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¿Podemos ser pareja si tenemos ideas políticas distintas?

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Shutterstock | Master1305

Dolors Massot - publicado el 04/05/19

La diversidad enriquece, pero hay temas que son vitales para construir una relación sólida. ¿Dónde está la frontera? ¿Debemos marcarla desde el primer día?

Has conocido a alguien que te interesa profundamente. Una fiesta, una conversación, luego otra, un día juntos y aquello parece que va creciendo hasta que un día… en la conversación descubres que sus ideas políticas no concuerdan con las tuyas. ¿Vale la pena seguir? ¿Está condenada al fracaso una relación con alguien que es (simpatizante o militante) de otro partido político?

Conversar sobre política es algo tan delicado como una operación de cirujía, si no más. Cualquier frase puede provocar una hecatombe, cualquier idea lanzada al aire puede suponer el final de una velada apacible.

Por algo entre las leyes más recordadas del protocolo se exige que no se introduzcan en la conversación dos temas: ni religión ni política.

Pero, claro, una cosa es la «politesse» de un acto social y otra cosa el diálogo con una persona que nos interesa de forma más personal. Sobre todo, si nos estamos enamorando y pensamos qué futuro puede tener aquello.

El enamoramiento de alguna manera «ciega» el conocimiento y dirige nuestros cerebro reptiliano hacia la otra persona sin razonar demasiado acerca de sus pros y contras. Uno se enamora a primera vista y durante unos 3 años puede estar como «hipnotizado».

¿Somos capaces de tener una relación de pareja, ser novios, comprometernos y llegar a casarnos con alguien que manifiesta otras ideas políticas? Esta es la gran pregunta que se hacen mujeres y hombres a diario entre derechas e izquierdas, entre progresistas y conservadores, entre demócratas y republicanos.

¿Cómo sé que lo que ahora es solo una discusión en los días de campaña electoral no acabará siendo una brecha insalvable entre los dos?

Sobre la unión entre personas de distintas opciones políticas, el mundo está lleno de ejemplos de matrimonios felices, pero también de novios que no llegaron a cuajar.

¿Qué debo tener en cuenta?

En primer lugar, es recomendable la sinceridad. Darse a conocer implica que manifiestes con claridad cuál es tu posición ideológica. Si no te ves reflejada en ningún partido político, exprésalo y di a continuación entre qué ideas te manejas. Eso es una forma de buscar el diálogo con honestidad. No podemos fluctuar como aquella frase atribuida a Groucho Marx: «Estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros».

Hemos de distinguir entre lo esencial y lo opinable. En política se dice que todo es opinable, pero sabemos que no es así. Hay que tener en cuenta la concepción antropológica en la que basamos nuestro modelo político. El respeto a la vida, la libertad o la religión son cuestiones de primer orden. Sería difícil, por no decir imposible, esperar ser amado por una persona que manifiesta odio a la religión si uno es creyente.

El concepto de la persona que tenemos configura todo nuestro universo político, de modo que es fácil ver si esas ideas son compatibles con las nuestras: ¿qué idea tiene de la persona, de la familia, de la enseñanza, de la libertad, de la propiedad privada, del papel del Estado? Esas son las cuestiones fundamentales en las que sí hay que estar (con matices, si se quiere) en la misma onda. De ahí, en el futuro, podréis edificar vuestra familia, hijos, educación, valores…

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Shutterstock-Rawpixel.com

En cambio, estar en polos opuestos cuando se habla de planes urbanísticos, impuestos o de cómo llevar adelante un modelo sostenible de salud pública no es impedimento para que una pareja se quiera.

No hay que tener miedo a la diversidad de pensamiento político, al contrario: pensar nos hace más libres. Escuchar de la persona que nos ama argumentos que van en contra de nuestras opiniones nos hace más pacientes, dialogantes y abiertos a progresar que si nos mantenemos en nuestra «madriguera» interior.

Empatizar políticamente significa ponerse en el lugar del otro, comprender su punto de partida y su argumentario. Los orígenes, la cultura en la que hemos crecido, las malas experiencias cercanas o lejanas forman parte del tejido con el que elaboramos nuestro pensamiento. Pero todo eso se puede afinar, transformar y mejorar. Del mismo modo que hay que tener en cuenta los posibles prejuicios contra un partido, una institución o un líder. Con el diálogo se puede conseguir un acercamiento e incluso un cambio, por qué no.

Atención a querer convencer. Recuerda que puedes convencer por la fuerza de los argumentos, pero nunca intentes imponer tus argumentos por la fuerza. Incluso en los temas vitales uno no puede «imponerlos». Esta frase sirve para todo el mundo pero en especial cuando se trata de la persona a quien amas. Minar la libertad de la otra persona para que no se exprese libremente en alto destruiría vuestra relación porque desembocaría en la hipocresía o en la ruptura.

La diversidad política es un reto en positivo. Nos obliga a plantear nuestras razones con ejemplos, a mejorar la explicación, a fundamentarla mejor… Uno no puede dar nada por supuesto y ha de asegurarse de que habla en el mismo lenguaje: que las palabras quieren decir lo mismo para los dos. Respetar la diversidad es una manifestación de amor verdadero a la libertad.

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