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Cuando tu cuerpo dice basta y no quieres escucharlo

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donvictorio - Shutterstock
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Aceptar los propios límites es fuente de paz y de felicidad, que no es lo mismo que resignación o pesimismo

Desde el pasado domingo la maratoniana Marlene Gieco lucha por su vida tras perderse mientras participaba en el “Mosquito Trail Eco Aventura 2018”  en la provincia argentina de Santa Fe. Cuando le faltaba un  kilómetro de la llegada en esta dura y larga carrera por la naturaleza, se perdió y cuatro horas más tarde, la encontraron convulsionando y deshidratada. Le había picado una víbora. Actualmente se encuentra estable dentro de su estado crítico, según comentan los profesionales sanitarios.

Peor suerte corrió Matt Campbell, un popular cocinero finalista de MasterCheff en la edición británica, que falleció este mismo domingo en el Maratón de Londres tras sufrir un colapso a pocos kilómetros de la meta.

Estamos bombardeados por slogans que nos invitan a una total irrealidad: “Si quieres, puedes”, “Siempre se puede”, “Solo basta que quieras”. Y la verdad es que no siempre se puede lo que se quiere, porque no todo depende de nosotros. Aceptar los propios límites es fuente de paz y de felicidad, que no es lo mismo que resignación o pesimismo.

La virtud como enseñaba Aristóteles, es una condición “intermedia” entre dos extremos “viciosos”. Si algunas personas no son felices por una actitud pesimista ante la vida, por subestimarse y no poner empeño en las metas personales, otras no lo son por irse al otro extremo, por vivir en un exceso de optimismo ingenuo y en una valoración poco realista de sí mismas. 

Si vas a construir una torre…

La sobrevaloración propia trae aparejados distintos riesgos para la propia salud psicológica y las relaciones con los demás. Como en el Evangelio, cuando Jesús advierte que nadie construye una torre sin calcular antes si tiene los medios para terminarla. No sea cosa que los demás luego se burlen de él (Lc. 14,28-20). 

Quienes se crean una imagen poco realista de sí mismos, no admitirán que no pueden con sus idealistas proyectos, tareas o metas inalcanzables y se agotarán solo por mantener una imagen que tarde o temprano se hará pedazos. 

Desde los orígenes de la humanidad un drama repetido es cuando el ser humano quiere ser lo que no es, cuando quiere ser un dios y trata por todos los medios de ampliar límites imposibles. Existen sanos límites en la vida que si no se respetan, se hace mucho daño a uno mismo y a los demás.

Cotidianamente podríamos citar incontables ejemplos de personas que trabajan por encima de sus capacidades y no solo se agotan psicológica y físicamente, sino que se resisten a escuchar las señales que su propio cuerpo les da, así como tampoco escuchan a quienes los quieren y les avisan que se están excediendo.

La falta de medida enferma a muchos que ya no son capaces de autolimitarse para disfrutar de la vida y de tener relaciones auténticas y profundas con los demás.

El daño también se hace a los que están cerca y nos aman por quienes somos, no por lo que hacemos o dejamos de hacer.

La publicidad nos invita a un consumo infinito que no es posible. La incontable cantidad de cosas que podrían ser posibles, aplastan el realismo de que hay que elegir, que no todo se puede, que construimos lo que somos con nuestras decisiones en nuestra limitada vida y eso requiere siempre un sano discernimiento y una medida justa. 

Más vale prevenir

El cuidado de sí, del tiempo libre, de la gratuidad con los demás, son los mejores medios para prevenir una vida autodestructiva por sobrevaloración. Es preciso entrar en contacto con uno mismo para percatarse de los propios límites y tomar conciencia de lo que realmente importa en la vida. Muchos se dan cuenta solo cuando el cuerpo les ha dado señales de irreversibilidad. 

Actualmente se suele premiar a personas adictas al trabajo que no pueden delegar e incluso llenan sus espacios libres con más trabajo.

Se ve como positivo que alguien no soporte “ir a medias”, cuando en realidad se está autodestruyendo y tarde o temprano se quebrará, se sentirá vacío y desganado, para luego querer escapar del vacío con más trabajo, entrando en un círculo vicioso donde se estará cada vez más desgastado y perdido.

La escasa tolerancia a la frustración suele estar en la raíz de esta incapacidad para autolimitarse.

Culturalmente somos invitados a vivir “más allá de todo límite” y las consecuencias están a la vista. En cambio los antiguos nos invitaban siempre al ocio, al tiempo de reflexión y de autoconocimiento como fuente de salud y de felicidad. 

 “Conócete a ti mismo” y “Nada en demasía”.

Para responder a estas dificultades con las que vivimos, quisiera recordar aquel antiguo aforismo griego inscrito en el templo de Apolo, en la ciudad de Delfos y que Platón pone en boca de Sócrates en su diálogo con Alcibíades, un joven ignorante que aspira a la política.

Con esta frase Sócrates intenta recordarle que antes de gobernar y mandar sobre otros, debe primero gobernarse a sí mismo y no lo podrá hacer si antes no se conoce a sí mismo. En otros diálogos (Protágoras), Platón manifiesta que van de la mano el autoconocimiento y la moderación (“Nada en demasía”).

“Conocerse a uno mismo” supone conocer mejor la propia naturaleza y es un paso previo a toda tarea de importancia, a todo conocimiento superior. Esto supone comprenderse y aceptarse, siendo un deber para consigo mismo y con los demás. Además, para poder tomar buenas decisiones y autogobernarse, es tarea obligada el autoconocimiento.

Una persona reflexiva puede llegar a ser más equilibrada, más moderada y por ello los griegos entendían que así podían ser mejores ciudadanos y mejores gobernantes, quienes así obraban.

Para la tarea del autoconocimiento puede ayudar una evaluación de las propias fortalezas y debilidades, así como pedir a quienes nos quieren bien que nos den su opinión sobre cómo nos perciben. Esto requiere tiempo, reflexión profunda y humildad para aceptar la verdad sobre uno mismo. Para poder poner límites y renunciar a lo que es preciso abandonar, es también necesario conocerse.

“Nada en demasía”: La moderación y la renuncia no tienen publicidad y son sumamente liberadoras, como formas de autolimitación. Desde niños es preciso aprender que no tenemos todo a disposición todo el tiempo, que todo existe en su medida. 

Reconciliarse con uno mismo requiere de una capacidad de renunciar a ser lo que no soy, de renunciar a falsos optimismos y excesos. Requiere conocerse a uno mismo. Y así, vivir alegremente de cara a la realidad, viviendo agradecidos por ser quienes somos y por la posibilidad de ser la mejor versión de nosotros mismos, hecha desde la verdad, desde el amor, y no desde falsas ilusiones. 

 

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