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¿Cómo amar sin llegar a una dependencia enfermiza?

Antonio Guillem

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/10/18

Si durante tu infancia cuentas con alguien a quien puedes acudir siempre en busca de protección, desarrollarás un sentimiento de confianza frente al mundo y a los seres humanos

Una persona hace tiempo me preguntaba si yo la veía independiente y autónoma y a la vez con algunos apegos.

Como si pensara que la independencia y el apego son incompatibles. O soy dependiente y me apego. O soy independiente y no tengo apegos. Pero no es una ciencia exacta.

¿Cómo se define el apego?

El padre José Kentenich habla de desorden en los apegos: “Cuando estoy apegado desordenadamente a creaturas, cuando aparecen en mí inclinaciones desordenadas, amaré con todo el fervor de mi alma el bien superior, a Dios mismo. Y ese amor excederá en brillo a dichos apegos desordenados[1].

¿Existe un apego ordenado y un apego desordenado? ¿Cómo los distingo en mi alma?

El apego se define como una vinculación afectiva intensa, duradera, que se desarrolla y consolida entre dos personas.

Se busca la proximidad en momentos de amenaza. Esa cercanía proporciona seguridad, consuelo, protección.

El apego se da de forma natural en mi infancia, en mi familia. Cuando he tenido experiencias sanas en mi niñez tengo en el alma una seguridad profunda. No temo, confío con facilidad y aprendo a apegarme sanamente a las personas.

El problema es cuando he sufrido el abandono, la soledad, el rechazo, la falta de seguridad. Esas heridas de mi alma me pueden volver inseguro y busco así relaciones no tan sanas, dependientes, en las que fundo mi seguridad ante la vida.

Admiro a las personas independientes. Pero a la vez es como si no necesitaran a nadie en sus vidas para vivir. ¿Es eso tan sano? ¿Es la independencia total el bien que deseo para mí vida?

Admiro más bien a quien no tiene apegos desordenados. Creo que todo amor tiene una cuota de apego.

Comenta Edith Sánchez: Solamente logramos alcanzar la autonomía, si podemos experimentar la completa dependencia. Si durante tu infancia cuentas con alguien a quien puedes acudir siempre en busca de protección, desarrollarás un sentimiento de confianza frente al mundo y a los seres humanos. Eso te permitirá alcanzar la independencia en tu vida adulta”.

Nunca seré totalmente independiente. También sé que quiero tener vínculos sanos. Vínculos que no me esclavicen de forma obsesiva.

Se trata de aprender y educar mis afectos para el amor. Un corazón independiente que sabe vincularse, atarse, amar sanamente, en libertad.

Me pregunto cuáles son mis apegos desordenados. Aquellas relaciones en las que pierdo el control sobre mi vida. No quiero romper con todo lo que en mí no está ordenado. Creo que el camino que elijo no es ese.

El Padre Kentenich lo comenta: “Dios nos ha dado las pasiones precisamente a modo de ayudas y apoyos. De ahí que el sentido de la educación no sea extirpar sino ennoblecer. A veces tenemos la impresión de que ciertos educadores entienden las palabras despójense del hombre viejo, como si la educación consistiese únicamente en un continuo despojo. Pero en dicha cita paulina se dice también: – Revístanse del hombre nuevo. La principal tarea de la educación reside en el revestirse”[2].

Mis pasiones forman parte de mi vida. Amo de forma apasionada. A veces me vinculo en exceso. No quiero vivir cercenando mis vínculos. Rompiendo mis lazos.

Quiero revestirme del hombre nuevo. Quiero que haya orden en mi desorden. Vivir independientemente vinculado. Atado libremente. Con una sana independencia. Con una dependencia que construye.

El que ama necesita a quien ama. Y el que no necesita a nadie, tal vez es que no ama mucho.

Jesús necesitaba a los suyos en medio de la vida. A sus discípulos. A su madre. El temor a perder a la persona amada no es un signo de debilidad. Es propio del que ama. Y gracias a su amor supera muchos miedos en la vida.

Pero también, al amar, adquiere nuevos miedos. El miedo a perder a quien ama. El miedo a quedarse sin el amor de aquel que le da seguridad.

El amor primero a mis padres me da seguridad y construye mis afectos. Ese amor me ayuda a seguir amando en otros momentos.

Cuando no tengo esa base puedo llegar a caer en amores enfermizos que atan, demandan y exigen una incondicionalidad ilimitada.

Pretendo que el otro, con su amor, sane todas mis heridas. Le exijo lo imposible y creo relaciones insanas y enfermas. Esos apegos enfermos son los que quiero educar.

Por otro lado, es verdad que sueño con ser independiente y autónomo. Pero eso no significa estar libre de todo apego y afecto. No es incompatible.

El hombre con raíces es independiente. Es autónomo. Es maduro. El hombre está hecho para amar y ser amado.

Por eso aquel que ha cercenado sus vínculos para no sufrir, es una persona enferma que tiene miedo a atarse y a amar.

El camino no es la falta de vínculos, ni la ausencia de apegos. Sino la educación en positivo de mis amores desordenados. De los vínculos que Dios ha puesto en mi camino para crecer y madurar afectivamente.

[1]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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