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La fuerza podrá darte poder pero no amor

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Taneli Lahtinen/Unsplash | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/12/18

El fracaso, la impotencia, lo oculto, la indefensión,... paradójicamente eso es lo que despierta el amor

Tengo claro que puedo soñar con cosas grandes. Con las estrellas que me hablan de ideales que resuenan en mi alma herida. Están fuera de mí y al mismo tiempo están muy dentro.

Sé lo que deseo y lo que no quiero. Tengo claro lo que anhela mi corazón y lo que detesta. Sueño con estrellas que brillan en mi camino. Me levanto para ponerme en marcha. Está ya cerca mi liberación.

Sé que no quiero perder el tiempo. No voy al mundo como un lobo, dispuesto a defenderme y atacar. Voy como una oveja.

San Juan Crisóstomo ponía estas palabras en labios de Jesús: No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos. Y os mando que seáis como ovejas. Hubiera podido enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos. Podía haberos hecho más temibles que leones. Pero eso no era conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder”.

Quiere Jesús que yo sea oveja en Navidad. Y no león. Ni tampoco lobo. No quiere mi poder. Le gusta mi indefensión.

Y a mí me siguen gustando las cosas grandes. Los triunfos llamativos. Quiero ser digno de admiración, de alabanza.

Una simple oveja no llama la atención entre tantas. ¿Cómo me distinguiré del resto? Eso es lo que busco toda mi vida. Ser distinto. Ser especial y único. Hacer algo relevante con mi vida. No permanecer oculto.

Quiero triunfar y tener éxito. Temo tanto el fracaso… Me da tanto miedo la derrota… El lobo vence, igual que el león.

La oveja tiene miedo y hay que cuidarla para que no se pierda. No se basta por sí misma. No tiene fuerza, ni lucha por imponerse. No se afana por grandes ideales. Vegeta entre tantas ovejas. Sin sobresalir, sin llamar la atención, obedeciendo. ¿Es eso lo que Jesús me pide?

En mi impotencia brillará su poder. En mi pequeñez se verá su gloria. Me impresionan las palabras de Jesús. Quiere que yo muera para que Él venza en mí. Morir a mi orgullo, a mi vanidad, a mis deseos de gloria que no me pertenecen.

Me siento tan pequeño… Y a la vez lucho por lo más grande. Por llegar a las cumbres. Sé que “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”.

Pero no me lo acabo de creer de corazón. La pequeñez oculta. La grandeza escondida. Y yo que sueño con cumbres y logros que sean visibles para todo el mundo.

Pienso en Belén, pienso en lo oculto. Pienso en ovejas y en pastores escondidos en la noche. Pienso en la oscuridad que todo lo esconde. Esa noche con solo algunas estrellas.

Y me rebelo contra ese Dios de lo oculto. Y me rebelo, porque no quiero ser oveja y me gustan más, no sé bien por qué, los lobos. Su fuerza. Su poder.

Me parece que la vida es muy corta para desperdiciarla siendo oveja, siendo indefenso, siendo oculto, siendo silencio.

Y sueño con cosas grandes que en Belén parecen innecesarias. Allí es todo muy pequeño, muy oculto.

Me desconcierta la mirada de Dios sobre Belén. Es como si allí la oveja fuera más importante que el lobo. Y la noche más sublime que el día. El silencio más ruidoso que las trompetas y los gritos. Y la paloma más digna de admiración que el águila que surca los cielos.

Es la paradoja que desconcierta. Y cubre como una sombra el brillo de la opulencia. Y Dios entonces oculta detrás de su manto todo el poder del hombre.

Dios se vuelve indefenso. ¿Para qué me sirve su impotencia?

Todo es vanidad. Deseo dejar constancia de mi valor eterno. Ser admirado siempre, recordado cuando falte.

Sé muy bien que para Dios soy el más valioso, aunque esté oculto. Aquel al que más ama, aunque no me vean.

Pero yo deseo que me miren los ojos de los hombres y se fijen en mi poder. Nadie mira a las ovejas, sí a los lobos. Admiran al poderoso. Elogian al que triunfa, al que grita, al que no se calla.

A mí me gusta triunfar. Para hacer ver a los demás cuánto valgo. Para convencerme de mi valor. ¿Acaso valgo tan poco?

La vida es corta, pienso en mis adentros. ¿Qué podría hacer para cambiar el mundo? Hay tantas cosas, tantos mundos que cambiar.

Y yo me siento tan frágil siendo oveja dentro de mi rebaño… Es todo tan fugaz… Me faltan poderes.

Quisiera aprender a ser yo oveja en el Adviento. Oveja sumisa junto al pastor. No sé si será posible cambiar algo por dentro.

Soy yo quien necesita un cambio. Me detengo a mirar la noche con sus estrellas. Miro el sol y la luna. Me asombra esa esperanza oculta en una gruta. Tan pequeña para mis pretensiones.

Yo quiero cambiarlo todo a fuerza de decreto. Quiero imponer mi punto de vista, mi fuerza. El poder del lobo frente a la pequeñez de la oveja. Lo visible frente a lo invisible. Mi capacidad frente a la gracia. La luz frente a la noche.

Mi sí y el sí de Dios se esconden en la carne de un pesebre. Me pongo en camino en Adviento para hacerme débil.

Camino hacia ese Belén oculto en medio de mis días. En medio de mis caminos que van a ninguna parte.

Dejo de lado mis pretensiones de grandeza. Es posible conquistar más poder por medio de la fuerza. Pero no hay fuerza que baste para hacer que surja un amor eterno.

Dios lo hace naciendo niño. Logra despertar el amor del hombre. Su impotencia lo hace cercano al que no tiene poder. Sólo mendigando amor despierta mi amor. Mi amor de oveja que necesita ser amada. Desde la pequeñez de mi indefensión, hace Dios conmigo cosas grandes.

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