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Descubre quién era Mastro Titta, el verdugo del papa

Maria Paola Daud - publicado el 09/09/19

La pena de muerte dejó de aplicarse en Roma a finales del siglo XIX. Pero aún Roma recuerda a este singular personaje que aplicaba la pena capital en los antiguos Estados Pontificios

Giovanni Battista Bugatti era uno de los personajes más conocidos y emblemáticos de Roma. Más conocido como Mastro Titta, tenía una profesión al cuanto más que particular: era el verdugo del papa. Sí, así es, en una época la pena de muerte era legal para muchos países, incluyendo los Estados Pontificios.

Oficialmente, su trabajo era el de pintor de paraguas, pero en realidad era el verdugo del Estado Pontificio, el “maestro de la justicia”. De allí deriva el término Mastro, mientras que Titta es un diminutivo de su nombre.

Bugatti tuvo una larguísima trayectoria: comenzó a los 17 años con el papa Pío VI, y se jubiló a los 86 años, con el papa Pío IX.

El verdugo anotaba meticulosamente en un cuaderno sus ejecuciones, siendo un total de 514, más dos que no fueron directamente ejecutados por él: uno fue fusilado, y el otro, ahorcado y descuartizado por su ayudante.

Con total profesionalidad, mataba a los condenados con distintas técnicas: la que más usó fue el hacha, la horca y, cuando las tropas napoleónicas entraron en Roma, en 1798, trayendo con ellas la famosa Guillotina, Mastro Titta no se pudo resistir a ella.

El verdugo vivía muy cerca del Vaticano, a dos pasos del Castel Sant´Angelo, en el «Vicolo del Campanile» pero las ejecuciones se realizaban al otro lado del Tíber, generalmente en la Piazza del Popolo o en el Campo dei Fiori.

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El día que le tocaba una ejecución se levantaba muy temprano al alba, se ponía su capa roja y atravesaba el río a través del puente para llegar al cadalso. La gente al verlo corrían la voz por toda la ciudad gritando “Mastro Titta pasa el puente”, y todos, grandes y pequeños, corrían a ver el “gran espectáculo”. En aquella época generalmente se llevaba a ver estas crueldades a los niños, como amonestación de lo que les podría pasar si no caminaban por “buen camino”. En la famosa película italiana “El Marqués de Grillo” se puede ver una escena muy «familiar» de una ejecución romana de la época.

Después de cumplir con su trabajo, volvía a su barrio, al otro lado del puente, y de allí no salía, porque le estaba prohibido por razones de seguridad, ya que su profesión le hacía ganarse muchos enemigos. De allí nace un famoso proverbio romano “Boia nun passa Ponte” (El Verdugo no pasa el puente), que significa que cada uno debe respetar su propio lugar.

Famosos escritores de la época, como Alexander Dumas, George Byron y Charles Dickens, llegaron a asistir a alguna de sus ejecuciones. Este último dijo al respecto: “En la Semana Santa de 1845, hubo una decapitación frente a San Juan Decapitado (¡irónicamente!) de la cual lo que me afectó no fue ni el acto ni la conducta del verdugo, sino el comportamiento de la gente que habían acudido para verlo: no estaban turbados y ni siquiera lo lamentaban, sino que lo veían como un normal acto de la vida cotidiana”.

El Vaticano aplicó la pena de muerte hasta el siglo XIX, bajo el papado de Pío IX, pero no se llevó a cabo ninguna ejecución desde 1929. La pena de muerte, limitada a la horca, fue abolida en 1967 por el papa Pablo VI, pero se mantuvo como pronóstico legítimo en el texto del Catecismo de la Iglesia Católica.

Solo con el Papa Juan Pablo II y su Encíclica Evangelium Vitae de 1995, el Vaticano pasó a convertirse en un decidido abolicionista, y con la revisión que entró en vigencia el 22 de febrero de 2001, el Vaticano abolió definitivamente la pena de muerte del texto de la Ley Fundamental (el equivalente de la Constitución de cualquier estado secular), que data de 1929, la fecha de nacimiento del actual Estado del Vaticano.

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