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¿Por qué hay que preservar la inocencia en la infancia?

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¿Es bueno protegerles del mal del mundo? ¿No se les está impidiendo crecer y aprender a defenderse?

La inocencia de la infancia es para muchos un estado natural en la vida de todo niño y niña que debe ser preservado.

Otras teorías más radicales consideran que este es un estado no natural sino construido  por determinadas estructuras sociales que,  por ejemplo, en Occidente, protegen a la infancia en aras a determinados intereses de clase.  Esta postura consideraría que preservar la inocencia  es una actitud muy discutible. En este sentido propondrían una educación sexual desde los tres años.

Pero desde estas líneas no estamos de acuerdo en esta precoz educación sexual.  En estas líneas consideramos que esta inocencia natural es la condición de posibilidad de una maduración sosegada en la primera infancia (0-6) sobre la que se despliega  en la segunda infancia (7-11)  nuevos pasos, nueva información, que llevan a una adolescencia equilibrada (12-18).

No se trata de generar un Peter Pan que nunca crece, que permanece fatalmente siempre instalado en una infancia interminable. Los padres hiper-parentales podrían estar perpetrando un atentado “contra” sus hijos si no le permiten hacerse responsable de su propia vida.

Si la infancia, si la inocencia de la infancia, es ese periodo feliz de ensayo-error, de intentar avances sin responsabilidades, sin miedos o grandes fracasos, la llegada de la adolescencia exige ensayar ya casi sin red y saber que vivir en sociedad supone calibrar las consecuencias en función de los actos que uno realiza.  Porque no dejaríamos salir por la noche a un niño de 7 años pero sí daríamos los primeros pasos, con sus límites,  en las primeras salidas nocturnas de un chico de 16.

Camino de la vida adulta ya no valen los cuentos que explica Wendy sino que se deben comenzar a  asumir  las responsabilidades que plantea la madurez unida a la autonomía de valerse por sí mimo.

No hay que correr

Pero no hay que correr. Preservar una mirada inocente e intocada en la primera infancia, llena de receptividad y atención supone facilitarle al niño, al hijo, un afán de saber, de descubrir y explorar que ha perdido aquel niño que lo ha visto todo, lo sabe todo, y que, sobrestimulado a menudo por las pantallas, nada le parece relevante pues solo atiende a la excitación del espectáculo, de la estridencia, cuando no de la violencia y la morbosidad de un videojuego.

La atención y la capacidad de sorprenderse  que atesora un niño con altos niveles de inocencia le permite focalizarse en la novedad de cada descubrimiento: volar en avión, navegar en una pequeña o grande  embarcación, alcanzar la cima de una montaña. Entonces las preguntas brotan a raudales y si los padres son receptivos y a la vez sugieren nuevas preguntas entonces los niños se entusiasman y buscan saber más y más. 

Y entonces los padres entenderán que abrir el libro de la naturaleza, de la cultura, del arte está alcance de su mano. Salidas al campo, al bosque, visitas a los monumentos, asistencia a conciertos infantiles u obras de teatro solo pueden suponer pasos para, precisamente, conocer mejor el mundo e ir abandonando muy progresivamente la inocencia que no debe prolongarse indefinidamente.

En este capítulo están los libros: al principio muchas imágenes y progresivamente más texto. Con los libros se lleva a los niños de la ignorancia a la sabiduría, de la inocencia en un progresivo reconocimiento de los rincones más dolorosos de la vida que hay que conocer para ser cada vez más autónomo.

Ahí está la suave pero no descarnada explicación de la muerte. No hay que ser crudo pero si hay que hablar de la ausencia, de la partida. No se puede romper y amedrantar la inocencia de la infancia con elementos y conceptos que el niño aún  no maneja ni domina.

La sucesiva pérdida de inocencia

Situemos la inocencia más pura del niño hasta los seis años, quizá siete. Una segunda inocencia más avispada hasta los 11. Y una sucesiva pérdida de la inocencia, desde los 12, que nace con los tirones hormonales y las preguntas de la pubertad. Que emerge con la mentira y el desprecio, con la violencia y la frivolidad.

Hay que ir abriendo poco a poco la mano para que el niño que va superando la vulnerabilidad infantil logre, paso a paso, asumir aspectos del dolor, del mal, de la muerte, de la violencia y la sexualidad. 

Pero el niño no debe caer bajo el estrés de un dolor terrible que le paraliza ante los acontecimientos con tres años. A veces una guerra, una catástrofe natural detendrán esta inocencia. Las discusiones y la tensión de la pareja no encajan en la visión idílica que de los padres tienen los niños más pequeños. Esta agresividad daña la delicadeza del corazón del niño. Siempre es deseable preservarla para ir avanzando a un ritmo adecuado.

Qué dice la psicología

Y es que consideramos que, en el marco de la psicología evolutiva, las capacidades cognitivas, lingüísticas, afectivas y relacionales del niño progresan desde la inmadurez –ligada a la inocencia- a la madurez –ligada a una mayor capacidad de entender el mundo. Su inocencia les hace capaces  y valientes para incorporar nuevos conocimientos cada día.

Capaces de estrenar cada mañana el mundo, paladear las sorpresas que les depara la vida, la maravilla de las novedades que descubren.  La limpieza de una mirada  sin procacidad ofrece pasos para crecer.  La precocidad de un niño puede hacer reír pero al mismo tiempo deja un poso de tristeza pues ya no puede gozar del mundo sin culpa, sin ansiedad, sin miedos. Está tocado, está maleado, ha visto y oído demasiado. Y puede por ello mismo retraerse y no abrirse, cerrarse y no arriesgar ante el cúmulo de sugerentes realidades que se le abren cada día.

El niño precoz en el sentido negativo de la palabra aunque se presente como descarado, tiene miedo, está asustado y queda embargado por la sospecha de que el mundo es una realidad hostil.  Claro que el niño inocente padece miedos y dudas pero confía en los padres y estos tienen la capacidad de atenuar los recelos, de nuevo sin mentir, y también confortando al infante para que se sosiegue, se calme y siga empujando de la mano de sus cuidadores que le otorgan una seguridad muy importante para progresar equilibradamente en su conocimiento de la realidad. Sin prisas, sin sustos, sin traumas pero también poco a poco para que se asegure en su capacidad de soportar el dolor, la frustración progresivamente.

Inocencia e ignorancia

La inocencia de un niño se refleja en una inicial  ignorancia que debe ir siendo modulada con nuevos conocimientos, una ingenuidad que debe ser complementada con la perspicacia que dan los años. Entre los 0 y los 6 años se da por tanto una falta de madurez lógica a su edad (perceptiva, cognitiva, lingüística, motora, afectiva) que no debe ser acechada sino custodiada, para que la realidad vaya apareciendo ante su mente y en su corazón a medida que tiene capacidades más maduras para asumirla.

Muchos dirán que está sumido en un mundo de fantasía, de credulidad, insistimos de ignorancia, que debe ser ventilada con rapidez. No, la fantasía es esa palanca que explica metafóricamente lo que no se puede entender crudamente. 

Por ejemplo pensemos  en el embarazo del segundo hijo que mamá tiene en la barriga presentado como una semilla que allí ha dejado papá para que llegue otro hermano. No es una mentira, es una metáfora que explica lo que se irá desvelando con el tiempo. En esa dirección es bueno coordinar la preservación de la inocencia entre la familia y la escuela. Respetar la ilusión de los niños por los Reyes Magos, por ejemplo.

Si muere un abuelo de un niño de la clase hay que saber cómo presentarlo a sus compañeros. El duelo ante la muerte puede ser también metafórico: no hace falta llevarles al entierro y que vean como se desaloja un ataúd del bisabuelo para colocar ahí el del abuelo. Pero sí hablar de una partida y de una ausencia. 

La inocencia de la infancia es un andamiaje que luego se retira

La inocencia de la infancia son como unas muletas, como un vendaje, como un andamiaje que luego se retira. Ya llegará el momento de desprenderse de los apoyos, ya se producirá la oportunidad  de desvelar la verdad con más detalle. Mientras tanto hay preservar la seguridad, la confianza. En estos años aliviar preocupaciones facilitará  que estén mejor armados, más empoderados cuando su pensamiento sea capaz de analizar y procesar en abstracto aspectos de la vida aún muy alejados.

Y desde luego existen riesgos. Y un riesgo son las pantallas, y sus contenidos, el manejo de la tableta y del smartphone.  Un mes de smartphone puede acabar con la infancia de una niña de 9 años que pasa de jugar a muñecas con sus amigas a involucrarse en la redes sociales donde se va a problematizar su feminidad, su identidad, su aspecto físico, sus ideas y donde aparecerán los celos, las envidias, y una cierta agresividad en el trato.

¿Es que las redes sociales son negativas en sí mismas?  No. Es negativo que lleguen demasiado pronto y cuando deben llegar, pongamos por caso los 15 años, esta niña ya tendrá  instrumentos para lidiar con ellas. Y lidiar con ellas es también saber defender maduramente la propia privacidad/intimidad.  A los 4, 5, 6, 7 años es tiempo de jugar, de acercarse a la naturaleza, de saltar y subir a los árboles o construir cabañas (juegos universales según destaca la antropología).

Pornografía consumida por niños en la segunda infancia, en la adolescencia

Solo una línea para el consumo de pornografía por parte de niños, niñas, chicos y chicas. La pornografía  es un atentado contra el derecho de los niños a su bienestar y  su derecho a conocer la sexualidad por las vías más humanas y constructivas posibles a la edad adecuada y de la mano, de la voz, de sus seres queridos (normalmente los padres) que serán eminentemente cuidadosos y prudentes. Una sexualidad ligada a la donación, a la procreación, al compromiso fiel de la pareja.

Lo contrario es correr el riesgo de que la sexualidad se vea demasiado temprano como sexo biológico descarnado en el que el hombre a menudo es representado como un depredador agresivo y donde la  mujer suele ser vejada y tratada como un objeto.

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