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Pero, ¿de verdad estamos reciclando para salvar nuestros océanos? 

POLLUTION
Pair Srinrat - Shutterstock
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¿Cuál es el incentivo para que el comprador recicle y separe?

En política económica es un error bastante común pretender que las gente obedezca únicamente a campañas de sensibilización dejando de lado los incentivos que mueven su comportamiento económico. Una de las anécdotas más famosas sobre esto es lo que se denominó “Efecto Cobra”.  Hace décadas, en la India quisieron erradicar una plaga de cobras ofreciendo recompensa por cada serpiente muerta. El resultado fue rotundo: la población se dedicó a criar más serpientes para así poder mantener su fuente de ingresos. La plaga se acrecentó.  

Una intervención económica en positivo que solucionó de forma adecuada el problema siguiendo los incentivos individuales fue el sistema de los supermercados para que los clientes retornasen los carros de la compra a su lugar. Antes los carros campaban por espacios aledaños a los centros comerciales entorpeciendo el paso, generando una suerte de contaminación espacial. Los clientes, tras cargar su compra en sus vehículos, no disponían de incentivos para retornarlos a su lugar así que optaban por dejarlo en el sitio que les era más cómodo. Es más, cuantos más carritos estaban desubicados mayor era la probabilidad de que el siguiente cliente lo dejara en cualquier sitio pues era consciente de que esa actuación estaba exenta de cualquier tipo de sanción social. 

El instrumento económico fue sencillo pero definitivo. Se acabó con esa “contaminación” con  la introducción de una moneda que liberase el carro y que al final se constituiría en incentivo para devolverlo a su lugar. Es un sistema sencillo, limpio, sin complicaciones de depósito, devolución y retorno. Es más, si alguien olvidase un carro, alguien habrá dispuesto a retornarlo para hacerse con la moneda. 

Ahora, imaginemos un sistema alternativo a éste de los carros de la compra. Supongamos que hay un gestor monopolista que cobra una tasa por cada carro puesto al servicio y que el supermercado repercute, en la medida que pueda, en los precios que paga el consumidor. Por otra parte, que este gestor apele a la conciencia de los compradores, sin ofrecer incentivos, para el retorno a un espacio de recogida que dispone el ayuntamiento de turno. A su vez, el consistorio sostiene este punto de recogida con tasas municipales que cobra a los habitantes. Una vez separados los carros (sólo aquellos que se devuelven), imagine que el gestor monopolista los compra y revende a los establecimientos como carro de segunda mano. 

¿Funcionaría este sistema? Francamente no. El usuario, además de no disponer de incentivos,  acabará pagando varias veces vía tasas y precio. El resultado es que bajo este sistema tan complejo pocos retornarían el carro y, ante la necesidad de los súper de ofrecer medios para que sus clientes sigan comprando, aumenten el número de carros, aumentado, a su vez, el número de carros desperdigados. Esto incrementará  sin duda la “contaminación”.  Tendríamos así un monopolista beneficiado y feliz a costa de agravar un problema. Claramente ineficiente. 

Lo sorprendente es que si este ejemplo lo tenemos tan claro y es tan lógico, entonces, ¿por qué nos tragamos como sostenible y eficiente el sistema de reciclaje monopolizado en España? Efectivamente el sistema de reciclaje de envases de plástico en España funciona como he descrito. Sustituya en el párrafo anterior el término “carro” por “envase de plástico” y ahí lo tiene. Absolutamente absurdo. Los incentivos económicos son erróneos pues cobrar por producto de plástico reciclable producido, que no recogido, induce aumentos en la producción de envases sin asegurar su reciclaje.

Por otra parte, ¿cuál  es el incentivo para que el comprador recicle y separe? Ninguno salvo la conciencia ambiental. Así pues, en lugar de adoptar un sistema como el de los carritos de los supermercados, se apela a la conciencia sólo del comprador sin cuestionar la del gestor, exhibiendo el daño a tortugas y ballenas o islas de plástico flotante.

Es como concienciar sobre serpientes en la India mientras se mantiene la recompensa porque unos tramitadores se benefician. Pero no acaba aquí la cosa. Encima, aquí se desprecia ese sistema de retorno, como el de la moneda en los carros, sin intervención ni monopolio de por medio y que curiosamente desarrollan Alemania y Noruega, que no son sospechosos de inconsciencia medioambiental.

 ¿Qué tal si en lugar de adoptar un postureo medioambiental ineficaz potenciado por el gestor medioambiental que es el más beneficiado nos tomamos en serio el tema del reciclaje indagando los correctos incentivos que induce el sistema de depósito, devolución y retorno? 

Actualmente, países donde realmente se preocupan de la protección del medioambiente emplean el sistema de depósito, devolución y retorno. Este sistema consiste en una gestión de residuos de envases que otorga un valor a cada envase para que sea devuelto por el consumidor para ser reciclado. En esencia, el consumidor paga el precio del producto más un depósito por cada envase. Este depósito se le devuelve cuando se retorna el envase al comercio. La administración solo se encarga de controlar la transparencia del sistema para asegurarse que todo funciona bien. En ocasiones, es muy simple hacer las cosas bien cuando se tiene voluntad para ello.

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