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La oración del cardenal Newman propuesta por el Papa Francisco 

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El Pontífice evocó el testimonio del cardenal Newman tras la ceremonia de su canonización en el Vaticano:  Por una “santidad de lo cotidiano”. 

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En la homilía, domingo 13 de octubre, tras el rito de canonización en el Atrio de la Basílica Vaticana, el papa Francisco, insistió: “Pidamos ser así, “luces amables” en medio de la oscuridad del mundo. Jesús, «quédate con nosotros y así comenzaremos a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás» (Meditations on Christian Doctrine, VII,3). Amén!”. 

A los fieles del mundo y a los 50.000 congregados en la Plaza de San Pedro, el papa Francisco ha propuesto la santidad de lo cotidiano a la que se refiere el santo cardenal John Henry Newman (1801-1890)  cuando dice:

El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa y escondida que el mundo no ve. […] El cristiano es alegre, sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, […] con tan pocas cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista fácilmente se diría que es un hombre corriente» (Parochial and Plain Sermons, V,5)”. 

Newman pasó de ser sacerdote anglicano a purpurado católico y fundador del Oratorio de San Filippo Neri en Inglaterra. En los más profundo de su corazón sale a relucir el encuentro con Jesús. Él se preguntaba: ¿Puede una Iglesia, iniciada por un rey, ser la verdadera Iglesia de Cristo? La respuesta le llega durante su viaje a Italia donde se enferma y rezando por su recuperación se abandona completamente a Dios.

A continuación, proponemos la oración del cardenal Newman escrita en 1833 en una nave que lo llevaba de Sicilia hasta el Reino Unido.  

Guíame, Luz Amable, entre tanta tiniebla espesa,
¡llévame Tú!

Estoy lejos de casa, es noche prieta y densa,
¡ llévame Tú!

Guarda mis pasos; no pido ver
Confines ni horizontes, sólo un paso más me basta.

Yo antes no era así, jamás pensé en que
Tú me llevaras.

Decidía, escogía, agitado; pero ahora,
¡llévame Tú!

Yo amaba el lustre fascinante de la vida y, aun temiendo,
Sedujo mi alma el amor propio: no guardes cuentas del pasado.

Si me has librado ahora con tu amor, es que tu Luz
Me seguirá guiando

Entre páramos barrizos, cárcavas y breñales, hasta que
La noche huya

Y con el alba, estalle la sonrisa de los ángeles,
La que perdí, la que anhelo desde siempre.

En el mar, 16 de junio de 1833

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