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Testimonio de un sacerdote sobre los ataques del colectivo LGTB a la diócesis de Alcalá de Henares y la asociación "Es posible la Esperanza"

Por su interés, reproducimos el testimonio llegado a Aleteia de un sacerdote español, sobre los ataques recibidos por la diócesis de Alcalá de Henares, por el COF diocesano, por la asociación Es Posible la Esperanza, y especialmente por su responsable, Belén Vendrell, por parte de varios medios de comunicación españoles y asociaciones LGTB.

Mi nombre es Jaume y tengo 45 años, soy sacerdote. Conocí a B. V. hace unos años después de escuchar el testimonio alegre y optimista de unos chicos que estaban siendo acompañados en el C.O.F de Alcalá para superar carencias, complejos y traumas de la infancia y adolescencia.

Entiendo el rechazo general del colectivo LGTB a las terapias reparativas, sobre todo al abuso que se ha hecho de ellas especialmente en EEUU. También hago mías las consecuencias de la estigmatización social que ha supuesto el considerar la AMS (atracción al mismo sexo) una enfermedad. Si la tendencia sexual de un individuo fuese una enfermedad, ciertamente quien le acompaña en su “sanación” debería tener una formación en psicología, psiquiatría o al menos en medicina general, pero como no es así no entiendo la persecución hecha a la persona de B. V., una mujer íntegra que está ofreciendo su vida entera al acompañamiento de jóvenes que quieren vivir en plenitud lo que son y entender lo que sienten.

Lo que no conseguiré entender es que se persigan estas iniciativas que tan solo responden a una necesidad que se despierta en quienes han sido miembros de el colectivo LGTB y no han encontrado la plenitud en un estilo de vida concreto, o en personas que simplemente no se sienten completas con la vida que llevan.

¿Cómo se puede perseguir a quienes ayudan a otros con su misma experiencia, su cariño y su acompañamiento a recuperar la alegría y las ganas de vivir? ¿Nos hemos vuelto locos? Lo entendería si se usasen con estos chicos métodos represivos, manipuladores o en cualquier modo abusivos, cosa que yo nunca he presenciado ni permitiría (basta leer los testimonios que han provocado el mío).

Acercarme a esta iniciativa diocesana ha sido una de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida. Acompañar de cerca la evolución de estos chicos, ver como redescubrían su masculinidad, como recuperaban sus lazos familiares, como establecían una relación especialmente íntima con sus padres, como superaban traumas de la infancia y complejos de todo tipo fue contagiando de optimismo mi modo de ver las heridas que la vida proporciona a cada persona.

Las heridas, algo que yo mismo había rechazado en mi propia vida, se convertían en una oportunidad para recuperar lazos con los demás y con uno mismo, una oportunidad para crecer en libertad y en capacidad de amar y una oportunidad para ver como Dios puede sacar el bien del mal.

Algunos de estos chicos me pidieron que les acompañase espiritualmente y ahí pude ser testigo en primera fila de auténticos milagros y de una lucha bellísima por conquistar la felicidad más auténtica. Poco a poco me fui adentrando yo mismo en las heridas de mi infancia y gracias a ellos pude yo también enfrentar mis miedos. Gracias a ellos y a B.V. pude atreverme a bucear en los traumas de mi infancia:

para consolar a aquel niño que no supo defenderse cuando la chica que lo cuidaba abusaba sexualmente de él a la tierna edad de ocho años (y que fue abusado de diversas maneras a lo largo de su infancia y adolescencia porque cada vez que se reproducía una situación de abuso él revivía aquella primera experiencia traumática y que ya de adulto vivía con un miedo que le aterraba a ser abusado de nuevo, a no saber defenderse…);

para satisfacer su necesidad de ser afirmado como hombre (algo que me hacía ya de mayor compararse con todos los chicos sintiéndose siempre inferior) por un padre que, aunque lo quería con locura, andaba absorbido por su trabajo para que no nos faltase comodidad alguna;

para defender a aquel niño de otros niños que se reían de él porque era un chico sensible que se emocionaba fácilmente y lloraba al ver el sufrimiento en los demás;

para acompañar a aquel niño que se miraba al espejo y se veía siempre inferior y a enseñarle lo bello que es, lo perfecto que ha sido creado por Dios y lo mucho que El le ama;

para enseñar a aquel niño que había aprendido a anestesiar el dolor que le acompañaba desde su más tierna infancia con placer y más placer (algo que no hacía sino encerrarme más y más en mí mismo, apartándome de los demás y hundiéndome en la adicción), que precisamente el amor de los demás era la medicina que él necesitaba;

para presentarle a aquel niño que tanto se había sentido un marciano a un Dios que es Padre y Madre, y que lo amaba sin condiciones ni medida…

Que persigan a alguien por ayudar a otros a redescubrir la belleza de su vida, su misma capacidad de amar bien y ser amado y a sacar algo bueno de todo lo malo y traumático que ha sufrido, eso sí que debería ser perseguido por la ley. Si el precio que tengo que pagar por ayudar a otros a vivir lo que yo he vivido es la cárcel, que vengan a por mí. Les esperaré sintiéndome al fin completo, amado, amando, ayudando a otros y sin sentirme por ello superior a nadie.

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