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Orgullo, indiferencia, egoísmo,... ¿Sabes reconocer tus faltas?

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Shutterstock | Dean Drobot

Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/10/19

Una mirada autocrítica te acerca a la realidad ¡y a los demás!

A veces Jesús habla en parábolas «a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás».

Quiere que yo aprenda a mirar con amor al débil, a reconocerlo herido y a acudir en su ayuda. A buscarlo cuando ha sido despreciado. Quiere que no me crea justo y ya salvado.

A veces creo que estoy haciendo las cosas bien y me creo mejor que otros. Me siento seguro y no quiero que me quiten nada de lo que poseo. Tal vez me sucede que rezo como el fariseo de la parábola:

«El fariseo, erguido, oraba así en su interior: – ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».

Me siento justificado. Me fijo con orgullo en mis buenas obras. No robo, ni mato, ni cometo adulterio, ni soy injusto. Me creo santificado, justificado por mis méritos.

Y miro con desprecio a los que no son como yo. A los débiles, a los caídos, a los pobres e ignorantes, a los que han fallado y pecado públicamente.

Guardo mi tesoro en una vasija de barro, pero creo que es de oro, resistente. ¡Cuánta vanidad hay en mis pensamientos!Yo estoy bien, pienso, y los demás mal. El violento está mal y yo soy pacífico.

¿Puede ser que con mis actitudes egoístas esté alimentando el odio y la rabia en otros? Puede ser, me cuesta verlo.

Vivo cerrado en lo mío. Pendiente de mis necesidades. Vivo satisfecho con mi vida. Yo estoy bien, pienso egoístamente. No hay que cambiar nada. Que no me quiten lo que tengo y me corresponde por derecho.

Tengo el corazón enfermo. Un entrenador decía del tenista al que enseñaba: «Es necesario tener un buen sentido de la autocrítica y siempre he intentado que nunca se justificara o pusiera excusas».

Veo que me sucede con frecuencia. Me excuso y no considero que haya obrado mal nunca. ¡Qué debilidad la mía! No veo la viga en mi ojo y veo fácilmente el pecado de los demás. Leía el otro día:

«La razón humana es capaz de disculpar cualquier maldad; por eso es tan importante que no confiemos en ella».

He recibido mucho en mi vida y considero que es justo. Otros han recibido menos, han sido agraviados, tratados injustamente. Pero yo no le doy importancia.

Me creo mejor que otros. Cuando Dios me ha dado más oportunidades. Sólo tengo que ser mejor y dar más de lo recibido. Estar atento al débil. No quiero que me cambien nada porque me siento en paz conmigo mismo.

Me falta una mirada más autocrítica. Los demás ven en mí deficiencias que yo no veo. El orgullo y la vanidad me ciegan.

El fariseo va al altar lleno de sí mismo, de sus logros, de sus méritos. Me da miedo que mi vida de cristiano consista en acumular méritos. Y vivir satisfecho por la vida que llevo. Sin exigirme más. Feliz de ser como soy.

Como si el mundo tuviera que agradecerme por todo lo que entrego, por lo que soy. Es el peligro de creerme bueno. No hago nada malo. Trato bien a todos. Pero no veo a mi prójimo que sufre junto a mí.

Miro a Dios y pienso que tiene que estar agradecido. Hago tanto por Él. Un Dios justo que paga con creces al que más hace. Mi mirada distorsionada me hace ver lo bueno que hago y sentir que son los demás los que viven en un error.

Peco de omisión cuando me siento justificado. Renuncio a la caridad. No lucho por acabar con las desigualdades. Me cuesta ver mis omisiones. Son muchas.

Hoy veo a muchas personas que no se confiesan porque creen que no tienen nada por lo que pedir perdón. No cometen grandes pecados, tal vez.

Pero se acostumbran a vivir actitudes que en sí mismas son pecaminosas. Viven con indiferencia ante al mal del pobre, del agraviado, del herido. Una forma enferma de vivir, de amar, de darse.

El egoísmo se ha convertido en algo habitual en su alma. No ven nada digno de ser confesado. Las faltas de siempre, me dicen. Pequeñas, casi insignificantes. No son dignas ni de ser mencionadas. Esa forma de mirar está enferma. Otras veces el sentimiento de culpa es reprimido. Dice el Padre Kentenich:

«Muchos hombres no pueden soportar su sentimiento de culpa, y por eso lo niegan. Y cuanto más lo nieguen, tanto más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana colapsarán también corporalmente».

En ocasiones no es la falta de sentimiento de culpa. Sino el sufrimiento por la misma lo que lleva a negarla, a no querer reconocerla. La culpa es acallada, negada, escondida. Esa represión no es buena. Hace daño y acabará estallando.

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