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Cuando Caín y Abel fueron Juan y John, en la mágica pluma de Borges

BORGES
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Así vio Jorge Luis Borges la guerra de las Malvinas

Decía un prestigioso académico de las letras que los microrrelatos son como bonsáis narrativos. Ciertamente, Juan López y John Ward, de Jorge Luis Borges, es uno de esos relatos pequeños y a la vez inmensos, que engañan su valor en el tamaño. El autor de El Aleph dijo alguna vez de este poema en prosa: “No sé si tiene algún valor, salvo un valor moral”. Poca cosa…

Borges escribió Juan López y John Ward un par de meses después de terminada la guerra de Malvinas. Fue publicado en periódicos tanto en la Argentina como en Gran Bretaña. Fueron meses de dolor para Borges, que no rehusaba de su identidad argentina pero abrazaba desde pequeño la cultura británica. Gracias a su abuela paterna, dominaba el inglés a la perfección. Al punto que él reconocía que la mayor parte de sus lecturas habían sido en esa lengua: “La mayoría de los libros me ha llegado en lengua inglesa, y estoy profundamente agradecido por ese privilegio”, dijo en una de sus históricas conferencias en la Universidad de Harvard.

Ese respeto y conocimiento de la cultura anglosajona, que tanto deja trascender en su obra, le costó varias críticas en tiempos de antagonismos. Pero nunca lo políticamente correcto fue un problema para Borges, al punto que un año después se animó a cuestionar una de las frases más “patrióticas” de la Argentina. “El epigrama en prosa rimada ‘Las Malvinas son argentinas’ es culpable de muchas muertes”, aseguró.

En Juan López y John Ward Borges emplea 345 palabras. Las enuncia con dolor y respeto, tanto que logró saltearse una posible censura en su país. El puñado de caracteres, dictados ya que le ceguera lo obligaba a hacerlo, le alcanzaron para situar el contexto internacional en el cual se dio el conflicto, presentar a dos personajes entrañables, y narrar el deceso de ambos.

Borges, aunque crítico con la decisión de invadir las islas, expone en esta ocasión un escenario internacional complejo, en los que las divisiones auspiciaban las guerras. No justifica, pero sitúa. En ese complejo contexto en el que cada uno estaba dotado de una “mitología peculiar”, Borges hace nacer a Juan López (o sea, podría ser cualquier argentino) en Buenos Aires, en el relato “la ciudad junto al río inmóvil”. Ward (o sea, podría ser cualquier británico), en las afueras de Londres, en el relato “las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown”. En el origen de López y Ward, Borges incluye referencias a Eduardo Mallea y a Gilbert Chesterton, y en las someras biografías también reconoce la reciproca admiración por Cervantes y Conrad.

En el microrrelato, basta con decir que Juan y John hubiesen sido amigos, “pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel”.

Borges publicó Juan López y John Ward en Los Conjurados, un libro que reconoció “se escribió solo”. En el viaje para su presentación en España dijo sobre el poema de las Malvinas: “Yo lo publiqué y no pasó nada, aunque era peligroso hablar de ese modo. Pero como yo gozo de cierta impunidad, me ven como a un ser inofensivo”. En esa ocasión también habló de su estilo poético: “Creo que lo que se dice por medio de metáforas, de parábolas, de ficciones, puede ser más importante que lo que se escribe por medio de fechas y nombres propios”. “Yo creo que la poesía nace sobre todo del dolor”, aseguró.

En Juan López y John Ward leemos un relato concebido desde el dolor de un hombre que cree en la fraternidad por sobre la guerra, que advierte que a Juan y a John los entierran juntos.

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

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