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El miedo al tiempo

STAIRS

KEITH ELLWOOD | (CC BY 2.0)

Manuel Ballester - publicado el 15/04/20

Historia de una escalera (1948) es una de las obras más célebres de Antonio Buero Vallejo (1916-2000). Con ella obtuvo el Premio Lope de Vega (1949)

El compromiso de Buero con el comunismo ha llevado a sostener que esa obra (estrenada y premiada en la España de Franco) es una crítica a las condiciones sociales del franquismo. Podría interpretarse así, naturalmente. Pero ese enfoque haría un flaco favor a la obra que, entonces, no tendría nada que decir a los lectores actuales.

Pienso, por el contrario, que Historia de una escalera es un relato que capta la atención del espectador y del lector porque, como ocurre con la buena literatura, le atañe. Muestra qué nos pasa, qué nos ha pasado y qué puede pasarnos. Así nos entretiene, nos permite entender mejor nuestra vida y nos invita a orientarnos en la existencia.

ANTONIO BUERO VALLEJO
Nuria nml-(CC BY-SA 3.0)

La acción transcurre en el rellano de una escalera a la que se asoman cuatro puertas, cuatro familias, a lo largo de 30 años. Por la escalera transitan personajes varios en un ambiente oscuro. Contemplamos sus acciones y actitudes.

Sugiero fijarnos en dos jóvenes amigos: Fernando y Urbano.

De Fernando habla su madre de un modo cariñoso: “¡Tiene muchos proyectos! Quiere ser delineante, ingeniero, ¡qué sé yo! Y no hace más que leer y pensar. Siempre tumbado en la cama, pensando en sus proyectos”; las vecinas lo consideran unánimemente guapo y un seductor pero el matiz que apuntaba su madre (“siempre tumbado en la cama, en sus proyectos”) va cogiendo más fuerza cuando dicen de él que “ese gandulazo es muy simpático”. Con tanto afecto como confianza, su amigo Urbano le espeta: “eres un soñador. ¡Y un gandul!”.

De modo que Fernando tiene proyectos. Es consciente de su pobreza y quiere triunfar en la vida, abandonar esa opresiva escalera en la que la gente vive como confinada, como condenada a no prosperar. Él no, él saldrá adelante, escalará socialmente, triunfará… tiene proyectos, sueños, ilusiones…

Urbano, por su parte, es un sindicalista digno. Le muestra la camaradería, el esfuerzo por prosperar pero no sólo por él mismo sino para que todos mejoren. Es, obviamente, el personaje que Buero introduce para hacer de contrapunto al planteamiento “egoísta” de Fernando, en el que intenta despertar la “conciencia de clase”: “eres un desgraciado. Y lo peor es que no lo sabes. Los pobres diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es el sindicato. ¡Solidaridad! Ésa es nuestra palabra”.

Se respira un ambiente de necesidad: los acontecimientos se desarrollan inevitablemente al margen de las acciones y actitudes de los individuos. Incluso la dignidad del sindicalista sabe que sueñan un imposible, que están irremediablemente abocados al fracaso: “Ya sé que yo no llegaré muy lejos; y tampoco tú llegarás”.

La obra asume así la forma que la antigua mitología representaba mediante la figura de Sísifo, condenado a bregar y esforzarse para elevar una roca hasta la cima de una montaña para que, una vez arriba, ésta vuelva a rodar y haya que volver a subirla. Y eso es la vida: trabajo, sacrificio, siempre; pero sin progresar ni un ápice. Normal, por eso, que Camus tomase a Sísifo como exponente del absurdo. Y esa es la imagen que transparenta la Historia de una escalera.

ANTONIO BUERO VALLEJO
AUSTRAL

Hay otras figuras, como el cuento de la lechera. Así queda aludido en la obra: Fernando quiere a Carmina, que vuelve con un recipiente lleno de leche, una lechera que deja en el suelo para escucharlo:

“Carmina, desde mañana voy a trabajar de firme por ti. Quiero salir de esta pobreza, de este sucio ambiente. Salir y sacarte a ti. Dejar para siempre los chismorreos, las broncas entre vecinos… Acabar con la angustia del dinero escaso […] voy a estudiar mucho, ¿sabes? Mucho. Primero me haré delineante. ¡Eso es fácil! En un año… Como para entonces ya ganaré bastante, estudiaré para aparejador. Tres años. Dentro de cuatro años seré un aparejador solicitado por todos los arquitectos. Ganaré mucho dinero. Por entonces tú serás ya mi mujercita, y viviremos en otro barrio, en un pisito limpio y tranquilo. Yo seguiré estudiando. ¿Quién sabe? Puede que para entonces me haga ingeniero. Y como una cosa no es incompatible con la otra, publicaré un libro de poesías, un libro que tendrá mucho éxito…

CARMINA.— (Que le ha escuchado extasiada.) ¡Qué felices seremos!

(Se inclina para besarla y da un golpe con el pie a la lechera, que se derrama estrepitosamente).”.

Fernando es, ya lo hemos visto, un crítico implacable de sus condiciones de vida así como un soñador inoperante, incapaz de ocuparse para realizar sus proyectos. Urbano, el sindicalista, comparte la conciencia de su situación de miseria: “Ya sé que no soy más que un obrero. No tengo cultura ni puedo aspirar a ser nada importante… Así es mejor. Así no tendré que sufrir ninguna decepción, como otros sufren”.

Con estos planteamientos vitales, la atmósfera claustrofóbica de la escalera se perpetúa. Así, con “la tristeza que la desilusión y las penas ha puesto en el rostro” los personajes que en el primer acto eran unos jóvenes oyen con melancolía decir a sus hijos las mismas frases que ellos pronunciaron. Y el espectador percibe el eco de Sísifo cuando vuelve a repetirse el mismo cuento de la lechera.

Se entiende así que uno de los personajes, en un momento de reflexión diga: “¡Es que le tengo miedo al tiempo! Es lo que más me hace sufrir. Ver cómo pasan los días, y los años…, sin que nada cambie.”.

Quizá ahí esté la clave: para Sísifo el paso del tiempo no cambia nada, por eso la vida así enfocada es absurda (Camus). Sísifo, y los personajes de Buero, responden siempre igual a circunstancias siempre iguales. No cabe, por tanto, esperanza alguna y, por eso, esa vida es un infierno; así lo entiende Dante cuando a la entrada del infierno coloca precisamente esa indicación: “Abandonad aquí toda esperanza”.

Porque si el tiempo no cambia nada y no hay esperanza, entonces la vida es un infierno.

No obstante, las cosas podrían ser de otro modo.

El tiempo por sí mismo no cambia nada. Pero puede ocurrir que las circunstancias condicionen pero no determinen. Los personajes de Buero son juguetes en manos del destino: no sospechan que el punto de apoyo para cambiar el mundo es su libertad. El tiempo no cambia nada; pero cada uno de nosotros puede cambiar el curso del tiempo.

La libertad tiene que ver con la firme determinación que impulsa acciones realistas concretas. La libertad es muy distinta de los deseos que nos ilusionan momentáneamente. Porque, sin olvidar las deficiencias propias e inconvenientes ambientales, se hace fuerte en el diagnóstico lúcido de qué aspectos podemos cambiar y en el esfuerzo por hacerlo realmente. Así es como la persona escapa a la necesidad, a la opresión de las circunstancias adversas y construye su vida con lucidez y alegría.

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