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¿La salud? ¿La vida humana? ¿Cuál es el valor absoluto?

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Leyendo los signos de la Covid-19: Lecciones morales de la pandemia del coronavirus

Durante la actual pandemia, ha aflorado con vigor e incluso intempestivamente parte de lo que muchos albergaban en su interior. Esto, tanto en la forma de reacciones más o menos virulentas como en la manera del resurgir de nuestros más hondos anhelos.

Nuestra ambivalencia humana ha vuelto a manifestarse con claridad.

Así, por poner un ejemplo, aquello que ha progresado más intensamente, en cuanto a su difusión telecomunicativa, a lo largo de este tiempo de confinamiento y de encierro, tanto en la red de redes –internet- como en otros medios, ha resultado de una extrema polaridad: por una parte, la pornografía; y de otra, los recursos telemáticos vinculados a lo espiritual (meditaciones, oraciones, celebraciones litúrgicas a distancia, mensajes de carga religiosa, testimonios personales, etc.).

¿Quiere esto decir que los humanos seguimos constituyendo, en el fondo y de modo inveterado e invariable, a pesar del paso del tiempo y de las crisis, unos seres de extremos, propensos a la radicalización, pendulares?

La antropología cultural y filosófica así lo han postulado.

Sin embargo, también debemos advertir que estos movimientos extremados obedecen a otro factor, igualmente ligado a nuestra naturaleza humana.

Se trata del dato de que las situaciones extremas acostumbran a sacar de nuestro interior lo peor y lo mejor que late en nosotros.

Por ello, saber cómo es en realidad una persona, en su fondo, aconseja el observarla en estas situaciones límite. Ello deriva del hecho de que los límites definen las realidades, por cuanto indican qué son y qué no son, en definitiva.

Ahora bien, no por ello conviene experimentar con las personas, cual en un peligroso juego, llevando a los sujetos a sus límites cuando no resulta preciso.

El post-humanismo actual tiene también sus limitaciones. En cierta forma, ha quedado en evidencia y se han revelado sus fragilidades con lo vivido en este tiempo.

Nos hemos dado cuenta del profundo valor que tiene todo lo humano para cada uno de nosotros. El encuentro con los otros, la posibilidad de abrazarnos, de hablarnos cara a cara, lo cálido de una caricia, de un beso…

Todo ello no tiene parangón ni substituto posible, pues no lo pueden todo nuestras pantallas y artefactos. La comunión física, también con el Señor, por encima de todo y ante todo, constituye un regalo irremplazable.

El valor único de la persona ha brillado, cual una joya espléndida, en medio de esta avalancha de cifras anónimas desde el rostro vulnerable y menesteroso –E. Lévinas, san Juan Pablo II o, en España, J. M. Burgos- de cada una de las víctimas y de los de quienes han combatido con entrega y hasta heroicidad la pandemia.

El Personalismo, comprendido del mejor modo posible, parece reivindicar, a vista de los acontecimientos, la necesidad
de verse atendido con una renovada pujanza.

Otra honda lección de esta dura experiencia se halla en la presencia siempre latente de la muerte.

Quizás quisimos desdeñar el poder segador de su guadaña durante demasiado tiempo, refugiados tras el telón de nuestro materialismo y de la ilusión de su poderío.

Mas no es sabio minusvalorar el papel que posee la vieja cazadora en nuestra existencia.

Aunque, asimismo, precisamente, ante sus descarnados asaltos, ha cobrado relieve la fecundidad y belleza de ese don y regalo inmenso que se encuentra en el hecho de nuestro estar vivos.

Con razón, Thomas Mann aconsejaba: «Medita sobre la muerte, pero sé amigo de la vida«.

Frente a los agoreros que, en medio de esta crisis, todavía se empeñan en proclamar la muerte del hombre, como pretendieron los estructuralistas y positivistas, tras la supuesta muerte de Dios predicada por Nietzsche, esta pandemia enseña que ni el hombre ni Dios han muerto, sino que al contrario claman por su lugar inestimable.

Tal vez, situaciones extremas de este tipo condujeron a su vez al poeta Tagore a testimoniarlo, cuando escribió profético «La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido».

No podemos aquí sino aplaudir la aparición de la obra del Papa Francisco La vida después de la pandemia. En ella, se nos invita a prepararnos para esta etapa post-covid.

Sus palabras nos advierten de que el peor virus se halla en el egoísmo. También, como familia humana, se nos propone leer con sabiduría los signos de la Covid-19.

Según el Papa, debemos de cuidarnos de una epidemia todavía más destructiva: la de la indiferencia con nuestro prójimo.

Frente a ella, Francisco señala como únicos anticuerpos verdaderamente eficaces: la justicia, la caridad, la solidaridad y la valentía de vivir la civilización del amor.

Sobre este último, qué hermosa y certera se muestra, ahora, todavía en mitad de la pandemia, su afirmación acerca de que, si bien la vida humana constituye un don sagrado e inviolable, el Amor representa el valor absoluto.

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