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Por qué cuesta tanto consultar al psiquiatra

GRUPA WSPARCIA
shisu_ka | Shutterstock
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Seguro que conoces a alguien con problemas de salud mental. Alguien que sufre más de lo normal. Alguien que no entiende ni puede afrontar el sufrimiento del día a día. O quizás ese alguien eres tú.

Pedir ayuda no es algo fácil. Supone reconocer que hay un problema, que ese problema afecta a nuestra vida y, sobre todo, reconocer que “solo no puedo”.

Buscar ayuda psiquiátrica es todavía más difícil. El concepto “psiquiatría” asusta. Implica popularmente gravedad, miedo, estigma, comportamientos extraños… Digo popularmente porque esto no es necesariamente cierto.Porque se puede ir al psiquiatra y padecer una patología leve. Se puede ir al psiquiatra y no precisar tratamiento farmacológico. Se puede ser religioso, y necesitar ayuda psiquiátrica, sin que esto suponga un tabú o sea incompatible con su fe.

Los psiquiatras no tenemos muy buena imagen a nivel histórico. Ir al psiquiatra se ha relacionado durante mucho tiempo con “estar loco”. Pero la realidad nos hace ver cada vez más, y más aún en estos tiempos de pandemia, que la salud mental es un aspecto vital que nos afecta a todos.

En la actualidad estamos todos viviendo una situación estresante, tan excepcional como desconocida. La resiliencia de cada uno se está poniendo a prueba. Muchas estrategias para afrontarla están fracasando, como es lógico y previsible. Por eso, seguro que a tu alrededor estás viendo tambalearse personas que creías inquebrantables.

¿Has pasado por lo mismo?

Ahora bien: ¿cómo le explico yo a esa persona que creo que le ayudaría consultar a un psiquiatra? Es un tema delicado. Nos da miedo lo que no entendemos, y suele resultar difícil empatizar o comprenderse entre sí.

Por eso, si tú has superado con ayuda de un psiquiatra una situación de sufrimiento similar, ya tienes más de la mitad del camino hecho. Te resultará más fácil empatizar con quien intentas ayudar. Ayudar desde la teoría se puede, pero es bastante más difícil.

Esto no implica necesariamente que tú cuentes tu experiencia personal. Pero si tú has pasado por ello, la conversación fluye mejor. Y eso lo percibe el otro, al que le importa mucho la mirada que tengas sobre él.

Si en cambio no has pasado por una situación similar, te costará un esfuerzo “extra” ponerte su lugar. Y, en este punto, muchos que intentan ayudar se rinden.

¿Por qué quieres ayudarle?

A veces vienen a mi consulta familiares o amigos que indican que su comportamiento es “molesto”. Esta valoración es percibida por el enfermo, lo que le puede provocar un rechazo por su parte.

¿Lo ideal? Que aquella persona a la que aconsejas ir al psiquiatra vea que intentas ayudarle porque te importa. Porque sufres con ella. Porque la quieres. Porque quieres de verdad ayudarle y no sabes cómo.

Esto implica que no va a ser algo que le impongas. Ha de ser una propuesta. Incluso puedes ofrecerte a acompañarle hasta la puerta de la consulta.

Comentarle que le va a ayudar desgranar objetivamente las consecuencias de esa depresión, de esa ansiedad, de ese estado de manía dentro de un trastorno bipolar que está poniendo su vida patas arriba..

Pero sobre todo le va a ayudar que le hables desde la calma, desde la paciencia, y desde el aprecio incondicional. Que le des tiempo y espacio. Que le expliques que, si necesitara medicación, el psiquiatra le explicará por qué, cómo y para qué.

Está claro que no podríamos actuar igual ante un enfermo con una psicopatía grave, con adicciones, riesgo de suicidio, o agresividad. No me refiero  a ese tipo de paciente.

En este primer artículo buscamos atender a esa persona que, quizás, unos meses después de esa conversación de la que a lo mejor ya ni te acuerdas, acude al médico y, con más probabilidad, al contar con su ayuda, salga del agujero resbaladizo donde está. Y, pasado un tiempo, cuando ya esté recuperada, puede ver sufrir a otra persona tal y como ella sufría antes. Y, en ese momento, tal vez pueda ser la ayuda que esa otra persona necesite.

Así, lograríamos que la ayuda se extienda lo máximo posible, en lugar del miedo, los prejuicios o el sinsentido.

 

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