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Estamos llenos de estar vacíos

Pexels CCo
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No importa lo que alcancemos en la vida, existe una insatisfacción generalizada afectando a la humanidad

Al principio pensé que era algo puntual. Algo en mí que me quitaba la fuerza y la voluntad de salir de la cama. Algún tipo de depresión que me asolaba y me hacía caminar lenta y forzadamente para no perder la dirección.

Estamos todos atareados, abarrotados, nos faltan horas en los días para cumplir con los compromisos, vemos pasar el tiempo de prisa.

Pero el tiempo es el tiempo y siempre ha pasado a la misma velocidad, en los mismos sesenta segundos por minuto sin acelerar una milésima siquiera.

Nosotros tenemos una vida más rica, con más cultura, más tecnología (tecnología que nos ahorra tiempo, incluso), más opciones de ocio, más acceso a viajes, más conectividad, más posibilidades y oportunidades… y menos tiempo.

¡Qué contrasentido! Dice el dicho que menos es más y, en lo que respecta a los tiempos actuales, más se ha vuelto menos. ¡Mucho menos!

Oigo a las generaciones anteriores platicar nostálgicamente dentro del autobús, recordando cómo las cosas eran mejor antiguamente, aquel tiempo en que, insatisfechos, queríamos más. Lo más que nos deja siempre con menos.

Estamos llenos de estar vacíos. No importa lo que alcancemos en la vida, existe una insatisfacción generalizada afectando a la humanidad. Pensé que era síntoma del consumismo, del materialismo desenfrenado, del individualismo y otros ismos que tanto nos llenan, pero no nos satisfacen.

¿Qué pasó con nosotros? ¿Qué está pasando con nuestros días?

Pensé que era yo la que estaba enferma en este mundo caótico en que nos encontramos, pero todos padecemos del mismo mal, cada uno a su manera.

Hay quien dice que eso es porque nos apartamos de Dios, porque dejamos de creer, orar y hasta tener fe y estamos sólo preocupados con nosotros mismos. Hay quien dice que son señales del fin de los tiempos.

Y sobre eso, yo digo que la falta de fe y de una creencia deja justamente un gran vacío en nosotros. Es como naufragar en un océano sin boya, sin tierra a la vista, sin un bote salvavidas. Puedes saber nadar, pero no tendrás resistencia para hacerlo solo por mucho tiempo. Necesitamos ayuda.

Hay quien dice que el amor entre las personas se resfrió y que hoy en día no podemos confiar en nadie más. Y al seguir así, armados, nos vamos defendiendo de los ataques, sí, pero también impidiendo que las cosas buenas se nos acerquen.

¿Que está sucediendo con nosotros? ¿Qué ha pasado con nuestros días? ¿Por qué tenemos tanto y, aun así, nos sentimos tan vacíos, tan cansados, tan agotados y seguimos con pasos forzados, lentos y tropezados?

¿Por qué las vacaciones no recargan nuestras energías? ¿Por qué el ruido de los hijos saludables jugando por la casa nos quita la paciencia?

¿Por qué suprimimos tantos “yo te amo”, los dejamos sobreentendidos, aplazamos llamadas, visitas, preferimos conocer una ciudad nueva a volver a ver a nuestros papás? ¿Por qué?

 

No lo sé… Pero sé que yo estoy llena de estar vacía. Que así como la mayoría de las personas, tengo orgullo de mis conquistas, de mis victorias, de las lecciones de los errores y derrotas, tengo placer en el trabajo, en los resultados de mis manos, necesito remuneración que venga del trabajo que hago y me siento honrada de poder sustentarme y a quienes dependen de mí.

Incluso así, al final del día, me siento cansada. Es como si estuviera viviendo una semana en un día.

Lucho contra los antidepresivos, relajantes, los calmantes. Quiero bastarme y salir de eso sola. “A veces la gente necesita ayuda”, he oído decir muchas veces. Pero no quiero una ayuda química, que maquille mi estado de ánimo y me haga sólo sobrevivir.

Quiero buscar mi lucidez dentro de mí, ahí en lo profundo de la gaveta llena de quehaceres y falsos placeres de mi vida, donde he depositado los juguetes de la infancia y los he sustituido por un smartphone. Donde las series de Netflix han ganado más importancia que una conversación sentada al borde de la mesa de la cocina.

Quiero apagar la televisión, la radio, abrazar a mi amor y seguir conversando hasta asustarme cuando oiga “¿te has dormido?”. Fingiré que estoy despierta e intentaré decir la última frase que oí. Fingiré que no oí una respiración resonante mientras yo hablaba sobre cualquier cosa y lo abrazaré y me dormiré sintiéndome agradecida por todo.

Quiero besar a mis hijos después de que se duerman y decir en voz baja a sus oídos “te amo, duerme con Dios”. Y pensar cómo es bueno poder hacer eso…

Quiero menos… mucho menos… cuando todo ese menos era más y displicentemente fuimos buscando cada vez más cosas en nuestras vidas, para más tarde constatar que más es menos. Mucho menos.

Es… yo también estoy llena de estar vacía. Y si teniendo tanto, de repente, me siento con tan poco, sólo puedo deducir que lo mucho que tengo no es lo que de hecho vale la pena. El mundo necesita cambiar, pero ¿qué es tu mundo, sino ese metro cuadrado que te rodea?

¿Y si después de comprender que estamos llenos de estar vacíos, empezáramos a cambiar nuestro mundo? ¿Será que todo lo demás no cambiaría, paulatinamente, también?

Por A soma de todos os afetos

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