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Y de pronto en casa ya no hay ningún bebé

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Heather Anderson Renshaw - publicado el 19/06/18

Cada uno está llamado a aceptar la época de su vida en la que se encuentre… aunque no quiera pasar por ella

Durante muchos años he estado sumergida hasta el cuello en la familia que mi marido y yo hemos creado gracias a Dios. He estado años viviendo experiencias tan hermosas como dolorosas, con intermedios de pañales colmados y rabietas ruidosas. Estaba tan abrumada por el caos y el ruido y el puro agotamiento que no pude ver llegar este momento.

El momento en el que la mayor de mis hijos está suspirando por conseguir su carné de conducir. Cuando la segunda es una flamante adolescente de pleno derecho. Cuando el tercero está en la antesala de entrar en los dobles dígitos y la cuarta no necesita mucho para seguir el ritmo de los tres mayores.

Y luego está el quinto hijo. Dios mío, el quinto. El único de mis hijos con quien he tenido el privilegio y la bendición de estar en casa. Para quien he estado al lado para experimentar cada pequeña conquista. Todo lo relacionado con este último está grabado en mi interior; reside en un lugar que es al mismo tiempo tierno y franco y agradecido y fuerte.

Este quinto hijo está impaciente por ir a la escuela de mayores con los niños grandes. No me lo tomo a mal personalmente. Una parte de mí se alboroza y se alivia y se colma de orgullo y de embelesada anticipación por la próxima etapa.

Y otra parte de mí, una más profunda, sencillamente… se desgarra. Se descose. Superada por la situación.

No se me entienda mal. Vivo la evolución de mi maternidad y estoy en plena forma. Solo que se ha despertado una dimensión diferente en esta etapa. El ritmo y la cadencia de la música han cambiado. Se ha expandido. Transformado.

Hay muchísimas cosas que disfrutar en esta época actual con nuestros hijos, aunque el “servicio integrado de cuidado de bebés” no es una de ellas. Veo cómo mis hijos empujan contra las paredes de sus crisálidas individuales dentro de los límites de nuestro hogar, amoldándose en algún sitio entre el ser y el convertirse, un esfuerzo por el que todos pasamos.

Pero entonces, esta tarde despejada, miro a mi quinto hijo, que ve la televisión con su hermana mayor, en casa cuidándose un resfriado, y de forma inesperada siento una oleada de emoción que me presiona y me derrumba: No hay ningún bebé. No tenemos ningún bebé.

No hay expresiones de bebés involuntarias ni ruiditos por los que maravillarse. No hay piececitos ni manitas que acariciar. No hay olor fresco a cabeza de bebé con el que deleitarse. No hay arrullos ni suspiros ni somnolientos gestos de empacho de leche que disfrutar.

Claro está, tampoco hay pañales ni vómitos ni sacaleches ni silla de bebé ni tampoco tantos festivales de llantos ni despertares en mitad de la noche.

Pero no hay bebé. Mis manos están llenas y al mismo tiempo están vacías.

Y lloro.

Cierto, no es el llanto de una mujer que pide a Dios un hijo que amar y sostener y criar cuando no tiene ninguno. Tampoco el dolor de una madre cuyo bebé muere a pesar de que debería estar creciendo en su interior, ni el de un bebé que se va con Jesús demasiado pronto tras el nacimiento por razones conocidas y desconocidas. De ninguna manera rebajo o desdeño o minimizo el dolor que experimentan estas afligidas hermanas mías. He acompañado a amigas que recorren estos dolorosos caminos y la agonía es devastadora.

Sin embargo, esta oleada particular de dolor agudo me consume igualmente. Es el anhelo de algo donde no hay nada, donde no habrá nada. Es un lamento que la reflexión sobre las bendiciones del hoy no puede borrar.

Es un sentimiento extraño, este anhelo. Mientras que hubo un tiempo en que esperaba ansiosamente indicios de que no estábamos embarazados y sentía alivio cuando aparecían, esas mismas señales ahora me causan resignación y pena.

Quizás parte de mi tristeza yace en la toma de conciencia de que cuando entro en este mi 16.º año de maternidad, creo que por fin empiezo a entenderla. Ahora bien, no creo que lo domine todo ni de lejos. Rara vez lo ejecuto todo bien o con elegancia. Sin embargo, sí creo que lo entiendo, el significado de la maternidad, el significado de todo. Y este conocimiento me compele a querer compartir el sobrecogimiento de la vida, el don de amar, con otra alama, una vez más.

Porque, sinceramente, todas las razones buenas y justas y serias para evitar el embarazo todavía tienen que llenar el agujero que he descubierto en mi corazón.

Intelectualmente, razono que el agujero no se verá colmado por otra pequeña vida; de hecho, no podría. Porque este agujero probablemente siempre estuvo ahí y siempre estará: el agujero de un corazón incansable que está reservado solo a Dios. El agujero solo será repleto por y para el Amor divino. Y quizás, quizás este agujero nunca esté completamente lleno hasta que Le vea cara a cara.

Así que, por ahora, a este lado del velo, continuaré con mi viaje, el de convertirme en lo que Dios ha dispuesto para mí. El de intentar y fallar y buscar y levantarse. Buscaré Su rostro en cada uno de mis preciosos hijos, sin quienes yo sería exponencialmente menos cariñosa, amable, paciente, pacífica y mucho menos yo de verdad.

Me esforzaré al máximo para colmar estas almas con tanto amor como pueda reunir mi ser roto y bienintencionado.

Y, por encima de todo, escogeré amar bien en esta época por la que estoy pasando.

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