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¿Cuál es el secreto de los monjes para crear la mejor cerveza del mundo?

De jeafish Ping / Shutterstock
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Las cervezas de las abadías belgas seducen en todas partes... y ahora entendemos por qué

El Oktoberfest comenzó el 22 de septiembre en Múnich (Alemania), pero hay otro país donde la cerveza también es reina: Bélgica. La embajada de este país ante la Santa Sede organizó recientemente en Roma una degustación de sus mejores cervezas de abadía. Para el evento, monjes y religiosos cerveceros se desplazaron a la ciudad y algunos de ellos nos han contado los secretos de la elaboración de este producto ancestral.

El amor por el trabajo bien hecho

Para el abad de la abadía trapense de Orval, el padre Lode Van Hecke, primero hay que entender que, en su origen, la cerveza no era un producto especialmente festivo. Era simplemente una de las pocas bebidas potables y fáciles de preparar a un bajo coste. En la Edad Media, el agua rara vez era potable, a diferencia de la cerveza, que era mucho más segura para beber gracias a la fermentación. Así, tanto las familias como las abadías preparaban este brebaje, simplemente, para tener algo que beber.

Entonces, ¿por qué la cerveza sigue estando tan asociada a las abadías en Bélgica? Por la buena imagen de estos lugares de oración, dice Don Bernard Lorent, abad benedictino de Maredsous. Las abadías son testimonio de una tradición de bondad, confianza, hospitalidad y amor por el trabajo bien hecho, explica el benedictino. Por ello, un vaso de una buena cerveza belga de abadía transmite todas estas cualidades.

Conciliar la actividad económica con el estudio espiritual

Aunque los monjes hacen voto de pobreza, siguen teniendo necesidades económicas, como todo el mundo. En primer lugar, es necesario mantener las comunidades, cuyos monjes son a menudo ancianos. En Bélgica, aunque los sacerdotes diocesanos reciben subvenciones del Estado, no es el caso de las abadías.

Y quien dice abadía, con frecuencia dice también edificio histórico y el mantenimiento de este patrimonio que ha dado forma al campo europeo tiene un coste. Así, la abadía benedictina de Maredsous está cubierta con no menos de 4 hectáreas de techumbre… que hay que mantener.

Además, la cerveza no se fabrica sola. Una abadía, para poner su nombre en esta bebida, necesita una cierta cantidad de mano de obra cualificada. Como resultado, su actividad contribuye al desarrollo económico de la región. “Este es un aspecto muy importante” para los benedictinos, insiste Don Bernard Lorent. ¿No está la regla de san Benito centrada en las palabras Ora et labora, reza y trabaja?

Los ingresos generados por la venta de cerveza también ayudan a financiar las demás actividades de la abadía. La biblioteca, la asistencia a los más necesitados, la acogida de peregrinos o incluso las actividades culturales, cita aleatoriamente el abad de Maredsous. Hay muchos proyectos que su comunidad no podría ofrecer sin los beneficios derivados de la patente de su cerveza. Así, explica, las cervezas de abadía no son productos extravagantes caprichosos, sino la base de una actividad económica que permite una vida de búsqueda espiritual y de solidaridad.

Cooperar con los maestros cerveceros

Algunas abadías belgas siguen elaborando su propia cerveza, pero este no es el caso de la mayoría. La mayoría de las veces, los monjes son propietarios de la receta y la patente, pero confían la explotación a un cervecero de confianza. A veces es el propio cervecero quien propone a una abadía que añada su nombre a su producto. El productor adquiere con ello una sensación de calidad, mientras que los monjes obtienen ingresos a cambio.

Bélgica reconoce oficialmente seis cervezas trapenses y 23 cervezas de abadía. Para obtener esta segunda etiqueta, son necesarias tres condiciones. En primer lugar, debe existir un vínculo con una abadía existente o histórica. Además, la cervecería debe contribuir a la financiación de los programas de conservación de la abadía. Por último, la abadía –o la institución relacionada si la abadía ya no existe– debe tener un derecho de control sobre la publicidad. Se trata, pues, de una cuestión de entendimiento y de cooperación, según el lema del Reino de Bélgica: “¡La unión hace la fuerza!”.

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