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¿Cómo reaccionas cuando se descubren tus defectos?

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Te veo, Jesús, caer una vez más ante mis ojos. Cayendo otra vez me demuestras que eres un hombre, un hombre auténtico. Y veo que te alzas de nuevo, más decidido que antes. No te alzas con soberbia; no hay orgullo en tu mirada, hay amor. Y al proseguir tu camino, levantándote después de cada caída, anuncias tu Resurrección, demuestras estar siempre preparado para volver a cargar sobre tus hombros ensangrentados el peso de los pecados del hombre. Al caer de nuevo, nos has mandado un claro mensaje de humildad, has caído en tierra, en ese humus del que hemos nacido los «humanos». Somos tierra, somos barro, somos nada en comparación contigo. Pero has querido ser como nosotros, y ahora te muestras cercano a nosotros, con nuestras mismas dificultades, las mismas debilidades, con el mismo sudor de la frente. Ahora tú, en este viernes, como nos ocurre también a nosotros, estás postrado por el dolor. Pero tienes la fuerza para seguir adelante, no tienes miedo a las dificultades que puedas encontrar, y sabes que al final del esfuerzo está el Paraíso; te levantas para dirigirte precisamente allí, para abrirnos las puertas de tu Reino. Eres un rey extraño, un rey en el polvo. Siento un vértigo: nosotros no somos quienes para comparar nuestras dificultades y nuestras caídas con las tuyas. Las tuyas son un sacrificio, el sacrificio más grande que mis ojos y toda la historia jamás podrán ver.
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Aprendo a ser humilde cuando soy humillado

Me gusta mucho la humildad cuando la aprecio en los otros. Veo su forma de actuar, de comportarse en la vida y me conmuevo. Veo la humildad en la mirada, en la actitud del alma. La puedo apreciar tanto en el fracaso como en el éxito.

No depende de lo externo, de lo que sucede fuera. Tiene que ver con lo más hondo de mi alma. Tiene que ver con la sencillez de vida que me hace capaz de saborear con la misma actitud las victorias y las derrotas.

Me gusta la humildad del humilde, sea este un fracasado o un vencedor. Eso no importa. Se lleva dentro. Como un sello grabado en el alma.

¡Cuánto cuesta ser siempre humilde! Para llevar con paciencia las críticas. Y acoger con paz los halagos. Poco importa. La respuesta es la misma.

El corazón humilde que mira conmovido, con algo de timidez, con una sonrisa honda, llena de luz, transparente.

El humilde brilla en medio de los orgullosos. ¡Qué curioso! Creo a veces que delante del victorioso el humillado no destaca. Pero no es así. Admiro a los humildes. Pero a mí, ¡cuánto me cuesta serlo! Me lo propongo. No aprendo.

Parece ser que el camino tiene que ver con las humillaciones. Aprendo a ser humilde cuando soy humillado. ¡Qué duro este camino!

Decía el papa Francisco: “La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ese es el camino. La humillación te lleva a asemejarte a Jesús, es parte ineludible de la imitación de Jesucristo”[1].

Preferiría alcanzar la humildad sin tener que pasar por la humillación. Recibirla como una gracia, como un don. Me duele tener que ser humillado. No entiendo muy bien que sea el único camino, quizás sí el más rápido.

Para ser humilde hay que abajarse, hacerse cercano a la tierra, al barro. En el silencio en el que me confronto con mis límites, con mi verdad, me humillo. Ahí miro a Jesús que me dice que me quiere como soy, en mi pobreza.

Leía el otro día: “Si el hombre quiere imitar a Cristo, le basta con observar sus silencios. El silencio del portal, el silencio de Nazaret, el silencio de la sepultura sellada son un único silencio. Son silencios de pobreza, de humildad, de abnegación y de abajamiento en el abismo sin fondo de su kenosis, de su anonadamiento”[2].

Jesús fue humillado en silencio, sin buscar defensas, sin rechazar la humillación del anonadamiento. Fue despojado de todo sin decir nada. Fue abandonado sin resistirse.

Yo rehúyo las humillaciones, las evito, me rebelo contra ellas. No quiero aparecer débil ante nadie. No quiero sufrir.

Me duele que me humillen y me recuerden mis derrotas. O saquen a relucir todos mis defectos. Y me traten de acuerdo a mi debilidad reconocida y conocida.

Es verdad que Dios ya me conoce. Sabe cómo soy por dentro. Ha visto mi corazón y su fragilidad. Y me sigue queriendo. Pero Él es Dios.

Los hombre no tienen por qué saberlo todo de mí. No tienen por qué conocer mis flaquezas. Me da miedo que luego me traten de acuerdo a mi fragilidad. Eso no me gusta tanto.

Me cuesta aprender la humildad a fuerza de humillaciones. Aprender a ser humilde sufriendo.

Santa Teresa en Las Moradas me recuerda su importancia: “Mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad. Jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza veremos nuestra suciedad”.

Miro a Dios y compruebo lo pequeño que soy. Y yo me creo a veces tan grande y poderoso…

Me gustan los que triunfan, pero no me gusta el orgullo. Admiro a los humildes, pero no amo la humillación.

Admiro al que asume voluntariamente un papel secundario pasando desapercibido. Al que no quiere destacar ante los demás de todo lo que sabe. Al que sabe callar y no habla nunca en exceso.

Al que acepta las correcciones sin poner una mala cara. Al que no presume de lo que tiene ni se aferra a su orgullo defendiendo sus posturas. Al que sabe reírse de sí mismo y acepta con alegría que otros también lo hagan.

Admiro a los humildes. En ellos el ego no triunfa, no se impone. Admiro su mirada afable y su deseo de reconocer que yo valgo más, que soy más importante que ellos.

Me gustaría ser así y ceder siempre el lugar. Postrarme, renunciar a mi orgullo, quedarme en un segundo plano. Me gusta esa mirada humilde. La quiero para mí.

Acepto que la humillación es el camino más rápido para ser humilde. El camino más despejado, más directo.

Temo al vanidoso. Me cuesta aceptar al orgulloso. Al que habla siempre de victorias sin reconocer sus derrotas.

Creo que la humildad es el camino que me ayuda a pedir perdón. Cuando he herido a otros. Cuando no he hecho las cosas como debía.

Reconocer la propia culpa es un acto de humillación. Me humillo, me abajo, renuncio a mi posición de privilegio y acepto las críticas y condenas.

Me hacen bien las humillaciones. Me hacen más necesitado de Dios. Sin Él nada puedo. Me siento tan pequeño y frágil a su lado… Un hombre impotente incapaz de gobernar su propia vida.

La humildad me lleva a mirar a Jesús en mi necesidad. Sin Él no puedo caminar.

[1] Papa Francisco, Exhortación Gaudete y Exultate

[2] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 75

Tags:
humildad
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