mirada será más verdadera.

[1] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta de Peter Locher, Jonathan Niehaus

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