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Papa Francisco: ¿Cómo saber si un profeta es verdadero profeta?

ABRAHAM
Shutterstock-piosi
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Homilía hoy en Casa Santa Marta

El verdadero profeta es capaz de llorar por el pueblo que no escucha. En la Misa matutina en Casa santa Marta, el Papa habla de san Esteban y dice que la Iglesia “necesita que todos seamos profetas”, para reforzar nuestra pertenencia a Dios.

“Incircuncisos de corazón y de oídos. Ustedes siempre oponen resistencia al Espíritu Santo. Ustedes no son coherentes con la vida que viene de sus raíces”. Esteban, el primer mártir de la Iglesia, acusaba así al pueblo, a los ancianos y los escribas que le habían arrastrado al tribunal. Tenían el corazón cerrado, no querían escucharlo y no recordaban ya la historia de Israel.

Y como los profetas precedentes fueron perseguidos por sus padres, así estos ancianos y escribas “furibundos en su corazón” se arrojaron todos juntos contra Esteban, “lo arrastraron fuera de la ciudad y se pusieron a lapidarlo”. Y el Papa comenta: “Cuando el profeta llega a la verdad y toca el corazón, o el corazón se abre o el corazón se hace más de piedra y se desencadena la rabia, la persecución”. “Así termina la vida de un profeta”.

El verdadero profeta llora por el pueblo

La verdad incómoda muchas veces no es agradable de escuchar, y Francisco dice que “los profetas, siempre, han tenido estos problemas de persecución por decir la verdad”.

Pero ¿cuál es para mi el test de que un profeta, cuando habla fuerte, dice la verdad? Es cuando este profeta es capaz no sólo de decir, sino de llorar por el pueblo que ha abandonado la verdad. Y Jesús por una parte riñe con esas palabras duras; “generación perversa y adúltera” dice por ejemplo; por otra parte lloró por Jerusalén. Este es el test. Un verdadero profeta es el que es capaz de llorar por su pueblo y también de decir cosas fuertes cuando debe decirlas. No es tibio, es siempre así: directo.

Pero el verdadero profeta no es un “profeta de desgracias” – precisa Francisco – el verdadero profeta es un profeta de esperanza:

Abrir puertas, curar las raíces, curar la pertenencia al pueblo de Dios para seguir adelante. No es un reñidor de oficio… No, es un hombre de esperanza. Riñe cuando es necesario y abre las puertas de par en par, mirando al horizonte de la esperanza. Pero, el verdadero profeta si hace bien su tarea se juega la piel.

Así Esteban muere delante de Saulo, por ser coherente con la verdad. Y el Papa cita una frase de uno de los primeros padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

La Iglesia necesita a los profetas. Diré más: necesita que todos seamos profetas. No críticos, esto es otra cosa. Una cosa es siempre el juez crítico al que no le gusta nada, nada le agrada: “No, esto no va bien, no va bien, no va bien, no va; esto tiene que ser así …” Ese no es un profeta. El profeta es el que reza, mira a Dios, mira a su pueblo, siente dolor cuando el pueblo se equivoca, llora – es capaz de llorar por el pueblo -, pero es también capaz de jugarse el tipo por decir la verdad.

“Que no falte a la Iglesia  – concluye el Papa – este servicio de la profecía, para seguir siempre adelante”.

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