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¿Cómo se encuentra tu corazón? ¿Tal vez, a la defensiva?

KINDNESS
Filipe Frazao - Shutterstock
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Las corazas afectivas son el símbolo de las personas que han sufrido intensamente. La protección que eligen para detener su desgaste, evitar rasgarse de nuevo y terminar rompiéndose. Es una respuesta a la necesidad de potenciar un mecanismo de seguridad.

Detrás de la coraza con la que viven muchas personas se esconde el miedo a ser heridos. Este es uno de los temores más paralizantes que una persona puede albergar y que la impulsa a crear muros, detener su corazón y vivir anestesiada. Pero a veces, la fuerza de las circunstancias no deja otra opción a quienes son más sensibles o vulnerables. La vida cansa y agota hasta tal punto que prefieren protegerse y dejar de sentir lo máximo posible en lugar de experimentar el escozor de sus heridas.

El sufrimiento produce desgaste. La vida no es un camino que nos garantice la felicidad. La incertidumbre, la inestabilidad y el sufrimiento son condiciones de su recorrido y las afrontaremos mejor si somos capaces de anticiparlas y prepararnos. Nadie es inmune al sufrimiento, por eso es esencial que aprendamos a gestionarlo, de lo contrario la oscuridad puede devorarnos.

Vivir es afrontar riesgos, aceptar que no siempre todo sucederá como deseamos, abrazar los momentos de felicidad pero también aceptar que el sufrimiento llamará a nuestra puerta de vez en cuando y nos pondrá a prueba.

Gestionar los golpes y cicatrizar heridas no es una tarea fácil, no siempre contamos con el mejor apoyo, recursos o estrategias y, aún teniéndolas, en ocasiones no sabemos utilizarlas. Hay quien afronta mejor las decepciones y los imprevistos, quien deja que estos se apoderen de su estado de ánimo y quien decide protegerse para poner un límite a su sufrimiento. Ahora bien, el método que utilicen influirá de una u otra forma en su día a día.

Cerrarse en sí mismo puede ser una falsa protección. Cada uno de nosotros tiene su propia coraza, su mecanismo de defensa, su escudo personal para blindarse contra el dolor, para evitarlo. Es normal. De algún modo, tenemos que mantener a salvo nuestra parte más delicada y hacernos fuertes frente a las posibles amenazas y contratiempos.

Ese no sentir, para no sufrir, es una estrategia errónea que repetimos porque en algún momento aseguró nuestra supervivencia. Así, cuidado, porque cuando la utilizamos pagamos un precio alto: quedarnos vacíos por dentro. Esta es esa letra pequeña del contrato que no siempre leemos o que no siempre tenemos en cuenta antes de empezar a cimentar barreras.

A menudo, quienes se esconden bajo corazas suelen abusar tanto de la actitud defensiva que acaban por distanciar a los demás. Su temor a ser heridos es tan grande que, aunque no lo deseen, alejan a todos aquellos que se acercan sin más intención que la de conocerlos y, en algunos casos, amarlos. Esto sucede porque quien se protege tan duramente también es víctima de una grieta en el amor, generada por alguna experiencia pasada.

La empatía y la bondad, el mejor remedio

¿Qué remedio existe para romper las corazas de quienes tanto sufrimiento han soportado? Antes de nada, es importante decir que las corazas se derrumban poco a poco. Es un proceso que necesita dosis de amor, comprensión, paciencia, aceptación y por supuesto, esfuerzo.

No hay soluciones mágicas. Se necesita profundidad de conexión con los demás y por supuesto con uno mismo. Así, quien se relaciona con una persona protegida por una coraza debe comprender que la mayoría de las veces no es ella la que habla, sino su miedo, ese monstruo inmenso que la posee y la hace creer que anestesiarse es la mejor manera de afrontar la vida para terminar con el sufrimiento. 

La empatía para comprender los miedos de quien tenemos entrente es una parte muy importante de la relación. Estas personas necesitan afecto. Las personas se predisponen a cambiar cuando se sienten acogidas porque alguien ha sabido acariciar su alma.  

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