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¿Orgulloso o competente? El éxito que vale de verdad

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Shutterstock | Estrada Anton

Orfa Astorga - publicado el 31/12/19

Algunas personas se centran solo en el éxito profesional descuidando todos sus amores, sin darse cuenta de que en el ineludible destino de la jubilación se han de encontrar con un triste balance humano fuera del ámbito laboral...

El buen orgullo es humanamente positivo cuando se origina en sentimientos nobles que tienen que ver con el bien del ser de la persona, como el nacimiento de un hijo, un logro académico o la estatura moral de un amigo o pariente, entre otros.

El deseo de competir también es bueno cuando obedece a afanes nobles que ponen en juego lo mejor de la naturaleza, sin menoscabo de ningún valor.

Sin embargo, existe la mala combinación del mal orgullo con el espíritu competitivo, donde el legítimo deseo de autosuperación de quien busca realizar lo mejor de su naturaleza personal es sustituido por el solo deseo de ser y tener más que los demás

Y el mal orgullo es insaciable.

Llevados por este sentimiento, algunas personas se centran solo en el éxito profesional descuidando todos sus amores, sin darse cuenta de que en el ineludible destino de la jubilación se han de encontrar con un triste balance humano fuera del ámbito laboral. 

En ese momento podrían llegar a sentir que están de más.

Son personas “exitosas” que al llegar a esta etapa se quejan en forma de reclamo hacia quienes consideran que “les deben”, aferrándose a un afán posesivo sobre cosas y personas que los van dejando atrás.

Un sentimiento que suelen expresar en frases como “no me lo reconocen ni agradecen”, “trabajé mucho, pero fue por darle lo mejor a mi familia”, “los que se decían mis amigos me buscaban solo por interés”.

Lo cierto es que todo lo hicieron por orgullo y codicia, creyendo que el dinero todo lo consigue, como el amor de una familia, el afecto y reconocimientos de propios y extraños.

Eso explica que desde ese “su éxito” no hayan sabido amar, y esperaron solo que los amaran; no se entregaron, mas exigieron que se les entregaran, y además fueron unos tiranos, susceptibles, desconfiados, que difícilmente reconocían haberse equivocado.

¿Cómo empezó el germen de su mal orgullo?

Es probable que, cuando siendo estudiantes no aspirasen al saber, sino a la máxima calificación de su grupo, a ser el mejor en tal deporte, o el más sobresaliente en esto o lo otro…

Luego en la vida profesional, sus amigos, compañeros de trabajo y hasta su propia familia se convirtieron en escalones por los cuales ascender hacia su éxito personal.

Éxito que significaba ser el de la mejor casa, las mejores vacaciones, mejores cosas que comer y beber, con el orgullo de ser un hombre más rico que ningún otro, y claro, con más poder, que es lo que el orgulloso más disfruta.

Bastaba que el vecino o un conocido comprara un mejor coche, una mejor casa u obtuviera algún reconocimiento para que su propio coche, casa o títulos le aparecieran de pronto desabridos.

Porque su orgullo se fundaba no en el placer de lograr las cosas, sino en tener más que los demás.

Para el competitivo por orgullo es por las comparaciones en las que resulta en un plano superior que encuentra color y sabor a sus logros, mismos que le dan la oportunidad de ver a los demás por encima del hombro y con la condescendencia de hacer favores con cierto gusto, porque en el fondo se alegra de ver a los demás necesitados.

Cuando no sucede así suele ser presa de la envidia y la insatisfacción, por lo que es difícil que no se alegre ante los supuestos fracasos y defectos de quien es el envidiado.

Y jugando siempre a no perder… se pierde todo al ganar, pues es precisamente en el terreno del amor humano donde en las comparaciones no salen favorecidos.

Por este camino, el paso del tiempo pone de relieve entonces a un ser empobrecido, frustrado e íntimamente angustiado ante la pérdida del sentido que había dado a su vida.

Sin embargo, como sentido indica dirección para llegar a un puerto, a un destino, bien puede aún dar un definitivo golpe de timón y corregir el rumbo en el trecho que aún queda por recorrer, ya que el verdadero sentido de la vida solo se alcanza al final, llegando a puerto seguro por haber navegado bien.

Y la virtud de humildad es como la estrella que orienta al buen navegante en la limpieza de su corazón.

Es necesario admitir que el mal del orgullo nos concierne a todos; en mayor o menor medida todos padecemos este mal y sufrimos sus consecuencias.

Reconocerlo es la mitad de la solución, pues habla ya de un principio de humildad, y es la humildad precisamente su antídoto más eficaz.

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

Tags:
orgullo
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