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Nicaragua: ¿Hay una guerra frontal contra la Iglesia católica?

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¿Acaso los más de 20 ataques sufridos en menos de dos años son fruto del azar?

Nadie puede decir que 24 ataques directos en los últimos veinte meses sean producto de la casualidad.  Y ése es el número de ataques que el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CNIDH) ha dado a conocer después de que el viernes pasado un delincuente explotara una bomba molotov en el altar de la Capilla de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua.

Actos terroristas

No, no es, de ninguna manera, casualidad.  Es fruto de una acción orquestada, sistemática, de hostigamiento por parte de los aliados del presidente Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, quien actúa como vicepresidenta del país centroamericano.  El último, el de la Sangre de Cristo, dio al traste con una imagen venerada desde hace 384 años por los católicos.  Hoy se encuentra completamente calcinada.

 

 

Una testigo de este último ataque dijo a La Prensa, el periódico de oposición al régimen sandinista: “Fue un ataque coordinado”.  Quizá no con esas palabras, pero muestra que en el pueblo fiel existe, con claridad, la idea que se trata de una consigna.

Lo mismo opinó el arzobispo de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, quien dijo que se trató de un “acto terrorista”, en tanto que la arquidiócesis de Managua se trató, sencillamente, de “un acto premeditado”. Y abundó: «Es un acto, totalmente condenable, de sacrilegio y profanación, por el cual debemos permanecer en oración constante, para derrotar a las fuerzas del mal».

Al término de la Misa dominical en la Catedral de Managua y tras de que la vicepresidenta Rosario Murillo dijera que «ese fuego comenzó, por las velas de los fieles, por lo que se quemaron las cortinas y las flores», el cardenal Brenes subrayó: «No hay velas ni cortinas, por lo que no podemos pensar que el fuego pueda ser el resultado de la caída de una vela. Fue un acto de terrorismo incendiario (producido) por una poderosa bomba”.

Recuento de horrores

El CNIDH hizo el recuento desde que el 5 de diciembre de 2018, apenas tres días más tarde que Ortega acusara a los obispos de «criminales y golpistas», una mujer de nacionalidad rusa agrediera con ácido sulfúrico –en la misma Catedral de Managua—al padre Mario Guevara, mientras confesaba, hasta el ataque a la Capilla de la Sangre de Cristo.

En el intermedio hay golpizas, cerco a los templos, bombas aturdidoras, impedimentos a los fieles de entrar en el templo hasta actos que merecieron el repudio internacional, como el del 28 de agosto de 2019, cuando fuerzas del choque del FSLN en complicidad con la policía rodearon, acosaron y atacaron la iglesia San Miguel Arcángel en Masaya y a los asistentes de un oficio religioso por los presos políticos y amenazaron de muerte al padre Edwin Román.

O el del 18 de noviembre del mismo año, la toma y el ataque a la Catedral de Managua, donde grupo de madres de presos políticos resolvieron realizar huelga de hambre en apoyo a la parroquia San Miguel Arcángel y exigiendo libertad para los presos políticos. Simultáneamente, policías y paramilitares rodearon la zona, cerraron las entradas y terminaron golpeando al vicario, Rodolfo López, a Sor Arelys Guzmán y provocando daños en el templo.

Una misión que no se calla

 Frente a este panorama desolador, la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN), respondió con un comunicado diciendo: «La iglesia siempre será rechazada por aquellos que no aceptan la Verdad que predica (…) hacer uso de la violencia para silenciar la voz profética de la Iglesia no significa que debemos dejar de animar a nuestro pueblo a cumplir la misión evangelizadora que Cristo mismo nos ha confiado».

Por su parte, el obispo auxiliar de Managua, Silvio José Báez, desde Rima, a donde tuvo que refugiarse por orden del Papa Francisco, dijo: «La imagen de la Sangre de Cristo destruida por un acto terrorista en la Catedral de Managua es para el país un recuerdo vivo y conmovedor de un Dios que no solo llevó nuestros sufrimientos en la cruz, sino que continúa sufriendo en nuestro pueblo oprimido, para al final resucitar con libertad y justicia».

 

 

La guerra contra la Iglesia católica ha sido declarada.  Y parece que esta Iglesia mártir no tendrá reposo mientras Daniel Ortega y Rosario Murillo sigan al frente del gobierno y controlando a las fuerzas militares y paramilitares que son afines al gobierno sandinista.

Los actos hablan más que todas las justificaciones.  Y las justificaciones como las de las velas «que provocaron» el incendio en la Capilla de la Sangre de Cristo, muestran el desprecio hacia la Iglesia católica y hacia el pueblo fiel nicaragüense.

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