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“¡Ni para unos zapatos!”: El duro testimonio de un médico venezolano

SHOES
Shutterstock-Be Good
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Aleteia comparte el testimonio conmovedor de un galeno venezolano de 33 años que tras atender a los heridos durante las protestas de 2014 y 2017 partió a Perú. Vendió café, fue mozo y dirigió una farmacéutica. Hoy ejerce como médico, agradecido con Dios y con los exranjeros que cariñosamente le han brindado la mano

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Una profesión formal completa y dos ejercicios legales de alto rango: médico y profesor universitario de Matemática, pero estaba literalmente pasando hambre. Partió del país como cientos de miles en los últimos años, porque “aún cuando contaba con los dos trabajos, tenía 4 años sin comprarse zapatos o ropa”.

La queja no es trivial. Anibal le contó a Aleteia que desarrolló una úlcera en el pie derecho que le salió porque su zapato “tenía una gran extensión sin suela; básicamente, apoyaba el pie desnudo sólo con la media puesta contra el pavimento”.

Vivió en primera persona las protestas que dejaron tantos muertos en las calles de Caracas, víctimas de la represión desmedida de un régimen dictactorial que aún hoy se niega a dejar el poder. Atendió a los afectados de la ola de protestas que encendieron las calles en 2014 y en 2017. La crisis humanitaria compleja le obligó a atenderse a sí mismo.

 –¿Qué edad tiene? ¿Cuál es su especialidad en medicina?

-Tengo 33 años. No tengo especialidad, porque no alcancé a hacerla. Yo estaba por iniciar el postgrado en Caracas cuando me vine. ¡Quería ser gineco obstetra!…

-¿Le alcanza económicamente el dinero para vivir?

-Sí, uff. Yo en dos meses que estuve en Lima, entré a vender café, ser mozo y luego supervisor de un centro farmacéutico. Me compré 4 pantalones, 4 franelas, 2 pares de zapatos, ropa interior y un celular; además, me hice una limpieza dental y pagaba alquiler y hacía mercado…

En Venezuela era médico y era profesor de Matemática; tenía los dos trabajos y llevaba 4 años sin comprarme zapatos o ropa, y hacía ya 6 (años) que no compraba un teléfono celular.

De hecho, en Lima (Perú), fue donde se me curó la herida del pie, que me llegó a salir porque mi zapato tenía una gran extensión sin zuela; de modo que se me formó una úlcera porque apoyaba el pie desnudo, sólo con la media puesta contra el pavimento….

-¿Se arrepiente de haber partido, o fue la decisión correcta?

El dilema es que yo “no me fui” de Venezuela. ¡Yo huí, yo escapé! Para mí, irme de Venezuela fue asi: como huír de alguien que no te quería vivo y te carcomía cada segundo.

¡No puedo decir que estoy 100% feliz acá! Este no es mi clima, este no es mi cielo, esta no es mi playa, no son las cosas que eran mi hogar; sin embargo, me he tenido que acostumbrar a ello. Dejé a mi mamá y a mi hermano; hoy debo trabajar muy duro para sacarlos de allá.

La mayoría de los venezolanos nos vamos sabiendo que no podremos regresar a casa en ningún momento del presente inmediato, y nos vamos con la ansiedad de que el gobierno (de Nicolás Maduro) caiga, porque queremos regresar…

La Iglesia se pone en los zapatos de las enfermeras (hacer click en galería): 

 

-Pero regresar no es tan sencillo…

-No, porque incluso eso, regresar, es un problema; si llevamos cosas nos las quitan o roban en la aduana o en la frontera. Nos exponemos al peligro y la anarquía de las cuales huímos. Y una vez fuera del país, uno descubre sorprendido que la gente no vive con miedo, como vivimos en Venezuela. La gente no se cambia de acera, no anda mirando para atrás; ¡no te mira, de hecho!, sólo se dedican a vivir sus vidas y ya… Están y son tranquilos. Eso te asombra y te cambia.

No creo que haberme ido haya sido la decisión correcta: simplemente era la decisión “necesaria” para salvaguardar mi vida.

– ¿Que le diría a la nueva generación de médicos venezolanos?

-Que tienen una inmensa responsabilidad. Tienen una camisa muy grande qué llenar. Afuera el médico venezolano es el “superman de los médicos”, es el amable, es la persona con la que van y se confiesan, es la persona que habla bonito… Sólo por su nacionalidad tendrán pacientes.

Hay mucha gente que busca y prefiere a los médicos venezolanos, pues nos recomiendan para todo. No les importa la especialidad.

En los buses de transporte público tú puedes escuchar cuando alguien le dice a otro: “En el sitio equis hay un médico venezolano. Él te ve, te examina y te indica muy bien qué tomar o qué hacer” y ¡eso es hermoso!; pero como ya dije: es una camisa enorme que hay que llenar, es una responsabilidad.

Así que deben prepararse muy bien y ser siempre humanos… y sobre todo, volver a estudiar, porque fuera de Venezuela la medicina está muy avanzada; usan otros sistemas de atención y tienen muchas medicinas, y no siempre se da cualquier medicina.

-¿Qué aprendió de este proceso?

-Que debo valorar TODO, absolutamente todo, desde el cielo azul, hasta el aire que respiro. Cada segundo de hacer algo debo valorarlo. Debo valorar el trabajo y no dar las cosas por sentado, debo atesorar cada oportunidad…

En Lima (Perú), la señora para quien trabajé me enseñó algo muy importante: “Debes darle gracias a Dios por tu trabajo. El trabajo da valor al hombre y uno debe dar gracias a Dios por el trabajo y por la salud”.

-¿Qué es lo mejor y más positivo que como venezolano ha aprendido de la crisis, más allá de las dificultades?

-¿Lo más positivo? Bueno, una vez que ya sales de tu país, te toca ser muchas cosas, tener muchos trabajos, hacer muchos oficios, entonces, te toca aprender mucho, de todo. Cada ciudad a la que vas tiene su propio trazado y tú debes aprenderlo; tiene su propio dialecto y debes aprenderlo rápido para comunicarte. Entonces, en cierto modo, te encuentras viviendo esta especie de varias vidas siendo una misma persona.

Un día eres mozo, ese mismo día quizas te toque ser vigilante. Son muchas cosas que te toca ser y eso es extraño pero exquisito.

-¿Qué es lo más duro que te han dicho en el exterior?… ¿Y lo más bonito?

-¿Lo más duro? Una chica peruana me dijo: “Eres un inmigrante. Tú eres nadie. ¡Regrésate a tu país!”… Y, la verdad, ¡me dolió!.

¿Lo mas lindo? ¡De todo! Me han dicho cosas hermosísimas, pero las más bellas me las han dicho las personas chilenas, porque en cuanto escuchan nuestro acento, dicen cosas como: “¿Venezolano? ¡Bienvenido a Chile!”, y casi todos me invitan a comer, o tienen algún detalle… Siempre me dan algo que tienen en casa.

Es muy gracioso; la verdad, ya me tienen gordísimo. Porque incluso en las panaderías, a veces cuando voy a pagar, ocurren gestos conmovedores: la cajera agarra uno o dos panes de más y los mete en la bolsa.

En estos días tenía muchas monedas en sencillo porque no cargaba dinero y estuve buscando en el cuarto dinero en sencillo para comprar algo en el supermercado local. La chica cuando me vio contando moneda tras moneda, me dijo: “¿Venezolano?” Contesté que sí. Ella sonrió y me dijo: “¡Otro día me los pagas!”… ¡Y así fue!

 

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