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Me atiborraba de comida y con todas mis fuerzas pensaba sólo en una cosa – “qué nadie lo descubriera”. Historia de una bulímica

KOBIETA PODJADA CHIPSY

Shutterstock

Ewa Drewnowska - publicado el 06/02/18

“Mi vida giraba alrededor de una sola idea: ¿qué puedo comer? Consumía enormes cantidades de comida, a veces también cosas repugnantes. Sin embargo, mi bulimia era el último eslabón de la cadena de mis problemas”. Ewa, de 44 años de edad, habla sobre los atracones habituales que experimentó cuando era adolescente. Os invitamos a que conozcáis su conmovedora historia.

En la infancia, toda mi vida giraba en torno a la comida. Justo después de despertar, pensaba en el desayuno, luego en algo dulce, luego en la próxima comida… Y así sucesivamente. Incluso cuando la comida se paraba en mi garganta y me sentía pesada como una ballena siendo arrojada a la orilla, después de un rato ya estaba tratando de comer de nuevo. Solo comiendo me sentía – ¡por un momento! – tranquila y segura.

Durante mucho tiempo pensaba que a todo el mundo le pasaba lo mismo. Cuando descubrí que para otras personas, la comida no es una actividad que les da sentido y alegría a su existencia, comencé a avergonzarme de mi obsesión y traté de ocultarla.

Cómo asaltar la nevera

Eran tristes y miserables años 80. No podía ir a la tienda a comprar montañas de golosinas, por lo que mi pasión no era tan fácil de satisfacer. Estaba constantemente planificando cómo asaltar la nevera o el armario de la cocina de tal modo que mi familia no se diera cuenta. Había ideado formas realmente inteligentes de acercarme furtivamente para comer, y luego borrar las pistas.

Por ejemplo, me levantaba a mitad de la noche y comía un bigos frío directamente de la olla, y luego mezclaba lo que quedaba y lo arreglaba de tal manera que pareciera la misma cantidad de antes. A veces comía cosas repugnantes, como la mostaza del tarro o los restos secos de la comida de hace una semana.

El miedo

Sin embargo, mi principal recuerdo de la infancia es el miedo. En mi casa, no había ninguna patología típica, como el alcoholismo o la violencia, no éramos pobres. Pero no recuerdo ni un solo (!) momento en el que alguno de mis padres me abrazara. Pero les gustaba bromear sobre mí, también delante de extraños.

A veces nos pegaban a mí y a mi hermana, principalmente porque hacíamos demasiado ruido. No sentía, para nada, que podía contarles mis problemas o buscar apoyo en ellos. Al contrario, tenía una fuerte convicción de que debía ocultarles con todas mis fuerzas que era mala, estúpida y no valía para ser amada. Porque lo de ser mala, siempre había sido obvio para mí.

La hipersensibilidad

Todo esto suena bastante dramático y probablemente lo sea. Pero ahora, cuando soy madre, puedo ver otros aspectos de este asunto. Por ejemplo, todos mis hijos tuvieron problemas de hipersensibilidad auditiva y táctil. Cuando les acompañaba a todos esos diagnósticos y terapias, noté en mí los mismos problemas. Hoy, tales problemas pueden ser eliminados o minimizados. Hace cuarenta años, nadie sabía nada acerca de la integración sensorial ni de la supresión de los reflejos neonatales.

En lo que pienso mucho es el hecho de que mi hermana, aunque fuera criada de la misma manera que yo, quiero decir, sin abrazos ni charlas, recuerda nuestra infancia como bastante bonita. Creo que mi “dolor existencial” se produjo a partir de algunos problemas físicos y que luego fue profundizado por los errores educativos de mis padres y su incapacidad de mostrar amor.

Las pastillas

Atiborrarse de comida trae sus efectos. Tenía sobrepeso. Estaba avergonzada de mi apariencia y falta de gracia. Además, una persona que está constantemente llena de comida se siente fatal. Cuando tenía 13 años, se me ocurrió una brillante idea: comprar pastillas laxantes. Los tomaba cuando comía demasiado.

Para comprarlas, iba a la farmacia al otro lado de la ciudad (para no encontrarme con ningún conocido) y las ocultaba debajo del forro de la mochila escolar (para que nadie las encontrara). Cuando mis visitas al baño eran demasiado largas o demasiado frecuentes, le ofrecía a la familia alguna explicación, y finalmente les convencí de que obviamente tenía problemas con el sistema digestivo. De todos modos, estos problemas aparecieron pronto. Siento sus efectos hasta el día de hoy.

Los laxantes tuvieron el efecto de agregar más problemas al viejo problema de darme asco a mí misma. Y al miedo de antes se sumó uno más: que se darán cuenta que cómo borraba las pistas después de los atracones. ¿Cómo lidiaba con la tristeza y la culpa? Me “consolaba” con un dulce o un sándwich.

¿Qué fue lo que me ayudó?

Cuando empecé la universidad, me mudé a otra ciudad y viví en una residencia de estudiantes en un dormitorio con chicas amables e inteligentes. Nos hicimos amigas. Entonces, por primera vez en mi vida, tuve la sensación de poder hablar honestamente con alguien. Me sentí aceptada y segura. Vi que las personas pueden relacionarse entre sí de manera cordial y amable, y resolver los problemas que surgen entre ellos con calma. Fue como descubrir un mundo nuevo y maravilloso para mí.

No me abrí inmediatamente, ni mis problemas de atracones se acabaron del todo (al principio comía aún más y tragaba más pastillas laxantes, porque me era más fácil organizarme), pero las conversaciones interminables con mis compañeras fueron como una terapia para mí. El segundo evento importante en mi mejora fue el comienzo del trabajo, que resultó ser mi pasión.

Un día me di cuenta de que desde hace un tiempo había estado tan ocupada que solo me acordaba de comer cuando tenía hambre. Entonces incluso comía demasiado poco. Perdí de golpe mucho peso. Creo que estaba al borde de la anorexia, que es la siguiente etapa de la bulimia.

Me salvé de ella por ser más mayor, más madura y en un mejor estado emocional que los adolescentes, que con mayor frecuencia caen en la anorexia. Desafortunadamente, comer demasiado poco había afectado seriamente mi salud. Aparecieron problemas hormonales, a través de los cuales unos años después tuve problemas para quedarme embarazada.

Entonces conocí a mi esposo. Su amor y bondad finalmente me ayudaron a reconciliarme conmigo misma.

Una cadena

Sin embargo, si tuviera que aconsejar a alguien que tiene problemas similares, le diría que vaya a terapia psicológica. Creo que sería más fácil. Yo nunca lo hice, pero tal vez algún día lo haré. La comida no es mi obsesión ahora, pero no estoy libre de otros problemas que me marcaron en mi mala infancia y que marcan a las personas.

Desde mi propia experiencia, sé que la bulimia está al final de la cadena de problemas. Y que primero se debería ahondar en el estudio de esta cadena para dar con el origen de la adicción.

Tags:
bulimiaenfermedadpsicología positiva
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